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Italia no consigue dejar atrás el pasado

Mientras los políticos italianos se entretienen en luchas de hace 60 años, el país se hunde en una profunda crisis económica. Puede que los italianos tengan que esperar a una nueva generación de políticos para que se atiendan sus verdaderos problemas.

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Ya han pasado más de sesenta años desde el fin del segundo conflicto mundial, pese a lo cual Italia no consigue dejar atrás las controversias de aquella afligida época. Al escuchar las polémicas que han estallado en Roma durante los últimos días, queda claro que el tiempo no ha podido curar las heridas de una lucha que en los años cuarenta del siglo pasado ocasionó cientos de miles de muertos, una guerra civil que contrapuso a los irreducibles fieles de Benito Mussolini contra sus más decididos opositores.

El alcalde de Roma, Gianni Alemanno, miembro de la coalición de centroderecha liderada por Silvio Berlusconi, se negó a admitir hace unos días que la veintena fascista hubiera sido una época enteramente negativa. Una declaración que desencadenó la indignación del centroizquierda, y aún más la de las comunidades judías italianas. La querella parecía haber alcanzado su ápice, cuando otra afirmación, esta vez del ministro de Defensa, Ignazio La Russa, consiguió añadir más leña al fuego de la polémica. Según La Russa, hay que homenajear a los italianos que pelearon contra el fascismo y también a los que combatieron para que triunfara la República Social Italiana fundada por Mussolini a finales del 1943 en el norte de Italia, pues también las "camisas negras" creían ciegamente estar sirviendo a la patria.

Las afirmaciones de los dos exponentes de la actual derecha italiana suponen una verdadera desdicha para el Ejecutivo de Berlusconi, sobre todo considerando que en estas últimas semanas el Gobierno ha intentado a toda costa hacer olvidar a los ciudadanos las severísimas acusaciones del periódico católico Famiglia Cristiana, el cual destacó con preocupación que el actual Gobierno de Roma podría llevar a Italia hacia una nueva forma de fascismo. Es más, Alemanno no podía elegir un momento peor para su disparate, pues lo hizo durante su visita oficial en Jerusalén. Un verdadero suicido político, en suma.

Es preciso recordar además que en Italia la guerra civil fue diferente a la que se desarrolló en otros países, donde los grupos más izquierdistas se enfrentaron a los de la derecha radical. En efecto, los militantes de la "República Social Italiana" que La Russa pretende rehabilitar no lucharon sólo contra los comunistas, sino también contra los aliados angloamericanos, contra los partisanos de los grupos católicos y liberales y contra el Gobierno nombrado por el rey Víctor Manuel III, que por aquel entonces aún permanecía como el legítimo jefe del Estado. Y además cabe remarcar que Mussolini logró fundar su República gracias al apoyo del aliado nazi, que en aquella época ocupaba el norte de Italia llevando a cabo abominables violencias contra la población civil (y en particular contra los judíos).

Las controversias de estos últimos días, de todas formas, muestran una vez más uno de los más graves defectos del mundo político italiano, el extremismo de muchos de sus miembros. En la derecha italiana aún figuran exponentes que todavía no han renegado de su ideología fascista. Entre ellos destaca Alessandra Mussolini, nieta del Duce, que suele definir el fascismo como "una maravillosa historia de amor" entre su abuelo y el pueblo italiano.

Asimismo hay muchos miembros institucionales que presumen de tener en su historial una incómoda militancia en el Partido Comunista Italiano, con el cual compartieron muchos de sus criminales credos. El actual presidente de la República italiana, Giorgio Napolitano, acaba de intervenir en la controversia originada por los deslices de Alemanno y La Russa a fin de esclarecer que la batalla contra el fascismo ha sido el fundamento sobre el cual ha sido construida la actual Italia libre y democrática. Sin lugar a dudas se trata de una elucubración sabia, que sin embargo no será tomada en serio por aquellos que no perdonan a Napolitano su comprometido pasado. De hecho, el mismo jefe del Estado italiano –que como en muchos otros países aspira a ser visto como hombre imparcial y ajeno a las luchas ideológicas– militó en el Partido Comunista y llegó a bendecir la invasión de Hungría a manos de la Unión Soviética.

Así, mientras los políticos italianos se entretienen en luchas de hace 60 años, el país se hunde en una profunda e interminable crisis económica. Puede que los italianos tengan que esperar a una nueva generación de políticos para que se atiendan sus verdaderos problemas.

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