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El Siglo XXI no sabe lo que es una saeta

Las gestas de los últimos veintipico años ni siquiera lograban alcanzar en Champions obtenidas a lo que había conseguido Di Stéfano en sólo cinco.

David Jiménez Torres
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Di Stéfano, leyenda del fútbol

Di Stéfano siempre fue demasiado grande para nosotros. Nunca pudimos entenderlo, nunca logramos conceptualizarlo. Crecimos escuchando su nombre, viendo sus fotos, atisbando en clips cortísimos un borrón blanco que pateaba una mancha marrón. Nos decían que había sido el más grande y nosotros lo repetíamos si se presentaba la ocasión (quizá ante algún extranjero que se llenase la boca de Pelé, de Maradona, de Cruyff). Pero no lo sentíamos, no podíamos sentirlo. ¿Cómo podía impresionarnos ese hombrecillo medio calvo que vestía pantalones ridículamente cortos? ¿Cómo ver la grandeza de alguien del que sólo parecía haber grabaciones de ocho segundos de duración, y en las que encima nunca se le veía meter libres directos, ni chilenas, ni voleas? Además, algunos de los otros chicos (sobre todo los vascos y catalanes que conocíamos en campamentos de verano) decían que todo aquello había sido obra de Franco. Y nosotros cambiábamos de tema. Por si acaso.

No, nosotros, los nacidos a mediados de los 80, no comprendíamos a Di Stéfano porque no necesitábamos comprenderlo: ya teníamos a los más grandes delante de nuestras narices todos los sábados y domingos. Eran Hierro, Sanchís, Zamorano, Laudrup, Suker, Mijatovic, Roberto Carlos. Era el primer negro que vimos en nuestra vida, ese Seedorf de pelo incomprensible que Ángela, mi compañera de pupitre, me dijo que le gustaba más que Raúl ("¿y que yo?", quise preguntarle, pero nunca le dije nada y luego nos cambiaron de clase y ahora ni siquiera recuerdo su apellido). Encima luego vinieron Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Robben, Kaká, Benzema, Cristiano; y ya fue el acabóse. Los viejos del Bernabéu podían gruñir todo lo que quisieran (tras sus bufandas, bajo sus boinas, entre sus atracones de pipas) que ninguno de aquellos dandis se podía comparar con la Saeta. Nosotros nos reíamos. Hijos de las videoconsolas, sabíamos alternar la metralleta, el lanzallamas, la uzi y el fusil francotirador con sólo apretar el R1 de la Play. Las saetas eran cosa de viejos.

No fue hasta aquella noche tan mágica y tan profundamente extraña de la Décima que me di cuenta de lo que había sido Di Stéfano. Camino a Cibeles me di cuenta de que a lo largo de mi vida había visto al Madrid ganar cuatro Ligas de Campeones, ninguna consecutiva, y todas después de un baile voraz de jugadores, de entrenadores, de millones, de veranos colgados de las portadas del Marca. Y me intenté imaginar lo que habría sido ver al equipo de nuestros amores ganar CINCO COPAS DE EUROPA SEGUIDAS. Es decir: que las grandes gestas de los últimos veintipico años ni siquiera lograban alcanzar en Champions obtenidas a lo que había conseguido Di Stéfano en sólo cinco.

Y encima (seguí pensando mientras nos cruzábamos con cientos de personas que sacaban fotos con sus cámaras digitales, que grababan videos con sus smartphones) lo había hecho en aquella España, en aquel país pobre e ignorante, rural y ramplón, en aquel arrabal de Europa que parecía haber abandonado el deseo de parecerse a los demás y se conformaba con parecerse a sí mismo. Esa España que mostraba su verdadero genio en variantes futbolísticas del humor de La Codorniz, es decir, en una serie de motes inigualables; porque si la Saeta Rubia merece ser un verso de la Odisea, la Galerna del Cantábrico ya es una oda byroniana, y Cañoncito Pum un canto elegíaco a un país que jamás volverá a ser tan inocente. Pues esa España, precisamente esa España, es la que de pronto, de la mano de un argentino alopécico, noble y algo cascarrabias, conquistó Europa. Y no una, sino cinco veces. Tomad, ingleses, franceses, alemanes, italianos; vosotros os quedáis nuestros jóvenes emigrantes, pero nosotros nos quedamos vuestros trofeos.

Aunque en eso, por desgracia, la Décima sí que fue como las del No-Do.

Hoy, leyendo las esquelas, también me he dado cuenta de que Di Stéfano era otra manera de entender el fútbol. Toda la sabiduría del mundo reside en las dos palabras con las que decidió culminar su carrera: "Gracias, vieja". ¿Qué estrella de hoy en día se da cuenta de que no le debe todo a su fisioterapeuta, ni a su agente, ni a su asesor de imagen, ni a su peluquero, ni siquiera a su entrenador ni a su madre ni a su Dios, sino a la pelota? Sólo podía decir eso alguien que se diera cuenta de que lo único cierto en el fútbol es el esférico, que lo demás son estelas en la mar (aunque las provoque un yate con ocho modelos rusas a bordo). Sólo podía decir eso alguien que se diera cuenta de que es la pelota la que saca del arroyo a chavales que estaban destinados a la mediocridad o, peor aún, a la miseria. Y además sólo podía decir eso alguien que entiende que la pelota es la misma si está hecha de cuero o de papel, si está sobre un astroturf o sobre la pista de cemento del colegio. O sobre el descampado que queda a las afueras del pueblo. O entre las piernas de Alfredito, el de las rodillas huesudas que se sabe todos los tangos de Gardel.

Fue entender eso y ver de otra forma todas aquellas fotos en las que Di Stéfano entregaba la camiseta del Madrid a la estrella de aquel verano. Fue darme cuenta de que la estrella en aquellas presentaciones de Figo, Zidane o Cristiano no era Figo, Zidane, o Cristiano. Era el viejecito que parecía pasar un poco de todo aquello. Y me sentí como si fuese un detective que ha mirado una foto un centenar de veces, y que de pronto se da cuenta de que la clave del caso reside en la única persona de la que no se le había ocurrido sospechar. El caso se llamaba Real Madrid.

Los viejos se morirán antes que nosotros, sí. Pero se llevarán consigo el privilegio de haber estado ahí cuando un inmigrante que ya se encontraba a mediados de su carrera dijo "hágase la luz". Se llevarán la suerte de haber visto el Alfa del Real Madrid, y en cierto sentido también el Omega; porque nunca volveremos a ser tan grandes como entonces. Y se llevarán la fortuna de haber presenciado los años en que aquel rubiales barriobajero pasó su ADN a las mocitas madrileñas que nos engendraron. ¿Cómo? Él mismo lo dijo: "Meter goles es como hacer el amor. Todos saben cómo hacerlo, pero ninguno como yo".

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