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EDITORIAL

Carmena siembra el caos y el desconcierto

Madrid no ha padecido en los últimos días una situación de especial contaminación ni crisis ambiental alguna para requerir medidas extraordinarias.

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La labor de los políticos, en teoría, debería ser resolver los problemas de la gente, no para complicar la vida a los ciudadanos ni crear problemas donde no los hay. Aunque, por desgracia, dicho precepto se cumple en escasas ocasiones en España, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, se está convirtiendo en el máximo exponente de lo contrario, como bien demuestra el desastre que ha organizado en el tráfico de la capital a cuento de la contaminación atmosférica. Su nefasta gestión se está traduciendo en cientos de miles de conductores damnificados, pero, sobre todo, en una incertidumbre para el conjunto de los madrileños que resulta del todo punto inaceptable.

En primer lugar, conviene recordar que, si bien el nivel de alerta de contaminación fijado por la UE se sitúa en 400 microgramos/m³ de dióxido de nitrógeno, Madrid nunca ha superado dicho umbral, aunque sí ha sobrepasado de forma puntual y esporádica los niveles previos de aviso que recoge el actual reglamento de calidad del aire, sin que ello deba suponer motivo alguno para el alarmismo. Así pues, Madrid no ha padecido en los últimos días una situación de especial contaminación ni crisis ambiental alguna para requerir la adopción de medidas extraordinarias. La única novedad es que no llueve desde hace un tiempo. Pese a ello, Carmena ha decido activar los protocolos de alerta, primero, restringiendo la velocidad a 70 Km/h en la M-30 y, después, prohibiendo aparcar en el centro de la ciudad a los no residentes, con todas las molestias e inconvenientes que ello ha generado a miles de madrileños.

En segundo lugar, los coches no son los principales responsables de la contaminación, ya que apenas representan el 25% de las emisiones contaminantes, procediendo el resto de calefacciones, sistemas de ventilación y actividad industrial, entre otros factores. Según algunas estimaciones, reducir la velocidad a 70 Km/h apenas supondría una rebaja del 0,5% en el cómputo total de emisiones, de modo que resulta irrelevante. Y lo mismo sucede con la prohibición de aparcar, puesto que el propio Consistorio ha reconocido este viernes que la densidad del tráfico apenas ha bajado durante la hora punta. Así pues, las restricciones de Carmena no han servido de nada, salvo causar, eso sí, numerosas y graves molestias a muchos madrileños.

El tráfico lento, los embudos y los atascos han sido la tónica general desde el pasado jueves a la entrada y salida de la ciudad, con los consiguientes retrasos en citas y horarios de trabajo, más allá del lógico incordio que supone tal situación para los conductores. El habitual caos que se produce los días de lluvia, ahora también se reproduce los días de sol por obra y gracia de la alcaldesa. Asimismo, la prohibición de aparcar en el centro ha obligado a usar los costosos parkings, desatando de paso una oleada de multas de aparcamiento cuya legalidad está más que en entredicho. En definitiva, nula efectividad ambiental, muchas molestias para el ciudadanos de a pie y un suculento pellizco para las arcas municipales.

Pero lo más grave, sin duda, es el absoluto desconcierto que está provocando la nefasta gestión de Ahora Madrid entre todos aquellos que dependen del coche para moverse, ya que ni siquiera el Ayuntamiento sabe qué días o a qué horas activará las medidas de coerción correspondientes, pues, según explica el equipo de Carmena, todo dependerá de los medidores de aire repartidos por la ciudad. Mayor incertidumbre es difícilmente imaginable y el grado de surrealismo ya resulta épico. No en vano, millones de madrileños deberán estar pendientes de lo que digan o no Carmena y sus subalternos, ya sean las once de la noche -como sucedió el jueves- o las tres de la mañana para saber si ese día, al levantarse, pueden o no disponer de su vehículo para moverse por la ciudad.

Y lo peor es que, lejos de pedir disculpas y corregir semejante despropósito, Ahora Madrid prepara un protocolo de actuación mucho más radical, cuyo único fin es reducir de forma drástica la circulación. Este pueril y simplista planteamiento de disminuir los coches para bajar la contaminación es equivalente a prohibir los vehículos para evitar accidentes. El calificativo de absurdo se queda corto.

La triste realidad es que Carmena ha declarado la guerra al transporte privado arguyendo como excusa la manida cuestión del medioambiente, sin reparar lo más mínimo en el enorme fastidio que está causando a un gran número de madrileños. Por desgracia, todo apunta a que el caos circulatorio empeorará en los próximos meses. Carmena es todo un ejemplo de cómo no se debe gestionar nunca una gran ciudad.

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