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EDITORIAL

Elecciones catalanas: la temeraria irresponsabilidad del ministro-candidato Illa

Si alguien debería curarse en salud y liderar la postergación de los comicios por razones sanitarias es precisamente el ministro de Sanidad.

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Puede que el PSC maneje sondeos que le den 25-26 escaños y posibilidades de ganar en las elecciones regionales catalanas previstas para el próximo 14 de febrero. Pero eso en modo alguno debería ser razón para que los socialistas –con el ministro de Sanidad, Salvador Illa, a la cabeza– se empecinen irresponsablemente en que esas elecciones se celebren en la citada fecha, cuando España en general y Cataluña en particular presentan uno de los peores datos de contagios desde que se inició la pandemia del coronavirus. Así, acaba de haber 38.869 nuevos contagios en un solo día (5.000 de ellos en Cataluña), un nuevo récord diario de contagios desde que comenzó esta crisis sanitaria.

Dada la pésima situación, la decisión de celebrar o no las elecciones catalanas en solo un mes debería basarse en estrictas razones sanitarias y no en los intereses electorales de uno u otro partido. Retrasar unos comicios por razones sanitarias–tal y como se hizo en Galicia y en el País Vasco– no constituye una vulneración de las normas de la democracia, más aun después de las draconianas medidas que, en vulneración de las libertades individuales, se han adoptado a lo largo de esta pandemia. Y si alguien debería curarse en salud y liderar la postergación de los comicios por razones sanitarias es precisamente el ministro de Sanidad.

Con todo, la mayor irresponsabilidad de Salvador Illa no es la de empecinarse en que se celebre el 14-F, sino su permanencia en el Ministerio de Sanidad mientras se postula como presidente de la Generalidad como candidato del PSC. Por mucho que este incompetente diga que está “dedicado al 101%” a la gestión del ministerio, eso no se lo cree ni él.

Teniendo presente que se trata del ministro de Sanidad con los peores registros de toda la UE –España lidera el ranking comunitario de contagiados y fallecidos–, lo reprochable no es  ya que Illa abandone en el futuro un cargo del que ya debería haber dimitido por mala gestión hace meses, si no que no lo hiciera siquiera cuando aceptó ser candidato del PSC.

Ya tendrán los catalanes la oportunidad de valorar en las urnas –aun cuando sea con unos meses de retraso– si este político con una gestión tan sumamente pésima merece ser presidente de la Generalidad. Pero lo que no es de recibo es que se ponga en peligro la vida de millones de personas por un empecinamiento electoralista, temeridad solo equiparable a la que protagoniza manteniéndose al frente de de Sanidad.

Ante estos hechos, sólo cabe concluir alertando de que las elecciones del 14-F pueden ser una bomba contagiosa formidable, como lo fueron las demenciales manifestaciones fanáticas del 8-M.

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