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EDITORIAL

Salvar Madrid

El votante de centro-derecha asiste atónito a la desunión de unas fuerzas que, no se insistirá lo suficiente, deben dejar de encizañarse de manera suicida y volcarse en la lucha contra una izquierda letal para la sociedad.

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La cita con las urnas del próximo día 26 es importante en todos los ayuntamientos y en las comunidades en que se celebran elecciones autonómicas, pero es singularmente trascendental en Madrid, donde concurren la necesidad de mantener la Comunidad como lo que ha sido en los últimos años –un oasis de cierta libertad económica y bajos impuestos– y la de desalojar del Ayuntamiento al desastroso equipo de Manuela Carmena, cuyo afán liberticida sólo es equiparable a su pavorosa incompetencia.

Tras los resultados electorales del domingo, es obvio que no resultará un empeño fácil: el PSOE vuela con el viento a favor y Carmena ha aprovechado sus años en el Gobierno municipal para –en línea con lo postulado por su socio chavista Íñigo Errejón– crear estructuras clientelares que le permitan detentar el poder otros cuatro años y convertir la Administración local en un cortijo.

Por otro lado, a nadie se le escapa el delicado momento que viven las tres formaciones del centro-derecha, aún en shock tras la derrota del 28-A y empeñadas en desgastarse con ataques mutuos en vez de en hacer frente al enemigo: la formidable amenaza para la libertad y las prosperidad de los madrileños que representan Manuela Carmena, el PSOE de Ángel Gabilondo –que, como bien ha resaltado Ignacio Aguado en Es la Mañana de Federico, es exactamente el mismo que el de Pedro Sánchez– y las izquierdas bolivarianas de los ultras Iglesias y Errejón.

Razones para el optimismo hay. En primer lugar, ni en las elecciones autonómicas ni en las municipales hay circunscripciones pequeñas que penalicen la fragmentación del voto como en las generales; pero es que incluso en la aciaga noche del 28-A Ciudadanos, PP y Vox sumaron más del 53% de los sufragios tanto en la Comunidad como en el Ayuntamiento. El centro-derecha es, en efecto, una fuerza claramente mayoritaria en Madrid.

Lo peor es que, en lugar de sacar las conclusiones pertinentes tras el desastre electoral, unos y otros parecen empeñados en cometer los mismos errores y siguen enzarzados en discusiones estériles sobre quién lidera la oposición o cuál es el verdadero espacio político de cada cual. Por ese camino sólo lograrán desmovilizar a un votante que asiste atónito a la desunión de unas fuerzas que, no se insistirá lo suficiente, deben dejar de encizañarse de manera suicida y volcarse en la lucha contra una izquierda letal para la sociedad.

El centro-derecha debe, cuando menos, hacer lo que ya ha hecho en Andalucía, donde ha conseguido desalojar al PSOE del poder y está emprendiendo una labor que empieza a dar sus primeros frutos incluso en el plano legislativo.

Por paradójico que pueda resultar, si Madrid quiere seguir siendo Madrid debe mirar más a Sevilla y a lo que ha ocurrido este jueves en el Parlamento andaluz, y evitar espectáculos deplorables como el que se ha visto en la madrileña Puerta del Sol.

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