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Cataluña: restaurar sistema

Hay que restaurar el sistema para volver a la normalidad que nos legó la Transición y de la que nunca deberíamos habernos apartado.

Eduardo Goligorsky
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Nunca he ocultado mi aversión a la informática ni mi amor imperecedero por Olympia, mi vieja máquina de escribir manual acorazada contra la intromisión de virus, troyanos, cookies y otras basuras que circulan por el espacio cibernético. Sin embargo, aquí estoy atado por necesidad al ordenador, cuyos secretos esotéricos me desvela, con paciencia franciscana, Paco, mi ángel de la guarda, el técnico que se resignó a sacarme de la ignorancia y a enmendar mis torpezas. Una de sus enseñanzas, la que más útil me resulta, precisamente porque mis torpezas son muchas, es que, cuando todo parece haber llegado al punto del desastre sin retorno, debo hacer doble clic en el icono Restaurar sistema.

Convivencia malherida

No será fácil restaurar sistema en Cataluña, porque para volver a poner en su lugar las piezas del rompecabezas político, desbaratadas por un falso mesías y su séquito de aduladores impenitentes, no basta con hacer un doble clic. Es mucho lo que se ha destruido a lo largo de más de treinta años, tanto en el plano institucional como en el social, el económico, el educativo y el cultural, dejando la convivencia malherida dentro de España y de Cataluña. Como escribe José Antonio Zarzalejos (El Confidencial, 12/4):

La cuestión catalana, así, es un problema español, pero es, también, un problemón de los catalanes en el entendimiento de la propia Cataluña. Pueden preguntarse cuándo se jodió la relación con el resto de España, pero muy pronto podrían tener que preguntarse cuándo se jodió la cohesión de la propia sociedad catalana.

Los entrevistados por Arturo San Agustín en Cuándo se jodió lo nuestro. Cataluña-España: crónica de un portazo (Península, 2014) sitúan el origen del desencuentro en circunstancias muy diversas a lo largo de los siglos, pero los independentistas sobrevenidos acostumbran a demostrar su inocencia cargando la culpa sobre la sentencia del Tribunal Constitucional contra el estatuto del 2006. Un estatuto de opereta, pues sólo había recibido el voto favorable de un 36 por ciento del censo electoral.

Irreconocible y tentador

La complejidad de la restauración del sistema en el plano político queda a la vista cuando se piensa que ello implicaría borrar el equivalente de los virus, troyanos y cookies que dejó el tránsito de Jordi Pujol y de sus sucesores del Tripartito y de CiU por el palacio de la Generalitat y volver a la etapa de la Transición, cuando Josep Tarradellas todavía empuñaba el timón con mano de estadista. La restauración del sistema que disfrutábamos entonces sería radical y nos colocaría frente a un panorama irreconocible. Irreconocible y tentador. Imaginémoslo:

Los fondos públicos se destinarían prioritariamente a mejorar y reforzar la sanidad, la educación y la asistencia social, a diferencia de lo que sucede ahora, cuando se derrochan en la creación de los costosos aparatos burocráticos encaminados a construir un Estado paralelo, en campañas sectarias de propaganda y adoctrinamiento y en el reparto de subvenciones corruptoras, elementos todos estos que caracterizan a los regímenes totalitarios.

Las nuevas generaciones recibirían una preparación adecuada para desempeñarse en todo el territorio de España, de América Latina y del resto del mundo, pues las lenguas vehiculares de la enseñanza serían el castellano, la lengua local y el inglés. También se situarían en el mundo real porque aprenderían historia y geografía sin deformaciones endogámicas.

Las leyes que castigan la difusión de propaganda racista y xenófoba se aplicarían igualmente a la difusión de materiales que estimulen el odio, el rencor, la venganza y el revanchismo entre conciudadanos mediante la explotación de mitos, supersticiones y falacias históricas. Los solares donde se descubrieran escombros atribuidos a enfrentamientos fratricidas se destinarían a la construcción de bibliotecas públicas.

La solidaridad con las comunidades hermanas dentro de España estaría garantizada, lo mismo que la permanencia en la Unión Europea y en las organizaciones internacionales en las que Cataluña ingresó como parte inseparable de España.

Las fuerzas de seguridad de todo el país estarían coordinadas para defender el Estado de Derecho y la sociedad abierta y para responder a los ataques de mafias, grupos terroristas y sectas fundamentalistas hostiles a nuestra civilización. Esta coordinación se complementaría con la que ya existe dentro de la OTAN.

Ambiciones 'non sanctas'

Esta restauración del sistema será difícil pero no imposible. La debacle inminente del movimiento nacional secesionista, súbitamente privado de su prócer máximo y condenado a depender de líderes tan soberbios como mediocres, contaminados por ideologías retrógradas y autoritarias en unos casos, y demagógicas y nihilistas en otros, dejará, entre sus seguidores, una mezcla de desencanto, indignación y, en el ala extrema, una peligrosa radicalización. Sobre todo cuando estos seguidores tomen conciencia de que son las ambiciones non sanctas de una camarilla de desaprensivos las que los han metido en un callejón sin salida.

La correcta restauración del sistema dependerá en buena parte de la sensatez con que los dirigentes de los partidos políticos democráticos y constitucionalistas respondan al desafío. La magnitud del desbarajuste invita a imaginar que algunas cabezas pensantes de CDC, UDC y PSC reaccionarán por instinto de supervivencia. Pero el mayor peso de la responsabilidad descansa sobre las espaldas de los dirigentes de PP y C's. Y de UPyD, si este partido deja de guiarse por personalismos verticalistas que empañan su imagen hasta hace poco tiempo simpática.

El observador preocupado también estudia con atención el desarrollo de los movimientos sociales. En primer término Sociedad Civil Catalana, que evidentemente aglutina a sectores representativos de dicha sociedad. Quizá sea esta matriz identitaria la que hace que quien sigue los acontecimientos desde la barrera no entienda algunos de sus pasos. Por ejemplo, la importancia que da al aranés como tercera lengua de Cataluña, o la convocatoria a un acto el 11 de septiembre en Tarragona, "capital histórica de la España romana". Acto al que asistirá Carme Chacón, quien, cuando era ministra de Defensa, reivindicó la inmersión lingüística como "modelo de cohesión social", desobedeciendo el auto del Tribunal Supremo de Justicia de Cataluña (La Vanguardia.com, 24/8/2011). Pero ni siquiera estas diferencias deben convertirse en obstáculos para emprender de común acuerdo la restauración del sistema.

Llenar el vacío

Son igualmente importantes los dos manifiestos que, con la firma de personalidades como Mario Vargas Llosa en un caso y José Antonio Zarzalejos en el otro, salieron en defensa de la unidad de España, con la consigna "Libres e iguales" en el primero y "España federal, en una Europa federal" en el segundo. Una vez más, quien sigue los acontecimientos desde la barrera puede sentirse más identificado con uno que con otro –en mi caso con "Libres e iguales"–, pero lo que invita a dejar de lado discrepancias y dudas es que ambos están comprometidos con la unidad de España. Tiene razón Francesc de Carreras cuando escribe (El País, 21/7):

El tono y el estilo son distintos, las materias que tratan también, pero no son contrapuestos sino complementarios, nada impide firmarlos a la vez, yo mismo acabo de hacerlo.

O, como reconoce el insobornable Antonio Robles, el manifiesto federalista, "a pesar de las rebajas de julio, sigue rechazando un Estado propio para Cataluña".

El PP, C's, los todavía reticentes de UPyD, las cabezas pensantes que puedan existir en CDC, UDC y PSC, los seguidores de Sociedad Civil Catalana y los firmantes de los dos manifiestos son los operadores destinados a restaurar el sistema cuando la implosión del cambalache secesionista deje huérfanos a quienes tragaron el anzuelo de la Ítaca irredenta. Si no lo hacen ellos, armados con dosis terapéuticas de pragmatismo y posibilismo para evitar desencuentros bizantinos, una bandada de aves carroñeras se zampará los restos de nuestra sociedad desguazada. "Podemos", se jactan algunos de los buitres; "Guanyem", alucinan otros; "Alá es grande", salmodian los de más allá. Cada cual posado en su parcela del terreno minado.

Lo dicho: restaurar el sistema para volver a la normalidad que nos legó la Transición y de la que nunca deberíamos habernos apartado.

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