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Eduardo Goligorsky

Con el pinganillo en la oreja

En el campo de la defensa de la cohesión de España hay espacio para todos los que se someten a los dictados de la racionalidad.

Eduardo Goligorsky
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Me sentí frustrado cuando leí el artículo "El caballo de Troya del federalismo asimétrico" (LD, 1/5) de Antonio Robles. Mi amigo y colega me había arrebatado un tema que yo pensaba desarrollar y lo había hecho con su rigor habitual, que no dejaba margen para añadidos. En él impugnaba la propuesta de dictar "una ley de lenguas para España cuyo objetivo es hacer oficial en todas las instituciones del Estado el catalán, el euskera y el gallego". Robles aludía, concretamente, a varios artículos y un libro firmados por la profesora catalana de inglés Mercè Vilarrubias y, añadía Robles:

El disparate iba envuelto convenientemente con la defensa del bilingüismo y el no a la independencia.

Contra toda lógica, la iniciativa cuenta con el aval de destacados dirigentes de Sociedad Civil Catalana, aunque esta entidad, como tal, no se pronuncia oficialmente al respecto. Lo cual, a su vez, merece un paréntesis. SCC recibió merecidamente el premio Ciudadano Europeo 2014 del Parlamento Europeo por "promover valores tan importantes como la concordia, la convivencia, el respeto, la tolerancia, la libertad de expresión y el diálogo". De lo cual se desprende que las discrepancias con algunos de sus dirigentes o incluso con la entidad no pueden derivar en la fractura del frente antisecesionista. Los cismas derivados de las luchas intestinas por el poder o por la pureza ideológica son patrimonio de los nacionalismos rapaces y de las izquierdas dogmáticas. En el campo de la defensa de la cohesión de España hay espacio para todos los que se someten a los dictados de la racionalidad, ya se trate de partidos políticos, de movimientos sociales o de ciudadanos independientes.

Martillo de herejes

Una prueba de la confusión generada en torno de este tema la encontramos en las jeremiadas que dispara desde las páginas de El País el crítico literario transmutado en martillo de herejes Ernesto Ayala-Dip. Ya en su artículo "Ah, esta Barcelona tan provinciana" (29/4) se burló de los miembros del CLAC (Centro Libre de Arte y Cultura), culpables, a su juicio, de reunirse en torno a lo que, para decirlo con las palabras que él atribuye a los descarriados, es el

sano anhelo de sacar a Barcelona de su enfermizo provincianismo. Nuestra ciudad sigue empecinada en seguir [¡vaya repetición de verbos en la que nunca incurrirían los herejes!] encerrada en sí misma y negarse rotundamente a beber de los encantos del cosmopolitismo.

El crítico literario repetidor de verbos opina que el provincianismo enfermizo no existe, y se indigna porque ese "renovado grupo de amigos intelectuales" no se ciñe a la temática que él considera prioritaria y en cambio acoge a algunos contumaces que han firmado manifiestos "francamente inquietantes, como aquel en que se conminaba a Rajoy a ser severamente intransigente con los independentistas". Si leyera Historia de la Resistencia al nacionalismo en Cataluña, de Antonio Robles, se enteraría de que los muchos manifiestos que firmó ese "grupo de amigos intelectuales" que él desprecia condensan un valioso testimonio de la lucha por la dignidad ciudadana y las libertades públicas, empezando por la de enseñanza, frente a los abusos de la élite autoritaria, obstinada en aislarnos dentro de un gueto monolingüe.

Ayala-Dip afirma haber dejado clara su oposición a la independencia de Cataluña, pero esto no lo disuade de compilar listas de firmantes de manifiestos que lo inquietan, cuando por lo menos debería juzgarlos con tolerancia. Agraciado con el don de la ubicuidad que lo ayuda a vigilar a los intelectuales díscolos, este pesquisa dice saber cuáles de ellos concurren o, sobre todo, dejan de concurrir a museos, teatros, conciertos, exposiciones y demás eventos, olvidando que estos no bastan para devolver a Barcelona el esplendor de aquel boom cultural que fue sistemáticamente desmantelado por la endogamia de matriz pujolista. Incluso comete la torpeza de mencionar entre los lugares no visitados ese receptáculo del odio cainita que es el Born. Se le escapa, sin embargo, un detalle: toda la cultura oficial, desde la escuela hasta la radio, la televisión, y los espectáculos y medios de comunicación subvencionados, lleva la impronta totalitaria de la propaganda monolingüe secesionista. Lo cual hace indispensable la existencia del Centro Libre de Arte y Cultura, con énfasis en la palabra libre, que a él, según confiesa, le intriga. Los nacionalismos identitarios son, históricamente, los peores enemigos de la libertad, el arte y la cultura. Y de muchos otros valores: un titular de La Vanguardia confiesa, en primera plana (5/4):

Catalunya, a la cola en gasto sanitario y educativo.

Muy tiquismiquis

Ayala-Dip se suma en "Justicia lingüística" (El País, 29/4) a la campaña que desenmascara Antonio Robles:

No hace mucho escuché a un miembro de una asociación contraria a la independencia sugerir que el Estado debería garantizar conocimientos generales de sus lenguas en todo su territorio. Me pareció una buena noticia, aunque viniera de una agrupación con la que me cuesta ponerme de acuerdo con la mayoría de sus propuestas.

Por lo visto, el crítico literario que afirma haber dejado clara su oposición a la independencia de Cataluña es muy tiquismiquis a la hora de entenderse con otros opositores. Se solidariza, en cambio, retrospectivamente, con Gerard Piqué, evocando el incidente que tuvo con un jugador del Real Madrid, Sergio Ramos, por hablar, Piqué, en catalán. Y vuelve a solidarizarse ahora con el entrenador del Éibar, Gaizka Garitano, que abandonó una conferencia de prensa cuando algunos asistentes le reprocharon que intercambiara preguntas y respuestas en euskera con sus paisanos, desdeñando al resto de los periodistas. Según Ayala-Dip, escucharlos en silencio y sin enterarse de nada habría sido un "gesto de deferencia hacia la pluralidad lingüística de España". Y acusa:

Dominó la mala fe, la falta de sensibilidad con las otras lenguas de tu propio país, o sencillamente la ignorancia. O una lamentable mezcla de las tres.

Habría sido una prueba de auténtica preocupación por la pluralidad lingüística que el sedicente defensor de las libertades denunciara, como un caso flagrante de mala fe, de falta de sensibilidad o de ignorancia, o de una mezcla de las tres, la proscripción que padece la lengua común de todos los españoles en el sistema escolar de Cataluña, proscripción que choca con las sentencias de todos los tribunales y con la esencia misma de la Constitución, y que convierte a los niños y jóvenes en víctimas de un experimento de ingeniería social retrógrado y segregacionista. Y se llega al colmo de la insensatez identitaria cuando se pierde el tiempo enseñando al niño una lengua estrictamente local, como el aranés -patrocinado también por SCC-, aunque ello implique descuidar otras, como el español, el inglés, el francés, el alemán, el ruso, el mandarín o el árabe, infinitamente más útiles para progresar en sociedades hermanadas por la globalización.

Conglomerado de feudos

No es cierto que, como afirma el sedicente defensor de las libertades, muchos españoles crean que cuando alguien habla delante de ellos

en catalán, euskera o gallego, y ya no digamos en astur, es para ofenderlo o, peor todavía, insultar a España.

Lo que pretenden imponer los salvapatrias es el fenómeno inverso: que el catalán, el vasco, el gallego, el asturianoleonés y -¿por qué Ayala-Dip los omite, discriminándolos?- el aragonés de la Franja y el aranés se sientan ofendidos ellos e insultadas sus comunidades cuando alguien les habla en castellano.

Este intríngulis es producto del afán de despojar a la lengua de su valor práctico como medio de comunicación, deshumanizándola y poniéndola al servicio de inconfesables maquinaciones políticas. Maquinaciones que en este caso se encaminan a la creación de un conglomerado de feudos con súbditos insolidarios y condenados a vivir con el pinganillo en la oreja para entenderse entre ellos.

En España

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