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Eduardo Goligorsky

Desenmascarando a la ultraderecha

El 10-N nos convoca a todos los constitucionalistas a votar en defensa de nuestra sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales.

Eduardo Goligorsky
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El 10-N nos convoca a todos los constitucionalistas a votar en defensa de nuestra sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales.
Cabecera de la manifestación de SCC | EFE

La amenaza de la ultraderecha se cierne sobre Cataluña. Racista, xenófoba, maniquea, retrógrada, falsaria, propaladora de la confrontación y el odio cainita. Llega a las elecciones del 10-N ataviada con disfraces engañosos. Abomina de la inteligencia del ciudadano común y se complace en masificarlo para que así sirva mejor a sus conjuras autoritarias. Lleva en sus genes el cromosoma de la violencia que aflora apenas tropieza con obstáculos. No soporta el imperio de la ley, que frustra sus arbitrariedades y sus iniciativas rapaces. Aborrece las sentencias judiciales ejecutadas por las fuerzas del orden y tiene en su punto de mira el Estado de Derecho.

Feria de disfraces

Expertos en la explotación torticera de los medios de comunicación y de las modernas redes sociales, estos rufianes han conseguido desviar la atención de la buena gente para hacerle creer que no son ellos la ultraderecha sino que hay que buscarla en el frente constitucionalista. Burda táctica diversionista copiada del tero-tero, el pájaro sudamericano que, para engañar a los campesinos, siempre chilla en el lugar más alejado del nido donde ha puesto los huevos.

Aquí, quienes llenan los requisitos para figurar en el catálogo de la ultraderecha son precisamente los enemigos acérrimos de los constitucionalistas, de las leyes y del Reino de España. Los ultraderechistas son los secesionistas catalanes y vascos, junto a quienes imitan sus atavismos lingüísticos en otras comunidades autónomas, y a quienes travestidos de progres ofrecen las herramientas para el desmembramiento rotulado de plurinacional.

El 10 de noviembre es la fecha ideal para poner fin a esta feria de disfraces. Con una mayoría constitucionalista que desenmascare a la ultraderecha pura y dura y a sus colaboracionistas desmembradores, arrinconándolos en las cavernas que son su hábitat natural. Ya me he pronunciado contra la deserción de quienes se abstienen por escrúpulos puristas. Todo ciudadano comprometido con la democracia, la sociedad abierta, la Monarquía constitucional y la integridad de España tiene un amplio espectro de opciones para votar de acuerdo con sus preferencias ideológicas, su ubicación social, su encuadre cultural y sus intereses económicos. No vale ningún pretexto para abstenerse.

Síntesis de aciertos

Mi opción ya es conocida. Antes de las elecciones del 28-A publiqué el artículo "No voto a Albert Rivera" (LD, 25/4) en el que explicaba que el título era un cebo para atraer la atención del lector, porque iba a votar a Ciudadanos por su programa, independientemente de quién fuera su cabeza de lista. Si era Albert Rivera, tanto mejor.

Hoy, Ciudadanos encarna la síntesis de los mayores aciertos de los gobiernos de Felipe González y José María Aznar -que fueron muchos- y es el antídoto para reparar su mayor -inmenso- error, que consistió en permitir la maduración del cáncer nacionalista en la Comunidad Vasca, Cataluña y Galicia, un cáncer que ya presenta metástasis, siempre con la tutoría del PSOE, en Navarra, Valencia y Baleares. Y hasta en la Asturias del recauchutado bable.

Este es el motivo por el que la ultraderecha nacionalista se ha concertado para demoler a Ciudadanos, conchabada con el coro insidioso de formadores de opinión que avalaron el contubernio de la moción de censura y catapultaron a Pedro Sánchez hasta la Moncloa. La campaña difamatoria -alimentada con las fake news de El País, La Vanguardia y los pasquines nacionalistas- se intensificó a partir del acto de Plaza Colón, con el argumento de que Ciudadanos compartía la tribuna con Vox, espantajo multiuso asimilado a la ultraderecha.

Modelos nazis

La ultraderecha era precisamente el conglomerado racista que los asistentes a aquel acto denunciaban sin eufemismos. Una ultraderecha que promulgaba leyes rupturistas contrarias a la Constitución y el Estatut y que implantaba la desigualdad entre los pobladores de Cataluña copiando modelos nazis de discriminación étnica y lingüística. Basta estudiar los apellidos de los gobernantes, legisladores y palanganeros que escenifican la sedición condenada por el Tribunal Supremo, para comprobar que en su abrumadora mayoría atesoran un rancio abolengo autóctono que les sirve para asegurarse el monopolio del poder. Son estos los supremacistas que se abrazan a la pureza marchita de su árbol genealógico para tiranizar a millones de catalanes, tan catalanes como ellos, que asumen racionalmente la coexistencia de su identidad circunstancial con la española.

Con semejantes antecedentes, no es extraño que nuestra ultraderecha siga el derrotero que marcaron sus arquetipos del siglo pasado y que sustituya el sistema electoral democrático por manifestaciones regimentadas como las que filmó la cineasta Leni Riefenstahl para mayor gloria de Hitler, al mismo tiempo que educa a sus alevines para que practiquen la gimnasia vandálica de "la noche de los cristales rotos" y enciendan las hogueras inquisitoriales de sus antepasados feudales. Todo invita a pensar que si estos brutos consiguieran fundar una repúblika, no se privarían de resolver las disputas entre las huestes de Puigdemont y Junqueras con "una noche de los cuchillos largos". Como lo hicieron durante la guerra incivil matándose entre estalinistas, trotskistas, anarquistas y otros republicanos, después de completar la purga de sacerdotes y creyentes. ¡Ay, que mal parada deja la memoria histórica a esta gente que dice ser congénitamente pacífica!

Estirpe criminal

¿Cómo se entiende entonces el amancebamiento del PSOE/PSC y UP con esta ultraderecha? Para los memoriosos es más fácil de explicar de lo que parece. Los comunistas y sus compañeros de viaje llevan en su ADN la alianza con los adversarios portadores de la misma estirpe criminal. Basta recordar que cuando se firmó el acuerdo Ribbentrop-Molotov los partidos comunistas, empezando por el estadounidense y el francés, se hicieron cómplices de los nazis. Tanto que el PCF llegó al extremo de entablar negociaciones en París con el Alto Mando alemán para colaborar con los ocupantes… hasta que Hitler invadió la URSS (ver Francia bajo la ocupación nazi 1940-1944, de Philippe Burrin, Paidós, 2004).

El pacto de Estado entre los tres partidos constitucionalistas para frenar la embestida de la ultraderecha antiespañola se convierte en un deber de patriotismo cívico. Un pacto que no excluye las diferencias que los ciudadanos percibimos entre estos partidos y que deciden nuestro voto. Los liberales y socialdemócratas que votamos a Ciudadanos (en este trance dramático es ocioso distinguir entre galgos y podencos) nos sentimos bien acompañados por el PP y Vox en la confrontación con el bloque de ultraderecha y sus caballos de Troya socialistas y podemitas, armados ambos con la motosierra descuartizadora de la falsificada "nación de naciones".

Fundadores disidentes

Los sembradores de cizaña hicieron su agosto cuando un grupo de prestigiosos intelectuales fundadores de Ciudadanos planteó sus discrepancias con la dirección del partido y abandonó sus filas. Todos ellos merecen el mayor respeto, y cabe preguntar a quién votarán el 10-N. Si son coherentes con su trayectoria –y no tengo motivos para dudarlo– no imagino a ninguno de ellos decantándose por un partido que no sea Ciudadanos. Me lo confirma la opinión que vertió uno de esos fundadores disidentes en El Mundo y que transcribió Libertad Digital ("Arcadi Espada sale al rescate de Ciudadanos y abronca a Valls", 24/10):

El debilitamiento de Ciudadanos es una grave desgracia. Es el único partido laico de la política española.

Espada "abronca" a Manuel Valls por su intención de crear un nuevo partido y sentencia: "Los demócratas españoles precisan unidad". Unidad que también necesita a Valls y sus acompañantes, añado.

Valores compartidos

El énfasis de Espada en el laicismo de Ciudadanos merece atención. En los otros dos partidos constitucionalistas perduran afinidades confesionales que reflejan el pensamiento de muchos españoles, aunque probablemente no el de la mayoría. En este contexto, la carta que me envió Vox pidiéndome el voto contiene varias propuestas que me parecieron razonables, pero concluye con una promesa incompatible con la cosmovisión liberal: "Defender nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestras raíces". Podrían haberlo firmado los ultraderechistas antiespañoles Puigdemont, Torra y Junqueras para aplicarlo en Cataluña, y aplicado a España es igualmente chocante para quienes creemos en una nación fraternalmente unida a Europa, donde todos compartimos los valores del humanismo ilustrado. Humanismo ilustrado que impregna la cultura universal, disipa las tinieblas de algunas tradiciones oscurantistas y reconoce que cuando se adjudican raíces a los hombres se los rebaja a la condición de vegetales.

Salvada esta diferencia entre partidos, el 10-N nos convoca a todos los constitucionalistas a votar en defensa de nuestra sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales, gobernada por una Monarquía parlamentaria. Cada voto constitucionalista suma un bloque de hormigón al muro que nos protege de la ultraderecha racista. Sustraerlo mediante la abstención debilita la contención de los enemigos de nuestras libertades.

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