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Eduardo Goligorsky

El asteroide de los locos

Si bien España aparece íntegra en los textos, hay regiones donde la población se ha descolgado del mapa.

Eduardo Goligorsky
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Si bien España aparece íntegra en los textos, hay regiones donde la población se ha descolgado del mapa.
El golpista prófugo Carles Puigdemont | David Zorrakino (Europa Press)

El panorama es desolador. Toda la población de un país que en los libros de historia y geografía figura íntegro en el mapa con el nombre de España, sin apéndices desconectados, padece el azote de un cúmulo de plagas que nunca antes se habían desencadenado juntas: sanitaria, política, económica, social y territorial.

Descolgados del mapa

Detengámonos en la territorial. Si bien España aparece íntegra en los textos, hay regiones donde la población se ha descolgado del mapa y, como previó en el año 2014 el entonces ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García Margallo, vaga por el espacio sin rumbo fijo. Es lo que sucede en el asteroide llamado Cataluña. Aquí, un colectivo minoritario encandilado por mitos tribales ha aprovechado una arcaica ley electoral discriminatoria para colocar en el puente de mando a sucesivos clanes endógamicos que han roto amarras con la patria común.

Hoy, a modo de castigo, se da el fenómeno de que este asteroide desprendido alevosamente de la tierra madre se llevó consigo todas las lacras –pandemia, crisis económica, fractura social– sin estar hermanado con el resto de la nación –como lo estuvo a lo largo de toda la historia– para intercambiar ayudas humanitarias entre compatriotas españoles. Para los supremacistas xenófobos que mandan, los españoles no son compatriotas. Peor aun, tampoco recibirá los fondos para la recuperación que asigna la Unión Europea a los países miembros, porque el asteroide, tal como lo presentan sus usurpadores, ya no es uno de ellos.

Abducidos por los orates

Las desgracias no terminan aquí. Si en el asteroide viajaran solamente los alucinados que lo lanzaron al espacio, no nos conmovería verlos cargar con sus culpas. Pero lo que los españoles no deberían permitir es que millones de sus compatriotas estén embarcados, contra su voluntad, en esta sobrecogedora aventura cósmica. Y aquí la responsabilidad cae sobre el Gobierno de felones y comunistas que, para conservar el poder, traiciona a sus ciudadanos abducidos por los orates y se desentiende de ellos.

Este es el asteroide de los locos. El puente de mando es un campo de batalla entre comandantes rivales sin escrúpulos. Si el asteroide fuera realmente una república, el deporte nacional sería la guerra civil. El cabecilla prófugo de la banda, Carles Puigdemont, malversador según el benévolo tribunal de Schleswig-Holstein, alterna el sibaritismo en Waterloo con visitas de conquistador a la región de la república francesa que él define como parte de Cataluña. ¡Alerta, presidente Macron, los invasores bárbaros quieren arrebatarle una franja de su patria! El testaferro del proscripto, el presidente putativo de la Generalitat, Quim Torra, reitera las convocatorias a la desobediencia, que han convertido sus dominios en un paraíso para alevines de terroristas, atracadores, narcotraficantes y okupas que hacen temblar a la sociedad civil, mientras las grandes empresas y los inversores huyen despavoridos. El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès, es un energúmeno sectario que odia por igual al citado capo de su republiqueta de pacotilla y al rey constitucional de España.

La cruda verdad

Entre todos montan un tira y afloja esperpéntico que degenera en una sopa de letras de siglas de partidos racistas, clientelistas y nepotistas que pleitean entre ellos para ocultar la cruda verdad: todos son metástasis de la corrupta Convergència pujolista. Solo el taimado cenobita Oriol Junqueras reniega de esta pútrida herencia cuando recurre a sus propias tácticas arteras para conquistar el trono de la república inexistente.

Es comprensible que un hatajo de políticos trepadores desprovistos de principios morales y enemigos acérrimos de la racionalidad que bloquea sus apetitos se trencen en estas luchas por el poder. Lo chocante, en cambio, es que todavía no se asista a una fuga masiva de los ciudadanos aborregados que los votaron.

A estos les recomendamos que, para emanciparse del rebaño y reavivar la anestesiada libertad de pensamiento, practiquen el shock de leer titulares impactantes como los que siguen: "Puigdemont y el PDECat rompen", "El PDECat se escinde", "Puigdemont rompe el carnet del PDECat y se consuma la división en las instituciones" (LV, 30/8, 31/8 y 1/9), o el artículo explícito de la directora adjunta Lola García sobre las hostilidades sin cuartel entre los trujimanes sediciosos: "Ha estallado la guerra" (LV, 30/8).

No deja títere con cabeza

El predicador Francesc-Marc Álvaro, transformado en plañidero, no deja títere con cabeza ("Puigdemontismo" (LV, 31/8):

Ha empezado la partida final de Puigdemont contra Junqueras, que se jugará en las futuras elecciones catalanas. (…) El puigdemontismo necesitaba, para lanzar su segundo cohete, hacer explícita (a bombo y platillo) la abjuración de Puigdemont respecto de la casa madre que le convirtió en político y alcalde de Girona. (…) En estos momentos, cuesta decir dónde estamos, pero está claro que la república solo existe en los discursos voluntaristas de algunos. La épica del puigdemontismo pronto deberá confrontarse con las incertidumbres y temores que provoca la pandemia en la sociedad catalana (indepes incluidos). El margen para la poesía será escaso.

Pilar Rahola lo remata con otro castañazo ("La teoría del caos", LV, 2/8):

Si lo de Messi es patético, lo del PDECat es para huir a Alaska en pleno invierno.

Sanos y salvos

La vida no es cómoda en el asteroide de los locos. Tras la imprevista supuración del forúnculo del Barça ya no les quedarán ánimos a los exaltados para vociferar estribillos sediciosos a las 17:14 en el Camp Nou.

Ha llegado la hora de devolver el asteroide a su punto de partida en España, con sus pasajeros abducidos sanos y salvos. Cuidando, eso sí, de que la tripulación mercenaria quede flotando en el espacio exterior, desde donde no pueda contagiarnos su demencia.

En España

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