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Eduardo Goligorsky

El fraude de la neolengua

El tráfico de infamias continuará hasta el mes de septiembre y aun después. La traición está rampante y no tiene límites

Eduardo Goligorsky
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Eduardo Goligorsky - El fraude de la neolengua
Gabriel Rufián | EFE

La prueba de la confusión que impera en una parte sustancial de la clase pensante española la encontramos en el hecho de que algunos observadores juzgan que han sido los diputados de ERC, PNV y EH Bildu quienes dieron ejemplos de moderación en el fallido debate de investidura. ¡Los enemigos declarados del orden constitucional y de la integridad de España, y los blanqueadores de asesinos etarras, convertidos en los patrocinadores de la concordia! Si estos politólogos expertos compraron la mercancía tarada como si fuera género legítimo, no debe extrañarnos que las masas despistadas comulguen con las ruedas de molino que les dispensan los falsarios.

Neolengua orwelliana

Las sesiones de investidura fueron unos juegos florales de la neolengua orwelliana en los que brillaron los corifeos de la nomenklatura sanchista, el soviet podemita y la casquería antiespañola. Todos ellos explotaron el fraude urdido en la novela 1984 de George Orwell, que consiste en apuntalar las dictaduras totalitarias tergiversando el significado de las palabras para engañar a quienes les dan crédito como si fueran las de uso cotidiano. Por ejemplo, en el debate los embaucadores prometían formar un "Gobierno de progreso" cuando el fraude consistía en confabularse para retroceder a los tiempos del oscurantismo tribal.

El que sobresalió en la elaboración de engañabobos fue Gabriel Rufián. El portavoz de ERC hizo gala, una vez más, de sus dotes de histrión. Empezó su carrera escandalizando a la prudente Ana Pastor, presidenta de la Cámara de Diputados, donde perpetraba gamberradas a troche y moche, para luego prometer, como buen maximalista, "155 monedas de plata" a Carles Puigdemont cuando este pareció dispuesto a convocar elecciones en octubre del 2017. Y ahora obedece la voz del amo Oriol Junqueras disfrazándose de mediador dialogante. Histrión maximalista = mediador dialogante. Típico fraude de la neolengua orwelliana.

Un feudo sin ley

En su nuevo papel, Rufián es tan chulo como en el anterior. "No me roba España. Me roban Rato, Bárcenas, Millet, Pujol", proclama, corrigiendo su burdo estribillo demagógico contra España y empapelando a dos catalanes de rancio abolengo. Y aun así, es el Rufián trapacero de siempre. Rato y Bárcenas están presos en Soto del Real, en tanto que Millet y Pujol se pasean en libertad disfrutando de los privilegios de la oligarquía autóctona. Una oligarquía que cuenta con los servicios del advenedizo Rufián y de un contubernio de sinvegüenzas afines para seguir practicando sus latrocinios en un feudo sin ley llamado república en la torticera neolengua orwelliana.

Si Rufián anhelara realmente el castigo de quienes le roban -y nos roban a todos los españoles- debería denunciar el desvío de fondos públicos para engordar a los parásitos de la gigantesca maquinaria mediática y burocrática del procés. Y debería renegar del lazo amarillo, símbolo de la concesión de inmunidad a los malversadores. Otra muestra de la tramposa neolengua orwelliana: malversadores = presos políticos.

Ahora, el saltimbanqui prueba su propia medicina. Lo escrachan -como a la volatinera Ada Colau en la plaza Sant Jaume- quienes hasta ayer le reían las gracias, en tanto que Albert Batet, portavoz de JxCat en el Parlament, lo califica de "pagafantas" (LV, 26/7).

Tráfico de infamias

Oriol Junqueras, elegido eurodiputado por la alianza con los blanqueadores de asesinos etarras, le ordenó a su subalterno Rufián que actuara como celestino entre dos trepadores sin escrúpulos para que se conchabaran en un gobierno rotulado "de izquierda". Por supuesto, el plan consistía en encargar a los dúctiles elegidos que aplicaran gradualmente el programa explícito de ERC, el cual prevé amputar cuatro provincias del territorio de España para implantar en ellas una república étnica. Otra vez la neolengua orwelliana: trepadores sin escrúpulos = gobierno de izquierda = república étnica.

Y la disputa sigue su curso. Reprocha Enric Juliana (La clave está en noviembre, LV, 28/7):

Lo que en otros países suele exigir un trabajo de semanas -en Alemania tardaron ochenta días en pactar el último gobierno de coalición- en España se ha intentado resolver con cinco reuniones a cara de perro, con un final retransmitido en directo.

La mentira tiene patas cortas. Fue el mismo Juliana quien había hecho hincapié en la omertà mafiosa que protegía el tráfico de infamias (El pacto de la desconfianza, LV, 21/7):

La negociación comenzó ayer con gran secretismo. Las personas implicadas han recibido instrucciones de no comentar públicamente el desarrollo de las conversaciones para proteger el posible acuerdo.

La hez del golpismo

En realidad el tráfico de infamias se desarrolló a partir del 28 de abril. Los representantes del PSOE trapicheaban con los de IU-PCE y Unidas Podemos, y los unos y los otros intercambiaban visitas y mensajes con la hez del golpismo antiespañol instalada en la Generalitat, recluida en prisión o aposentada en el palacete de Waterloo. Se sucedían los agasajos a los blanqueadores de asesinos etarras y grapos y a los excarcelados de Terra Lliure. Y se sentaban las bases para la euskaldunización de Navarra con los dóciles bueyes socialistas uncidos al carro triunfal de los bilduetarras..

El tráfico de infamias continuará hasta el mes de septiembre y aun después. La traición está rampante y no tiene límites. Evoco los versos del tango Cambalache, impregnados por la amargura que torturaba a su autor, Enrique Santos Discépolo: "Es un despliegue de maldá insolente, / ya no hay quien lo niegue. / Vivimos revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo todos manoseaos".

Los partidos constitucionalistas -que el fraude de la neolengua transforma en "la derecha"- tienen un deber que hoy va más allá de competir por las poltronas del poder. Lo que está en juego es la salvación nacional y solo un frente monolítico podrá terminar con el cambalache y recuperar el ritmo de progreso civilizado de la Monarquía parlamentaria.

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