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Eduardo Goligorsky

La peronización del proceso

Hoy todos los intríngulis del proceso están indisolublemente asociados a los planes egocéntricos de Mas, cómodo en su histriónico papel de líder de masas.

Eduardo Goligorsky
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Hoy todos los intríngulis del proceso están indisolublemente asociados a los planes egocéntricos de Mas, cómodo en su histriónico papel de líder de masas.
Artur Mas | EFE

El totalitarismo, por definición, lo abarca todo. En política, su planificación hegemónica no admite la presencia de poderes competitivos y se guía por los caprichos del líder, tanto si este es carismático y capaz de encandilar a las masas con su demagogia como si es un hábil conspirador capaz de imponerse por la fuerza de las armas. A menudo ambas idiosincrasias se amalgaman para engendrar el perfecto dictador. Lo que no se concibe en el mundo real es la aparición de un líder totalitario dispuesto a compartir el poder omnímodo con los leales que lo entronizaron y menos aun con sus subalternos. Las purgas de rivales son un rasgo típico de estos regímenes.

Ramificaciones caudillistas

También es una ley infalible del totalitarismo que los competidores aparezcan, tarde o temprano, movidos por la tentación de heredar o usurpar el poder absoluto, aunque se arriesguen a perder la vida en el intento. Algunos perduran en el recuerdo como moderados, otros como radicales. Hitler ordenó asesinar a Ernst Röhm por radical; Mussolini sentenció a muerte a su yerno, el conde Ciano, por moderado. Stalin se libró de Nikolái Bujarin por blando y de León Trotski por duro. Franco no movió un dedo para evitar que ejecutaran a José Antonio Primo de Rivera porque este le hacía sombra. Sin embargo, estos ejemplos nos remiten solamente a las ramificaciones violentas y sanguinarias del totalitarismo, que no son las únicas. Para abordar las caudillistas y demagógicas, el mejor modelo es el peronismo. Y por eso es razonable denunciar la peronización del proceso secesionista de Cataluña.

Hoy todos los intríngulis del proceso están indisolublemente asociados a los planes egocéntricos del presidente de la Generalitat, cómodo en su histriónico papel de líder de masas. El atribulado notario Juan José López Burniol levanta acta (LV, 22/6):

¿Y Convergència? No se fracturará porque va ser llevada antes al desguace, diluyendo lo que quede de ella en unas listas que, tanto si son del president como si son con el president, no significarán otra cosa que el descenso de una opción institucional a otra personalista.

Personalista: esta es la palabra clave que consagra la peronización del proceso secesionista. Juan Domingo Perón fue el primero que convirtió su Movimiento en el Partido del Presidente o el Partido con el Presidente. Literalmente, el Partido Peronista. Con una historia que prefiguró los tejemanejes que estamos presenciando en Cataluña.

En Argentina entonces, como en Cataluña hoy, la gestación del proceso tuvo la impronta de la verticalidad. Allá con el poder concentrado en la Casa Rosada, sede del gobierno, y acá en el palacio de la Generalitat, para tirar en ambos casos, desde la cúpula, los hilos de la propaganda y la financiación astutamente programadas para movilizar las bases. En 1944 el presidente era el general Edelmiro Farrel, complaciente adlátere del todavía coronel Perón, quien a su vez acumulaba los cargos de vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. Cartera esta última desde la que afianzó sus relaciones con los dirigentes sindicales que habrían de sumarse a su empresa política con la misma docilidad con que los de UGT y CCOO se enrolan en las filas del proceso secesionista.

Maltrato despiadado

Los sindicatos fueron, en verdad, la columna vertebral del movimiento peronista, cumpliendo el papel aglutinador y agitador que aquí, comprobada la inanidad de UGT y CCOO, desempeñan los movimientos sociales como ANC y Òmnium. En ambos casos, por supuesto, los respectivos líderes trataron y tratan a estos instrumentos con el desprecio que se han ganado con su servilismo: los manosean y, si es necesario, los fragmentan, para acomodarlos a sus necesidades. En Argentina, el caso más patético del maltrato despiadado a un dirigente sindical leal a Perón, pero no obsecuente, fue el de Cipriano Reyes.

Reyes, que disputaba el gremio de la carne al comunista José Peter, movilizó y encabezó las columnas de descamisados que marcharon sobre Buenos Aires el 17 de octubre de 1945 para rescatar a Perón, fugazmente apartado del poder por un golpe cívico-militar. Consiguieron su objetivo y allanaron el camino del todavía coronel hacia la Presidencia, que conquistó el 24 de febrero de 1946 por 1.478.372 votos contra 1.211.660 de la fórmula Tamborini-Mosca, de la Unión Democrática, en la que confluían, como en la guerra contra el nazismo, la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Demócrata Progresista y el Partido Comunista.

Pero Cipriano Reyes no pudo saborear las mieles del triunfo. Él era la cabeza visible del Partido Laborista, núcleo duro del movimiento que, junto a una fracción oportunista de la UCR, bautizada como Junta Renovadora, apoyó la fórmula ganadora, Perón-Quijano. Perón ordenó que estos dos partidos se fusionaran en el Partido Único de la Revolución. Y Cipriano Reyes no acató la orden. En el mejor estilo totalitario fue juzgado por subversión y pasó siete años en la cárcel, sufriendo torturas de las que salió emasculado. Finalmente lo rescató la Revolución Libertadora que derrocó a Perón el 16 de septiembre de 1956.

El Partido Único de la Revolución tampoco duró mucho. Hugo Gambini relata en su indispensable Historia del peronismo (3 vol., Planeta, 1999; Joaquín Vergara, 2008):

El 15 de enero de 1947, el secretario político de la Presidencia, Román A. Subiza, llamó a los periodistas acreditados en la casa de gobierno y les entregó un comunicado de la junta ejecutiva nacional y del consejo superior del Partido Único informando que "el general Perón ha cedido, por último, a los argumentos de esta junta y de este consejo y autoriza la denominación de Partido Peronista en todo el territorio de la República".

Había nacido el Partido del Presidente como modelo para la posteridad.

Desprejuiciada transversalidad

El Partido Peronista y su apéndice sindical, la Confederación General del Trabajo, sufrieron sucesivas purgas para eliminar los elementos díscolos que se obstinaban en preservar las siglas del Partido Laborista. Fenómeno este que se repite aquí cuando el Partido del Presidente echa por la borda lastres democristianos después de haberlos desmembrado preventivamente.

Al mismo tiempo, el movimiento peronista llenaba los huecos que dejaban los expulsados y encarcelados absorbiendo, con desprejuiciada transversalidad, las escorias desprendidas de los partidos tradicionales, incluidos radicales, socialistas y comunistas. El Partido Conservador le aportó las huestes del exgobernador de la provincia de Buenos Aires, el fascista y mago del pucherazo Manuel Fresco, huestes integradas por caciques explotadores del juego clandestino y la prostitución. El trotskismo autóctono le sirvió en bandeja al charlatán Jorge Abelardo Ramos, quien, cuando se rompió el prolongado idilio del peronismo con la Iglesia Católica, arengó desde su columna en el diario Democracia a los lumpen incendiarios de templos. Firmaba con el seudónimo Víctor Almagro. Para completar la transversalidad totalitaria, los sicarios nazis de la Alianza Libertadora Nacionalista formaban la fuerza de choque del movimiento peronista.

La ruptura con la Iglesia en 1954, provocada por la tentativa de fundar un partido democristiano (¡ay, siempre estos incordios democristianos… el Duran Lleida de Argentina se llamaba Lucas Ayarragaray!), fue otro ejemplo de la necesidad de explotar la intolerancia maniquea que es consustancial a todo totalitarismo. El primer enemigo, en la etapa preelectoral de 1945, fue Estados Unidos. Más concretamente su embajador, Spruille Braden. El estribillo "¡Braden o Perón!" se alternaba con "¡Patria sí, colonia no!", precursores peronistas del "¡España nos roba!" secesionista. Y cuando el Departamento de Estado de EEUU publicó el Libro azul que desenmascaraba los vínculos de los últimos Gobiernos argentinos con el régimen nazi, la respuesta fulminante fue un vitriólico Libro azul y blanco que, salvadas las distancias cronológicas, geográficas y políticas, está emparentado con Crónica de una ofensiva premeditada, el mamotreto venenoso con el que la Generalitat se suma, por enésima vez, a la campaña del Partido Peronista. Perdón, del Partido del President.

En honor a la verdad, hay que señalar, empero, una diferencia capital entre la metodología del caudillo argentino y la de su imitador catalán. El primero aglutinó sin escrúpulos los detritos de la política local hasta sumar una mayoría relativa que le permitió conservar el poder hasta la debacle final. El segundo, cegado por la ambición desmedida y por los halagos de sus cortesanos, se ha convertido en un torpe Atila que no deja crecer la hierba allí donde pisa, destruye partidos aliados, exacerba a rivales de su misma tribu y desencanta a sus adictos ingenuos, de lo que resulta una dispersión irreversible. Felicitémonos, entonces, de que el experimento peronista no prospere en Cataluña, lo cual tal vez nos ahorrará la citada debacle final.

Insisto en el "tal vez" porque tampoco debemos adelantarnos a cantar victoria. Otros males nos acechan. Mil caras tienen las aves carroñeras, los bárbaros y nuestros travestidos de descamisados portadores del caos.

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