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Eduardo Goligorsky

La república que los parió

Lo que pretenden vendernos los detractores de la Monarquía no es una república como la francesa, sino un gemelo de las satrapías totalitarias que tienen repartidas por el mundo.

Eduardo Goligorsky
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Lo que pretenden vendernos los detractores de la Monarquía no es una república como la francesa, sino un gemelo de las satrapías totalitarias que tienen repartidas por el mundo.
Pablo Echenique y Pablo Iglesias | EFE

Desde 1931, cuando nací, hasta el año 1976, cuando emigré a España, viví en Argentina, un país cuya Constitución definía y sigue definiendo como "república". Sin embargo, solo durante dos breves lapsos (1958-1962 y 1963-1966) pude conocer una muy frágil versión democrática de ese sistema de gobierno, porque el resto del tiempo viví bajo el yugo de la demagogia autoritaria peronista o de feroces dictaduras militares. Lo único que no cambiaba era la denominación de "República" estampada en los documentos oficiales.

Apogeo del afecto

Esa triste experiencia personal no me inspiró animadversión a la forma republicana de gobierno. Sencillamente me enseñó a ser objetivo en mis juicios y a no dejarme engañar por los rótulos. Precisamente la degeneración del sistema en la mayoría de las sedicentes repúblicas latinoamericanas y africanas, y la perversión del término para aplicarlo a las metrópolis y satélites comunistas, aumentaron mi admiración por las auténticas repúblicas, como Estados Unidos, Francia y –¡milagro!– Uruguay.

Cuando llegué a España estaba predispuesto a adaptarme a una nueva experiencia vital. Ajeno a la rivalidad histórica y a los conflictos latentes entre España y el Reino Unido, trasladé a la Corona hispánica el afecto que cultivaba por la británica desde la Segunda Guerra Mundial. Este afecto se consolidó con el transcurso del tiempo y llegó a su apogeo cuando el rey Juan Carlos I frustró el golpe militar del 23-F de 1981 y cuando el rey Felipe VI pronunció su ejemplar discurso del 3-O (2017) en defensa del orden constitucional y de la integridad de España.

Felonía desenmascarada

A esta altura del fluir de los acontecimientos no debemos caer en la trampa de enzarzarnos en polémicas estériles sobre las virtudes y los defectos de los distintos modelos de república y de monarquía. Lo que pretenden vendernos los detractores de la Monarquía no es una república como la francesa –que ellos también aborrecen por su cohesión patriótica–, sino un gemelo de las satrapías totalitarias que tienen repartidas por el mundo.

Vayamos a los hechos y veamos las pruebas contundentes que desenmascaran su felonía. Mientras Pablo Iglesias y sus corifeos despotrican contra la Monarquía, relegándola al cajón de los anacronismos por su transmisión hereditaria, Nicolás Maduro, el dictador venezolano al que rinden pleitesía, ya está preparando a su hijo, Nicolasito, para que herede el trono presidencial. Lo va a parir una república. La república chavista.

Lo cuenta el corresponsal Robert Mur ("Nicolasito levanta el vuelo", suplemento ‘Vivir’, LV, 10/7). El delfín acaba de cumplir 30 años, "que celebró con una fiesta, burlando la cuarentena, lo que llevó a la detención de dos jefes policiales del distrito caraqueño de El Hatillo que intentaron hacer cumplir la ley ante las denuncias de los vecinos". Cuando tenía 23 años su padre lo nombró jefe de Inspectores Especiales de la Presidencia. Luego sumó la coordinación de la Escuela Nacional de Cine, a pesar de su desconocimiento del tema, hasta convertirse en director general de Delegaciones e Instrucciones Presidenciales de la Vicepresidencia (sic).

Nicolasito Maduro es vicepresidente de la Juventud del Partido Socialista Unificado de Venezuela y miembro de la Asamblea Nacional Constituyente, chiringuito chavista creado fraudulentamente para sustituir al Parlamento constitucional. El corresponsal Mur añade que el heredero presidió hace un mes una reunión de generales y que "otro mito –sin registro– son los negocios que Nicolasito hace con las mafias que explotan ilegalmente minas de oro en el estado de Bolívar". Y, por supuesto, tiene su propio programa de televisión, en el que entrevista a jerarcas del régimen.

Embrión de déspota

Algunas repúblicas son fecundas a la hora de parir herederos de sus dictadores. Los republicanos podemitas de origen argentino Gerardo Pisarello y Pablo Echenique son adictos a estos engendros criollos, con los que tejen alianzas espurias. Máximo Kirchner, hijo del matrimonio que se turnó en la depredación de Argentina (del 2003 al 2015), se entrena para continuar la obra de sus padres, completando la dinastía. Tiene 43 años, dejó truncos sus estudios de abogacía y periodismo y en el 2006 fundó La Cámpora, una rama juvenil del kirchnerismo bautizada en homenaje a un efímero presidente lacayo de Perón e idealizado por los Montoneros. A partir del 2015, Máximo es diputado nacional peronista y actualmente preside el bloque de estos legisladores en el Congreso. Es un servidor incondicional de su madre, Cristina Fernández de Kirchner, hoy vicepresidenta, y comparte con ella y con su hermana Florencia una imputación penal por asociación ilícita y lavado de dinero. Otro embrión de déspota sórdido parido por una república. Pisarello y Echenique lo apadrinan y le buscan un clon para su parodia de república española.

Ah, la república. Hace un año Nicolasito Maduro visitó al dictador de la República Popular Democrática de Corea del Norte, Kim Jong Un. Seguramente le preguntó cómo se opera el prodigio de que tres generaciones de una misma dinastía genocida accedan al poder en una república. Es el sueño húmedo de nuestros republicanos: enrocarse en una pseudorrepública que, preñada por la manada leninista en el torbellino del caos, cumpla su función de parir una sucesión ininterrumpida de herederos omnipotentes.

Valores humanistas

Dejemos que nuestros vándalos travestidos de revolucionarios desplieguen el mapa y elijan, para radicarse en ella, la república que los parió emocionalmente, donde les apetecerá vivir. Y cuidemos que no posen los viscosos tentáculos de su Leviatán nepotista y corrupto sobre nuestra civilizada Monarquía parlamentaria, que representa, paradójicamente, los valores humanistas más preciados de la Ilustración republicana. ¡Aleluya!

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