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Eduardo Goligorsky

Las razones de la paranoia

La paranoia vuelve a reinar por sus fueros en este mundo caótico.

Eduardo Goligorsky
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La paranoia vuelve a reinar por sus fueros en este mundo caótico.
EFE

Creo que fue el novelista Kurt Vonnegut quien dijo, en los años del macartismo, que ese era un buen momento para los paranoicos, porque cuando estos imaginaban que alguien los seguía ese alguien –un agente secreto– los estaba siguiendo realmente. La paranoia vuelve a reinar por sus fueros en este mundo caótico.

Controles y contrapesos

El presidente Donald Trump denuncia que sus propios espías lo espían. Asegura, en tuits y en ruedas de prensa, que lo amenaza una confabulación de periodistas adictos a poderes tenebrosos. Sus extravagancias y las de los miembros de su equipo alarman a los gobernantes de los países aliados de Estados Unidos y, con más razón, de los vecinos, y también a legisladores y figuras destacadas de su partido. Simultáneamente, 35 prestigiosos psiquiatras violan el código deontológico que les prohíbe formular diagnósticos sobre personas a las que no han tratado profesionalmente y divulgan a los cuatro vientos que Trump no está mentalmente capacitado para ejercer su cargo. ¡Bienvenida, paranoia!

Fenómenos patológicos

Siempre he manifestado mi admiración por Estados Unidos, un país donde afloran, de tiempo en tiempo, fenómenos patológicos que podrían corroer los cimientos de naciones menos provistas de defensas institucionales, pero que allí han sido neutralizados, hasta ahora, por el régimen de controles y contrapesos democráticos.

En su historia de la lucha que libró, "no sin honor", la sociedad estadounidense contra el comunismo –Not Without Honor (The Free Press, 1995)–, Richard Gid Powers nos recuerda cómo el senador Joseph McCarthy se ensañó, en el clímax de su paranoia, con el secretario de Guerra, el general George C. Marshall. Escribe Powers:

El 14 de junio de 1951 (…) McCarthy pronunció el discurso más insólito, más irresponsable, que jamás se había oído en la Cámara. En una arenga que duró tres horas, McCarthy acusó al general George C. Marshall –el comandante supremo de las fuerzas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, ex secretario de Estado y entonces secretario de Guerra– de ser un traidor que había actuado toda su vida al servicio de la Unión Soviética. (…) Fue el espectáculo más increíble, tan desmesuradamente inmundo que salpicaría a cualquiera que tuviera que rebajarse para responderle. Y sin embargo, en la atmósfera exageradamente sectaria de 1951, aunque la derecha republicana sabía que McCarthy había roto amarras con la cordura y con la realidad, tuvo que defenderlo como había hecho antes para no hacer causa común con la Administración Truman que detestaba.

Cuando el general Dwight D. Eisenhower sucedió en la presidencia a Harry S. Truman, frenó la embestida que, adelantándose a los planes de Trump, el senador ensoberbecido se proponía emprender contra la CIA. Entonces McCarthy anunció que iba a investigar al Ejército, empezando por la comparecencia del secretario del arma ante su comisión. Esa fue la traca final. Al ver que McCarthy maltrataba a sus generales como a los oficiales de Truman, a finales de febrero de 1954 "Eisenhower se hizo cargo personalmente de la campaña contra McCarthy". Republicanos y demócratas sellaron un acuerdo. Añade Powers:

Finalmente, acosado más allá de sus fuerzas, exhausto, sumido en la incoherencia etílica, McCarthy se dio por vencido. (…) El 2 de diciembre de 1954, el Senado destituyó a McCarthy por 67 votos contra 22.

Final de un paranoico.

Palurdos fanáticos

La sociedad plural estadounidense engendró más de un precursor de Trump, siempre con algún toque paranoico. El más pintoresco de ellos fue William Jennings Bryan, un locuaz demagogo que, a comienzos del siglo pasado, fue tres veces candidato a presidente por el Partido Demócrata, sin éxito, y se desempeñó como secretario de Estado de Woodrow Wilson. Bryan pasó a la historia como fiscal acusador en el caso Scopes, o Juicio del Mono, que se celebró en 1925 en una aldea de Tennessee contra John Scopes, un maestro que enseñaba la teoría de Darwin, prohibida en ese estado.

Henry Louis Mencken acudió al juicio como periodista y describió, con su habitual ironía, en un artículo que reproduje en la antología de este autor Prontuario de la estupidez humana (Alcor, 1992), la reacción esperpéntica de los palurdos fanáticos que jaleaban a Bryan. Hubo una versión teatral del juicio que Stanley Kramer llevó al cine con Frederich March en el papel de Bryan y Spencer Tracy en el del abogado defensor Clarence Darrow (La herencia del viento en España y Heredarás el viento en América Latina, 1960).

Guerra a México

Más próximo a la imagen de Trump y de cualquier otro populista chabacano de nuestro tiempo estuvo Huey Long, un político que inició su carrera en el Partido Demócrata, a la sombra de Franklin D. Roosevelt, para continuarla luego en un movimiento propio con el que aspiraba a competir por la presidencia contra su antiguo mentor. Fue senador por Luisiana y gobernador del mismo estado y seducía a las masas con un discurso muy radical. En él prometía aprobar fuertes aumentos de impuestos para distribuir la fortuna de los ricos entre las clases castigadas por la Gran Depresión, y destinó la mayor parte del presupuesto a fomentar el clientelismo y a incrementar las inversiones en obras públicas. Pero al mismo tiempo perseguía implacablemente a los sindicatos y sus dirigentes. Despotricaba contra la prensa e imponía multas a los periodistas opositores. Se enfrentaba a la justicia y destituía a los jueces que no le obedecían. El yerno de uno de ellos puso fin a su carrera en 1935 cuando le disparó un tiro en el abdomen y lo mató.

Nuevamente la ficción se convirtió en espejo de la realidad política. La aparición de la novela It Can´t Happen Here (1935; Eso no puede pasar aquí, Ediciones Antonio Machado, 2013), de Sinclair Lewis, coincidió con el asesinato de Long. En ella un demagogo –¡otro!– de evidente tendencia fascista gana la elección presidencial en Estados Unidos e impone gradualmente un régimen dictatorial. Organiza una milicia represora, crea campos de concentración para opositores y… ¡se prepara para declarar la guerra a México! La inevitable crisis económica genera el clima propicio para un golpe militar que culmina con el exilio del dictador.

Sinclair Lewis escribió la novela con la vista puesta en la carrera de Huey Long hacia la Casa Blanca y en la expansión de los regímenes totalitarios en Europa. Quiso ser preventivo y terminó siendo premonitorio.

Un agujero negro

La paranoia del fundamentalismo religioso, el fascismo autóctono y el macartismo alimentó la imaginación de creadores literarios y cinematográficos. Podría suceder lo mismo con la del trumpismo.

¿Por qué no inspirarse en el argumento de la novela The Manchurian Candidate de Richard Condon, que John Frankenheimer trasladó al celuloide (El candidato del miedo, en España, 1965) con Frank Sinatra, Lawrence Harvey, Janet Leigh y Angela Lansbury en los papeles estelares? Harvey es un héroe de la guerra de Corea, condecorado, que mientras estuvo prisionero en China fue sometido a un lavado de cerebro que lo convirtió en un asesino latente. Estimulado por su ambiciosa madre, Lansbury, debe matar al candidato a presidente para que lo sustituya el candidato a vice, otro títere de los comunistas, que además es su padrastro. Sinatra, que estuvo prisionero junto a Harvey, descubre la conspiración pero nadie le cree y lo tildan de paranoico. No cuento el desenlace porque no soy un end spoiler, un arruinador de finales.

¿Y cómo se combina esta complicada trama con el caso Trump para montar una ficción creíble, con la paranoia en primer plano? Muy sencillo. Les cedo el argumento sin cargo. En la vida de Donald Trump hay un agujero negro: aquella noche del año 2013 en que, según un espía inglés, participó en una orgía con prostitutas filmada, en un hotel de Moscú, por los servicios de inteligencia rusos. Bastaría cambiar la fugaz operación de chantaje por otra de lavado de cerebro, en la que se emplearon medios mucho más sofisticados que los de aquellos chinos de la película vintage, para inculcarle lo que el psiquiatra estadounidense Robert Jay Lifton llamó "reforma del pensamiento" (ver Totalismo, de Miquel Porta Perales). El resultado, en la ficción, sería un presidente de Estados Unidos desquiciado que, obedeciendo las instrucciones subliminales del dictador de Rusia, declara la guerra a sus servicios de inteligencia, a la justicia, a los medios de comunicación y a las restantes instituciones sociales y políticas de su país, dejándolo a merced de su tradicional enemigo.

¿Pura paranoia? Cierto. Pero, parafraseando a Pascal, la paranoia tiene razones que la razón no conoce.

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