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Peores que los nacionalistas

El conglomerado chavileninista se propone crear, a través del Ministerio de Plurinacionalidad, tantas Formaciones del Espíritu Nacional como CCAA existen.

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Los nacionalistas enquistados en algunas parcelas del territorio español se obstinan, cíclicamente, en estimular los más arcaicos instintos tribales de quienes habitan en su entorno, alimentándolos con reliquias torticeramente manipuladas de su historia y su cultura, para inculcarles sentimientos de superioridad respecto de sus compatriotas y desconectarlos de ellos. Mientras los nacionalistas con Estado propio movilizan estos mismos instintos para rivalizar con sus vecinos, fomentando el chauvinismo y el irredentismo sin que los detenga el riesgo de provocar guerras, los nacionalistas de dimensión regional se conforman con romper vínculos seculares de convivencia material y sentimental.

Ministerio de Plurinacionalidad

Todas estas recaídas en etapas superadas de la evolución social e intelectual son aborrecibles. Pero ahora tropezamos con algo peor: la pretensión de implantar en toda España, con marchamo institucional, los vicios rupturistas que hasta este momento se hallaban circunscriptos a muy pocas comunidades autónomas. Los ideólogos chavileninistas de Podemos proponen la creación de un Ministerio de Plurinacionalidad, que les serviría de instrumento para oprimir, a la manera soviética, una España oficialmente fragmentada en mil pedazos. Pablo Iglesias incluyó este mamarracho en el programa que le ofreció al claudicante Pedro Sánchez para conchabarlo como mascota pintoresca de su frente popular. Lo analiza María Dolores García ("La plurinacionalidad de Podemos", LV, 24/1):

Podemos habla sin complejos de plurinacionalidad y hasta improvisa un ministerio con tal nombre. Iglesias, pero sobre todo Íñigo Errejón, lanzaron una operación periferia inédita en la política española que les ha propulsado hasta casi engullir al histórico PSOE.

Nada menos que un Ministerio de Plurinacionalidad, como si no tuviéramos bastante con las trajinadas "nacionalidades históricas". Y la cartera ya tiene titular, en el esquema podemita: Xavier Domènech, diputado de En Comú Podem. Porque, no nos engañemos, la presa más codiciada en esta etapa del asalto al poder es Cataluña, y las armas para capturarla parecen estar en manos de quienes, como Domènech, actúan subordinados a la alcaldéspota Ada Colau.

De todas maneras, la consigna de la plurinacionalidad no desentona con la retórica tercermundista del populismo en alza. Uno de sus referentes, el presidente cocalero Evo Morales, ratificó en la Constitución boliviana la existencia intocable de sesenta nacionalidades con sus respectivas lenguas, leyes y costumbres. Antes a esas nacionalidades las llamaban "tribus indígenas". Aquí sacan de la chistera la plurinacionalidad. En todos los casos, son argucias de embaucadores retrógrados disfrazados de progresistas, que utilizan mitos identitarios para perpetuarse en el poder.

Iniciativa cínica

El primer recurso táctico que desempolvaron Podemos y sus franquicias para introducirse en el coto del secesionismo catalán ha sido el referéndum de la independencia. Este ha vuelto a suscitar controversias que parecían superadas.

Albert Branchadell recordó ("Referendos de soberanía", El País, 21/1) que "el 9 de enero, horas antes de conocerse la operación Puigdemont, un prestigioso diario procesista" (La Vanguardia, obviamente) reconocía en su editorial que la "extraordinaria mayoría independentista" (sic) del 27-S no era suficiente. A continuación, Branchadell se atrevió a tildar de "intelectuales orgánicos" a Francesc-Marc Álvaro y Salvador Cardús, que en el mismo diario habían sostenido que el 48 % era "insuficiente para saltar la pared" y que no se debía sobredimensionar "la fuerza real del soberanismo". La conclusión de Branchadell: el referéndum cuenta con el apoyo de la mayoría, la independencia no. ¿Habrá que celebrar entonces un referéndum para decidir si se celebra un referéndum y así hasta el infinito? Por esa vía ideada para usufructuar la crispación permanente transita la iniciativa cínica de Podemos. Mucho referéndum y ninguna racionalidad. Xavier Domènech, el subordinado de Iglesias y Colau, insiste (El País, 26/1) en que el referéndum es irrenunciable.

Otro intelectual orgánico

Josep Ramoneda, transformado en otro intelectual orgánico después de haber hecho en el pasado fecundos y lúcidos aportes al pensamiento del humanismo liberal, no se enreda en especulaciones pedestres sobre porcentajes o referéndums y opta por suministrar bases teóricas al Ministerio de Plurinacionalidad con una lucubración solemne contra el estigmatizado nacionalismo español ("Independencia y antinacionalismo", El País, 9/1). A su juicio, "la hegemonía ideológica del nacionalismo parece normal si se trata de España", que tiene Estado, y "el nacionalismo de los que no tienen Estado es subversivo porque pone en evidencia el nacionalismo de los que sí lo tienen y amenaza su poder". Corolario:

Y cuando PP, PSOE y Ciudadanos coinciden en una de las llamadas líneas rojas: ninguna concesión al soberanismo catalán, ¿hay alguna duda del carácter hegemónico del nacionalismo español como ideología de defensa de la unidad del Estado, es decir, de un determinado reparto del poder?

Es lamentable que Ramoneda confunda el afán de preservar la solidaridad entre conciudadanos unidos históricamente por vínculos materiales y sentimentales con la vigencia de un nacionalismo hegemónico. En Francia lo tienen claro: el nacionalismo hegemónico es el que desde la tribuna lepenista despotrica contra el resto de Europa y el mundo, mientras los herederos de la Ilustración se oponen a las fobias rupturistas de normandos, bretones, alsacianos o corsos. Allí no hay espacio para un Ministerio de Plurinacionalidad. Nada mejor, empero, para refutar al Ramoneda transformado en intelectual orgánico que rescatar de la hemeroteca al Ramoneda humanista liberal que escribió, premonitoriamente ("Fausto y Mefisto", LV, 6/11/1990):

El manual de recatalanización para uso convergente que ha pasado de los despachos del partido gobernante a los medios de comunicación es un episodio más del uso político de ideas abstractas para lanzarse con toda impunidad a la conquista de la sociedad civil. (…) La realidad es que bajo el palio sonrosado de la luz nacionalista aparece una estrategia fundada en la discriminación, el control y la vigilancia, mucho más allá de lo que son los ámbitos naturales de la acción democrática. Se recluta un ejército de "gente nacionalista", al que se encargan tareas tan diversas como controlar instituciones financieras, copar puestos de responsabilidad en universidades y medios de comunicación, velar por la composición de los tribunales de oposición, en fin, educar al país (…) en lo que de acuerdo con el repetitivo discurso convergente constituye el "espíritu catalán". Cuando a los pueblos se les descubre espíritu, ya se sabe que todo está permitido en su nombre.

El humanista liberal había denunciado hace un cuarto de siglo la política hegemónica del nacionalismo impregnado de "espíritu catalán", lo que hace más chocante que ahora argumente, en el artículo arriba citado, escrito en su etapa de converso:

La presunta hegemonía del soberanismo en Cataluña tiene mucho de mito. Si "el ejercicio de hegemonía" hubiese sido tan eficaz, en este momento el independentismo no estaría peleando por la investidura porque dispondría de una amplísima mayoría absoluta. Se olvida, por ejemplo, que la audiencia de TV3 está en torno a un 13%, es decir, que la abrumadora mayoría está en manos de las cadenas españolas y que sólo dos de los diarios que se publican en Barcelona pueden situarse en el área independentista.

Desguazada y oprimida

Si la investidura carece de una abrumadora mayoría absoluta no es porque los secesionistas no exploten la hegemonía que Ramoneda denunció hace un cuarto de siglo, sino porque la sociedad catalana es lo suficientemente culta y cosmopolita para no comulgar con las ruedas de molino identitarias. ¡Hay dos millones de votantes secesionistas sobre 5.500.000 inscriptos en el censo electoral! El 36%. En cuanto al lavado de cerebro, no lo practican sólo los medios de comunicación -que también-, sino, sobre todo y precozmente, el sistema de enseñanza consagrado a la Formación del Espíritu Nacional secesionista. El mismo Ramoneda se jactó de ello, ya en su etapa de intelectual orgánico ("Cataluña cambia de escenario", El País, 12/9/2012):

Las nuevas generaciones no tienen nada que ver con las generaciones de la Transición. Carecen de los miedos, las complicidades y los prejuicios que teníamos nosotros. Han sido formadas en la escuela catalana, con unos referentes culturales muy distintos y han asumido con naturalidad la condición de Cataluña como país. Los hijos de quienes llegaron a Cataluña desde el resto nacieron aquí y tienen unos parámetros sentimentales muy distintos. Por eso el independentismo ha crecido en transversalidad social y cultural.

El conglomerado chavileninista se propone crear, a través del Ministerio de Plurinacionalidad, tantas Formaciones del Espíritu Nacional como comunidades autónomas existen, con el modelo catalán muy presente. No para fomentar su economía o su cultura sino para imponer en todas ellas la hegemonía del partido único. ¿Se acuerdan de la Unión Soviética, cuántas ilusiones despertó, y cómo terminó, desguazada y oprimida por las oligarquías mafiosas? Pues eso.

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