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Eduardo Goligorsky

Perdón, Plácido Domingo

A quien habrá que pedir perdón, una vez más, por los agravios que le infieren los difamadores profesionales de ambos sexos es a Plácido Domingo.

Eduardo Goligorsky
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A quien habrá que pedir perdón, una vez más, por los agravios que le infieren los difamadores profesionales de ambos sexos es a Plácido Domingo.
Plácido Domingo, en un ensayo de 'Nabucco' | EFE

Lo han cazado. Por fin las y los hipócritas pueden exhibir el trofeo más codiciado: Plácido Domingo. Empezaron con un puñado de denuncias -todas menos una anónimas- de mujeres que decían haber sido víctimas de abusos sexuales cometidos en los años 80 y 90 del siglo pasado. Todas aludían a tocamientos, besos robados e invitaciones a encuentros fuera de los lugares de trabajo. Solo una confesó haber tenido relaciones sexuales con el tenor y argumentó que lo había hecho por miedo a perder su empleo. Pobre excusa que convertiría en burdeles potenciales todos los lugares de trabajo. Si en estos se entablan relaciones clandestinas es, casi siempre, por tentaciones hormonales.

En ningún caso se acusó a Domingo de violencia física. Mejor dicho, nunca se lo acusó de nada en los tribunales de justicia en todos los años transcurridos desde entonces. Su legajo estaba y está limpio como una patena.

Sainete de las valquirias

Sí, es cierto que Domingo tenía fama de donjuán. Opinó la soprano Ainhoa Arteta: "Un señor al que le pueden gustar las mujeres. ¿Y qué hay de malo en eso? ¿A cuántos hombres les gustan las mujeres? Antiguamente esto se llamaba ligar, si es que se le llama de alguna manera".

Pero Plácido Domingo negó haber incurrido en coacciones, explicó que había actuado ateniéndose a las normas de conducta que regían en aquella época y se mostró dolorido "por haber molestado a alguien o hacerla sentir incómoda". Nada semejante a la indecencia con que Von Karajan perseguía a las chicas de la orquesta y Leonard Bernstein y Jimmy Levine a los músicos guapos, como recordó el cáustico "Incitatus" (Luis Algorri) en "Plácido", Vozpópuli, 17/8/2019. Un artículo donde el columnista evoca con humor algunos devaneos galantes de Domingo, de los que fue testigo, siempre en un ambiente festivo compartido por las implicadas.

Me ocupé del caso en "El festín de las y los hipócritas" (LD, 23/8/2019) y di por cerrado el tema. Pero volvemos a las andadas. Y no faltan quienes nos exigen a quienes entonces no nos dejamos engatusar por el sainete de las valquirias andrófobas que pidamos disculpas por nuestro atrevimiento. ¡Se equivocan de partitura! A quien habrá que pedir perdón, una vez más, por los agravios que le infieren los difamadores profesionales de ambos sexos (o géneros, si lo prefieren), es a Plácido Domingo.

Bon vivant mujeriego

La primera andanada de denuncias anónimas la disparó, sin pruebas, la agencia de noticias Associated Press. Ahora, ha sido el sindicato de artistas musicales de Estados Unidos (American Guild of Musical Artists, o AGMA) el que ha difundido el resultado de la investigación que dice haber iniciado hace medio año y que "ha confirmado con más de dos docenas de personas afectadas y testimonios que el tenor tuvo 'un comportamiento inapropiado' en el transcurso de su carrera, que va desde el flirteo a insinuaciones sexuales tanto dentro como fuera del lugar de trabajo" (LV, 26/2).

¿Comportamiento inadecuado? ¿Flirteo? ¿Insinuaciones sexuales? Un alegato infamante cubierto por el manto del anonimato y sin ninguna prueba concreta de actos violentos o punibles. Nuevamente Plácido Domingo, el bon vivant mujeriego, ha pedido disculpas a quienes pudieran haberse sentido ofendidas por algunas iniciativas de dudosa interpretación, e insistió en que "nunca me he comportado agresivamente con nadie, y jamás he hecho nada para obstruir o perjudicar la carrera de nadie. Al contrario, he dedicado gran parte del medio siglo en el mundo de la ópera a apoyar la industria y promover la carrera de un sinnúmero de cantantes".

Campaña difamatoria

Sintomáticamente, las brigadas de la corrección política acogieron con entusiasmo la oportunidad de volver a ensañarse con una figura pública ajena a su rebaño y montaron el consabido escándalo. Dieron por buenas las conclusiones imprecisas de la investigación sin investigar a los investigadores. Guadalupe Sánchez sí lo hizo ("Plácido Domingo y la duda razonable", Vozpópuli, 28/2), y nos desayunamos con la sorpresa de que el sindicato de artistas musicales de EEUU tiene vínculos económicos con la Iglesia de la Cienciología.

Esta controvertida secta, con rituales pretendidamente psicoterapéuticos, especializada en la captación de personajes famosos como Tom Cruise y John Travolta, reclutó a dos hijos de Plácido Domingo, quien entabló con ella una dura batalla legal de la que también se ocupó "Incitatus" en el artículo arriba mencionado. Domingo consiguió rescatar a uno de sus hijos a cambio de una fortuna, pero el otro continúa abducido. El odio exacerbado que el tenor inspira a la secta se refleja en esta campaña difamatoria emprendida por el sindicato afín.

Vergüenza ajena

Produce vergüenza ajena la rapidez con que prestigiosas entidades culturales públicas y privadas, empezando por el ministerio español del ramo, se dejaron embaucar por esta avalancha de imputaciones inconsistentes, hasta el punto de cancelar conciertos y descolgar placas de homenaje. Una patochada que clama al cielo es la del patronato del Palau de les Arts de Valencia, que decidió retirar el nombre de Plácido Domingo del Centro de Perfeccionamiento que él mismo creó. La noticia aparece bajo un titular denigrante que pretende ser ingenioso y es digno de la peor prensa amarilla: "El ocaso del dios Plácido" (LV, 28/2). La vicepresidenta del Consell valenciano y consejera de Igualdad, Mónica Oltra, justificó esta barrabasada diciendo: "La calidad profesional debe ir también ligada a la ejemplaridad humana". Plácido Domingo, a su juicio, "no es un ejemplo a seguir para nadie, por muy bien que cante ópera".

Con este criterio puritano habría que quitar al aeropuerto John F. Kennedy el nombre de aquel presidente, putero incorregible, compinchado con los cachondos del clan Sinatra, y al museo Pompidou el de aquel otro presidente rijoso al que el guardaespaldas proxeneta de Alain Delon surtía de carne joven. Cuidando que no se proyecten películas del libertino Charlot y no se exhiban cuadros del asesino Caravaggio.

El martillo implacable de pecadores fray Girolamo Savonarola (1452-1498) nunca imaginó que sus más rigurosas discípulas serían las feministas radicales del siglo XXI.

Le pedimos perdón, Plácido Domingo, por no haber podido rescatarle a tiempo del patíbulo simbólico de estas inquisidoras. Y de paso se lo pedimos también -¿por qué no?- al afortunadamente incombustible Roman Polanski.

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