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Eduardo Goligorsky

Sonrisas que dan miedo

A la mayoría –el 64 por ciento del censo– nos quieren dar miedo por lo que pensamos sobre la unidad del Reino de España y por lo que hacemos para preservarla.

Eduardo Goligorsky
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A la mayoría –el 64 por ciento del censo– nos quieren dar miedo por lo que pensamos sobre la unidad del Reino de España y por lo que hacemos para preservarla.
Disturbios en Barcelona (mayo de 2016) | EFE

Los amigos me preguntan por qué, últimamente, en la mayoría de mis artículos reproduzco la amenaza de Carles Puigdemont: "Damos miedo, y más que daremos". Contesto que desde mi infancia he vivido traumatizado por los repartidores de miedo. Tanto que ahora, cuando un líder político se despoja de las inhibiciones con que habitualmente oculta sus peores instintos y promete infundirlo a sus adversarios, me convenzo de que esta intimidación debería convertirse en el eje central de la controversia. Si se lo acusa de desobediencia, de prevaricación y malversación, sobran motivos para incriminarlo por dar miedo. El artículo 150 del nuevo Código Penal que sanciona la incitación al odio y castiga la homofobia debería aplicarse con igual o más rigor a la hispanofobia.

Nazifascismo criollo

El trauma que me desvela no me sobrevino en el ámbito doméstico, donde mis padres, gente culta, supieron inculcarme la disciplina y el respeto con razonamientos amables y alguna colleja muy merecida, sin asustarme jamás con el hombre del saco ni con ficciones sobrenaturales. Si el miedo me traumatizó fue porque impregnaba, ubicuo, el ambiente exterior a la burbuja hogareña.

Cuando estalló la guerra incivil española tenía 5 años, así que era todavía demasiado tierno para entender que una de las armas que se empleaban en ella era el miedo. Lo explotaban Franco y Largo Caballero, José Antonio y la Pasionaria, Millán-Astray y Durruti, Queipo del Llano y Líster. Pero cuando cumplí 8 años estalló la Segunda Guerra Mundial y ya pude captar las emanaciones de miedo que se desprendían de Hitler, Mussolini y el emperador Hirohito. Estaban presentes en las conversaciones, en los diarios y en la revista En Guardia, del Servicio de Informaciones de Estados Unidos, que recibíamos puntualmente. Mi madre y sus amigas tejían ropa de abrigo para las tropas aliadas en los Clubes de la Victoria. Contra los que daban miedo.

En aquella etapa de mi infancia el miedo lo contaminaba todo. Con el añadido de que en el primer tramo del peronismo asistimos a la tentativa de imponer en Argentina una versión criolla del nazifascismo. Bandas de sicarios nazionalistas uniformados con gabardinas de estilo trinchera tiroteaban las manifestaciones democráticas dejando un tendal de muertos, al grito de "¡Patria sí, colonia no!"; y el sistema educativo quedó en manos de un cavernícola contumaz que recurría en vano al miedo para adoctrinarnos. Como revancha, los aliadófilos divulgábamos listas negras de tiendas, centros culturales y lugares de veraneo pronazis y boicoteábamos a los que daban miedo.

Para no aburrir con mis tribulaciones personales, me limitaré a señalar que mi trauma se reforzó cuando las dictaduras posteriores de los generales Onganía y Videla repartieron miedo a raudales, compitiendo por el premio a la barbarie con sus rivales terroristas y guerrilleros que hoy están en los altares de la escoria kirchnerista.

Estrategia trapacera

Sería, empero, un pecado de egocentrismo atribuir mi miedo exclusivamente a mis vivencias traumáticas personales. Al terminar la guerra, las personas con sensibilidad democrática tomaron –tomamos– conciencia, más temprano o más tarde, de que el régimen comunista irradiaba miedo hacia los cuatro puntos cardinales. El fenómeno venía de lejos, de 1917, pero en 1945 el tratado de Yalta lo extendió por media Europa, con China en la retaguardia. Lenin y Trotski al principio, y Stalin, Mao, Ceaucescu, Pol Pot, Castro, después, dieron miedo. Y más que siguen dando Kim Jong Un y Maduro.

Reconozcamos, como consuelo, que nuestros mediocres dadores de miedo palidecen al lado de estos monstruos. Pero si se jactan de dar miedo, y prometen aumentar la dosis, tampoco podemos descuidar las defensas. Cuenta Marius Carol ("Relatos", LV, 11/9) que un dirigente soberanista le confió: "Nosotros proponemos la felicidad y ellos, el miedo, por lo que somos imbatibles". Los hechos han dejado al desnudo las miserias de esta estrategia trapacera. Idéntica a la que empleó Francesc-Marc Álvaro al tergiversar el clima social que rodea al "Damos miedo" ("Un Ulster catalán", LV, 14/9):

La realidad es tozuda. En Catalunya no se ha roto la convivencia, lo cual es algo de lo que todos -pensemos lo que pensemos- debemos felicitarnos sinceramente.

Pero a la mayoría –el 64 por ciento del censo– nos quieren dar miedo por lo que pensamos sobre la unidad del Reino de España y por lo que hacemos para preservarla. Esta es la realidad tozuda

Revolucionarios coprófilos

Lo denuncia José Antonio Zarzalejos ("La CUP, la kale borroka y la revolución de las sonrisas", El Confidencial, 1/8):

En Cataluña se está gestando un ambiente que nada tiene que ver con la llamada "revolución de las sonrisas" que, se decía, caracterizaba al proceso soberanista. Ahora allí hay hosquedad, desconfianza y miedo.

Sí, y miedo. A continuación, Zarzalejos reproduce la invectiva de Puigdemont que no me canso de definir como marca registrada del proceso: "Damos miedo, y más que daremos". Tan parecido, dicho sea se paso, a aquel "Haré tronar el escarmiento" que vociferó Perón, y al "Vamos por todo" de la cleptócrata Cristina de Kirchner. Miedo y más miedo. ¿Dónde queda la felicidad que, según le dijo el dirigente secesionista a Marius Carol, prometen estos trileros? ¿En las barrabasadas de la CUP y sus compinches, cuya única obsesión consiste en dejarnos impotentes, fuera de las fronteras defensivas del Reino de España y de Europa, en la guerra contra los asesinos yihadistas?

Vaya si se justifica el miedo. Sobre todo cuando nos enteramos de que hubo quienes apostataron de Hipercor y aclamaron en la Diada a Arnaldo Otegi, previamente homenajeado en el Parlament y en TV3 como "hombre de paz". ¿Qué virtudes le encontrarán dentro de unos años al imán de Ripoll estos revolucionarios coprófilos (para entendernos: adictos a la mierda)? La CUP ya lo considera víctima, junto a sus cómplices, de una "ejecución extrajudicial" ("De gratitudes y desvaríos", suplemento "Vivir", LV, 8/9). ¿Existen en Cataluña personas con una patología similar a la de las desquiciadas que le escribían cartas de amor al asesino satánico Charles Manson, preso a perpetuidad en la cárcel californiana de Corcoran? ¿O son clones de la chusma mexicana que corea narcocorridos glorificando a los mafiosos de la droga?

La voz del amo

Cuando acoplo el mantra de "la revolución de las sonrisas" a la muy verídica amenaza de "Damos miedo, y más que daremos", evoco el cartel de bienvenida, en apariencia sonriente y en realidad necrófilo, que coronaba la entrada de los campos de exterminio nazis: Arbeit macht frei("El trabajo hace libres"). Hay sonrisas que dan miedo.

Ahora, Carles Puigdemont –"presidente de algunos catalanes", como lo definió Arturo San Agustín ("La alcaldesa audaz", suplemento "Quién", LV, 16/9)–, enrocado en la estrategia del miedo, convoca a los amotinados para que se hagan dueños de las calles. Le reprocha un editorial ("Convivencia", LV, 12/9):

El presidente de la Generalitat, primera autoridad de Catalunya, nunca debería haber efectuado el pasado viernes un llamamiento público a que el pueblo soberanista se encare con los alcaldes que no quieren colaborar con la iniciativa del referéndum. Ese tipo de llamamientos son inaceptables.

Son inaceptables, sobre todo, porque los esbirros se apresuraron a obedecer la voz del amo y escracharon a los alcaldes respetuosos de la ley, insultándolos, invitándolos a emigrar y amenazándolos con "darles una buena paliza" e incluso con "fusilarlos" ("La connivencia de Colau con el independentismo irrita al PSC. Los socialistas llevan a la Fiscalía las amenazas recibidas por sus alcaldes", LV, 17/9). Así es la convivencia que según Francesc-Marc Álvaro no se ha roto en Cataluña. Apuntalada con barras de miedo.

Impertérrito, Álvaro sostiene ("Nuevo y viejo ante el 1-O", LV, 18/9) que el constitucionalismo es lo viejo y el secesionismo lo nuevo. Nada más viejo que la ley de la selva que el poder secesionista aplica a los alcaldes constitucionalistas y a la oposición democrática, y que no hace mucho tiempo fue el instrumento favorito de nazis, fascistas, franquistas y, todavía hoy, comunistas y afines. Añade Álvaro: "Y por eso es tan valiosa la foto de Colau con Puigdemont". La selva los cría y ellos se juntan.

Vocación suicida

En 1934, Lluís Companys, presidente de la Generalitat, dio miedo sublevándose contra la República. La República lo metió preso. En 1936, Lluís Companys, recuperada la poltrona, dio miedo cuando permitió que hordas de vándalos, a los que después tildó falazmente de "incontrolados", iniciaran la matanza de burgueses, eclesiásticos y camaradas heterodoxos. Si la emblemática burguesía catalana no siente miedo al recordar la suerte que corrieron sus abuelos, y no busca el amparo del orden constitucional vigente en todo el Reino de España, habrá que pensar que tiene, individual y colectivamente, vocación suicida.

¿El antídoto contra los déspotas portadores del miedo y sus huestes? Repito otra exhortación reiterada en casi todos mis artículos recientes: urnas legales para elegir parlamentarios catalanes que no se subleven contra el Estatut, la Constitución española y la legislación internacional, como lo hace la mayoría fraudulenta cocinada con el 47,80% de los votos. Y los que dan miedo, barridos al basurero de la Historia.

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