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Elías Cohen

Por qué España no es país para 'think-tanks'

Los efectos de aproximarnos al modelo americano serían muy beneficiosos para la sociedad... y para el propio Estado.

Elías Cohen
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Los efectos de aproximarnos al modelo americano serían muy beneficiosos para la sociedad... y para el propio Estado.

Rafael Bardají escribía hace un tiempo sobre las razones por las que España no es un país propicio para la proliferación de think-tanks o centros de pensamiento político. Entre ellas, mencionaba un "marco legal que dificulta sobremanera la filantropía y el desinterés de una élites acomodadas en la mentalidad de una nanopotencia".

Efectivamente, el hecho de que en España las desgravaciones fiscales por donaciones a organizaciones sin ánimo de lucro lleguen, como máximo y si se cumplen otras condiciones, al 35% para personas físicas y al 40% para sociedades –exceptuando el 75% a personas físicas para donaciones inferiores a 150 euros– hacen que el non profit (sin ánimo de lucro) no sea un verdadero sector económico como sí lo es, por ejemplo, en EEUU, donde existe una desgravación del 100% por donaciones para la mayoría de este tipo de organizaciones no lucrativas.

Losdatos que nos vienen desde el otro lado del Atlántico son reveladores. El sector del non profit (que aglutina no sólo a think tanks, sino a la inmensa mayoría de organizaciones sin ánimo de lucro que tienen un objeto social, desde ayudar a los pobres hasta luchar contra el cambio climático) ofrece unas cifras dignas de consideración, sobre todo por todos aquellos responsables políticos que quieren promover políticas activas de empleo (y que podrían llevar a cabo cosas interesantes sin aumentar la carga impositiva). La aportación del sector non profit al PIB en EE UU es del 5,5%, emplea a unos 14 millones de personas y paga en salarios la friolera de 576.900 millones de dólares. En 2012 se contaban 1,56 millones de organizaciones sin ánimo de lucro (en 2.014, 1.989 think-tanks).

La lógica es sencilla y obedece profundamente a los valores de una sociedad activa, cuidadosa y solidaria –aunque en el imaginario europeo creamos que EEUU es un país de pistoleros egoístas–. El donante siempre está más cómodo aportando el dinero de su trabajo y de su esfuerzo a proyectos e iniciativas concretas, no a una caja común, que es adonde van los impuestos; es decir, el donante controla el destino de su dinero, y elige la causa que es más acorde a sus ideales. También, por su posición de donante, es tratado de forma más personal y recibe información pormenorizada por parte de la organización a la que dona. Si observa algo que no le gusta, no da más dinero, y si la organización se dedica no ya a emplearlo en proyectos fallidos, sino a enriquecerse, la exigencia de responsabilidades es más directa y tiene unas consecuencias más inmediatas que si se tratara de un escándalo de corrupción política.

Además de ser un sector económico importante en términos de creación de empleo, el non profit también sirve para adelgazar el peso del Estado, como sucede en Israel. Allí se está ocupando, con la monitorización pública adecuada, de cubrir muchos servicios de la sociedad de bienestar que el Estado ha prestado históricamente. En Israel, el Estado sigue prestando esos servicios básicos, pero al mismo tiempo los ha ido deslocalizando parcialmente, para que eseespacio lo ocupen las non profit; hablamos de ámbitos como el de la ayuda a los pobres, el de la asistencia legal gratuita, el de la investigación médica, el de la educación especial o el de la ayuda a niños enfermos. Aunque las deducciones fiscales por donaciones a organizaciones sin ánimo de lucro son muy similares a las españolas, existe unaregulación especial para aplicar una deducción completa a los donantes americanos que donen a organizaciones israelíes que cumplan los mismos requisitos que todas aquellas organizaciones sin ánimo de lucro que tienen una deducción del cien por cien en EE UU; normativa que ha favorecido que el sector del non profit en Israel siga creciendo: actualmente hay más de 45.000 organizaciones sin ánimo de lucro.

En España, en cambio, la subvención ha creado, en la mayoría de los casos, un clientelismo político del que dependen los proyectos y la viabilidad de las propias organizaciones –especialmente si son think-tanks–. El éxito, pues, no depende tanto de si las ideas son innovadoras o de su aporte social, sino del arbitrio del responsable político de turno.

Subir el porcentaje de las desgravaciones por donaciones a organizaciones no lucrativas tendría, a priori, con una regulación meditada y una fiscalización efectiva, y siguiendo el ejemplo americano, un efecto positivo. Crearía riqueza, puestos de trabajo y nuevos proyectos –políticos, sociales, religiosos o medioambientales–, que serían útiles para la sociedad, ya que los individuos que los promoviesen con su dinero los evaluarían mediante su apoyo o rechazo directo. Muchas organizaciones no lucrativas podrían innovar, reconvertirse, ofrecer nuevos servicios, desembarazarse de las subvenciones y, sobre todo, atraer más fondos; pero atraer a un donante es mucho más difícil que conseguir una subvención, razón por la cual quizá prefiramos el modelo actual.

Por último, pero no menos importante: los que piensen que el Estado dejaría de ingresar dinero tienen que saber que el donante seguiría aportando al erario con otros impuestos (IVA, Sociedades, IBI, etc), que el gasto público disminuiría con la retirada de multitud de subvenciones –y podría centrarse en lo que más nos preocupa, en especial, sanidad y educación– y que, por supuesto, la creación de empleo traería más consumo (más IVA y más Sociedades) y más cotizaciones (IRPF, Seguridad Social, etc).

Grosso modo, y sin entrar en las otras razones bien esgrimidas por Bardají, si queremos un país para think-tanks tenemos primero que cambiar algunos temas tributarios y fomentar la filantropía.

En España

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