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¡Elecciones, ya!

Por eso hacen falta elecciones, porque de ellas tiene que salir un Gobierno y un presidente decididos a coger el toro por los cuernos, que no sueñen con una recuperación económica imposible, sino que trabajen para que ésta se produzca.

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La economía española se encuentra al borde del abismo. La Bolsa ha empezado a desplomarse y el diferencial de tipos de interés con Alemania no para de crecer. Ya comienza a haber grandes fondos de inversión y de pensiones que venden todos sus títulos de deuda pública. Por todas partes le llueven las críticas al Gobierno español, mientras Zapatero mira hacia otra parte. De aquí a que los inversores se lancen a vender en masa sus activos españoles, sobre todo de renta fija, queda muy poco. Posiblemente estamos en la antesala de una crisis de deuda, por así decirlo, que dispararía los tipos de interés y haría imposible la financiación tanto del déficit como del conjunto de la economía española. Sólo falta que salte una pequeña chispa para que la catástrofe se extienda como un reguero de pólvora. Y, mientras tanto, el paro sigue creciendo a ritmos de infarto. En resumen, el país está al borde del abismo y los mercados empiezan a percibirlo. ¿Por qué ahora?

Algunos de ustedes pensarán que con Zapatero como presidente de la Unión Europea, paseándose a lo largo y ancho del mundo y regalando a su auditorio con sus ocurrencias, por fin se han dado cuenta más allá de los Pirineos de lo que tenemos aquí. Algo de razón hay, pero el problema principal es que en marzo terminan las facilidades de financiación del Banco Central Europeo y, a partir de ese momento, muchas entidades crediticias se las van a ver y se las van a desear para conseguir recursos, para seguir refinanciado a los promotores inmobiliarios en situación difícil y para seguir comprando la deuda pública que el Gobierno está emitiendo a mansalva. Es decir, que podemos estar a las puertas de una segunda oleada de la crisis que desembocaría, entre otras cosas, en algo tan vergonzoso como la suspensión de pagos del reino de España. Lógicamente, los mercados se están poniendo de los nervios. ¿Y qué hace el Gobierno al respecto? Nada de nada.

A estas alturas, el Ejecutivo tendría que haber anunciado un verdadero plan de recorte del gasto público y de reducción del déficit presupuestario, especificando dónde y cómo va a meter la tijera, que fuera también de obligado cumplimiento para las autonomías. Lejos de ello, el Gabinete se ha limitado a decir que reducirá los pagos del Estado en 50.000 millones, recortando el gasto corriente y las inversiones, sin especificar nada más. Por supuesto, los mercados no se lo han creído, porque ya saben cómo es Zapatero. Se podría pensar que la reforma de la Seguridad Social en la que estos días trabaja el Gobierno viene motivada por esas necesidades de ajuste. Nada más lejos de la realidad. Si se habla de ello es porque las cuentas del sistema de pensiones ya están en déficit, el cual empieza a comerse el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, y al Ejecutivo no le queda más remedio que actuar porque con la que tiene liada con el presupuesto y la deuda el Estado no puede cubrir el agujero creciente en el sistema de pensiones.

Luego está el Gobierno en sí mismo, que se ha convertido definitivamente en una parte muy importante del problema. Zapatero no gobierna según un plan previamente establecido, sino a golpe de ocurrencias y de encuestas, mientras los ministros se desdicen unos a otros y aquí nadie sabe a qué atenerse. En estas circunstancias, y teniendo en cuenta además que los sindicatos campan tranquilamente por sus respetos debido al miedo cerval de ZP a que le convoquen una huelga general, la imagen que está transmitiendo nuestro país, bastante real, es de que este Ejecutivo no tiene capacidad para gestionar no ya la que está cayendo, sino, aún peor, la que se avecina, porque hay que tomar medidas muy duras con las que Zapatero, por ideología, por táctica política, por cortedad de miras y por ignorancia, no está de acuerdo.

Aquí hay que meter mano de una vez por todas al mercado laboral para resolver el problema del paro, a lo que el presidente contesta que no se va a dar marcha atrás en eso que él llama, tan eufemísticamente, derechos sociales. Aquí hay que meter mano a las autonomías y sus dineros, pero eso no lo puede hacer un presidente que ha aniquilado el concepto de España, con todo lo que ello implica, para apostar por un modelo confederal, sin que nadie se lo pidiera, y al que le falta valor para enfrentarse, por ejemplo, a una Cataluña que un día sí y otro también se salta la Constitución a la torera. Aquí hace falta un discurso de sangre, sudor y lágrimas que Zapatero nunca hará porque implica plenamente la descalificación de todo cuanto ha venido haciendo y diciendo hasta ahora en relación con la crisis. Aquí hace falta un pacto de Estado con el PP para hacer lo que hay que hacer, a lo que ZP se niega por razones ideológicas, lo cual hipoteca la estabilidad de su Gobierno al apoyo de formaciones radicales de izquierda, como IU y ERC, que nunca votarán a favor de hacer lo que hay que hacer porque su modelo económico y social es otro. Aquí hace falta que el propio partido que detenta el poder, el socialista, se deje de enfrentamientos internos y de amagar con poner en cuestión la continuidad de Zapatero en las próximas elecciones y que cambie de líder si así lo considera preciso, un debate que, por disciplina o porque no hay nadie con ganas de encabezar una lista electoral posiblemente condenada de antemano a estrellarse, que no al estrellato, no se abre ni se cierra. En definitiva, sea cual sea la razón, siempre hay una excusa o una presunta justificación para no tomar las medidas que hay que tomar.

Con semejante panorama, por tanto, aquí no hay quien gobierne, ni la economía, ni nada de nada. Y esto, que podemos calificar abiertamente de crisis institucional, sobre todo si tenemos en cuenta que el PP sigue sin dar la talla, ocurre precisamente en las peores circunstancias económicas de la historia contemporánea de nuestro país, al que ya hacía siglos que se le había olvidado lo que eran las suspensiones de pagos. Por eso hacen falta elecciones, porque de ellas tiene que salir un Gobierno y un presidente decididos a coger el toro por los cuernos, que no sueñen con una recuperación económica imposible, sino que trabajen para que ésta se produzca, tomando las decisiones que haya que tomar, por duras que sean. Esta situación no se puede ni se debe prolongar mucho más en el tiempo porque sufrimos todos, empezando por los millones que pierden el puesto de trabajo y a continuación cualquier fuente de ingresos en cuanto se les acaba la prestación por desempleo.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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