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La nit dels vidres trencats

El jefe del partido de centro apoyó a Hitler en su discurso. Muchos diputados y sus partidos no quisieron ver que el verdadero peligro era Hitler.

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Quim Torra | EFE

El 23 de marzo de 1933, Adolfo Hitler llegó a la Ópera de Kroll, en Berlín. Vestido con su uniforme marrón, el entonces canciller se abrió camino entre los vítores de los diputados del partido nazi. Lo único que separaba a Hitler de obtener el poder absoluto era la aprobación de dos tercios de los diputados.

El 14 de mayo de 2018, Quim Torra llegó al Parlamento Catalán, vestido con su lazo amarillo; el entonces candidato se abrió camino vitoreado por sus adeptos que le jaleaban con cánticos nacionales apropiados para su causa, y con amenazas a los que pensaban de distinta manera; con desprecio y entre risas recibían los comentarios de la oposición.

Para los diputados de la oposición, especialmente para los socialdemócratas del SPD, entrar a la edificación era una tortura. En todas las entradas estaban apostados los hombres de la sección de asalto las SA y los de las SS, que increpaban e intimidaban a los parlamentarios. Los diputados comunistas habían sido sencillamente borrados del mapa. Muchos estaban en la cárcel o habían huido. Sus mandatos habían sido retirados.

El 14 de mayo los diputados no nacionalistas tuvieron que sortear, gracias a una tibia protección los agentes de seguridad que intuían que aquéllos que formarían gobierno pasarían factura a los que no se mostraran adeptos a la nueva República, gritos, empujones y amenazas de los separatistas que pretendían intimidar el libre ejercicio de representación que los votantes de segunda clase, a juicio del candidato, estaban obligados a ejercer.

A los parlamentarios opositores que llegaban hasta la sala plenaria les esperaba otra desagradable sorpresa. Una sobredimensionada esvástica dominaba todo el espacio. En semejante atmósfera amenazadora, los diputados debían decidir sobre la más importante de las leyes desde la fundación de la República de Weimar: una ley que daba a los nacionalsocialistas el control absoluto sobre el poder del Estado. Una ley que representaría para Hitler el paso decisivo hacia el establecimiento de su dictadura. Una ley como fundamento de la dictadura: "La ley de Plenos Poderes"

Los diputados opositores llegaron al parlamento encontrándose con símbolos propios del separatismo, sin que hubiera lugar para los símbolos nacionales que representaban a todos. Sin duda una simbología diseñada y puesta en práctica con el objetivo de aniquilar la Democracia, precisamente en nombre de la libertad, como hiciera Adolf Hitler en 1933.

Hitler no había logrado su ansiada mayoría absoluta para el NSDAP en las elecciones de comienzos de marzo. Así que el día 23 puso sobre la mesa del Reichstag su borrador de "Ley para remediar la angustia del Pueblo y el Reich", la llamada "ley de plenos poderes". La frase decisiva de esa ley de apenas cinco artículos reza: "Las leyes del Reich pueden, además de en la forma prevista por la Constitución del Reich, ser aprobadas también por el Gobierno del Reich".

La drástica consecuencia: sin control de ningún tipo, el gobierno de Hitler podría aprobar leyes y cerrar tratados con actores internacionales. O sea, se trataba de que el Parlamento se arrebataba el poder a sí mismo. Los derechos fundamentales garantizados por la Constitución ya habían sido invalidados. Pero ahora se pretendía aprobar incluso leyes que se apartarían completamente de la Constitución de la República de Weimar. Lo único que separaba a Hitler de obtener el poder absoluto era la aprobación de dos tercios de los diputados.

Los nacionalistas no habían conseguido ni siquiera la mayoría de los votos, y pretendían con toda esta parafernalia usurpar la voluntad popular; urgían a la oposición a desaparecer con el fin de poder poner en práctica sus planes; y si para ello era necesario el suicidio del parlamento, pues se haría, ya que esta candidatura estaba diseñada para remediar la angustia del pueblo catalán. Con esta ley de plenos poderes que pretendía imponer el candidato, se quería legislar desde un país extranjero, convirtiéndose el candidato en el jefe de estado de un jefe del estado emérito en el exilio; el único antecedente histórico es el de Francisco Franco. Los derechos constitucionales ya habían sido invalidados por la vía de hecho y ahora se pretendía dar apariencia de legalidad a la dictadura.

En 1934, el presidente Hindenburg murió y el canciller se convirtió en el jefe de estado y pudo imponer su programa. Gracias a esta ley, la oposición fue eliminada; vinieron las políticas de supremacía racial, el exilio de los que opinaban diferente y pudieron fugarse a tiempo. Los jueces y los funcionarios sólo pudieron subirse al carro o experimentar la represión. Y todo esto se hizo bajo un movimiento nacionalista que se basaba en la supremacía germánica sobre los judíos, mediterráneos, y gentes de mal vivir a los que consideraban vagos, expoliadores, poco productivos. El final de la historia es conocido:

Quim Torra, pretendió poner en marcha su ley de plenos poderes para superar la angustia del pueblo catalán y…

A los seis meses y cuando ya tuvo los medios bien controlados, y a los radicales bajo control, convocó unas elecciones que, como no podía ser de otra manera, encumbraron a Puigdemont a la presidencia de la República; las CUP como elemento radical fueron eliminadas como ocurrió con las SA en Alemania, y el resto de la historia ya se la imaginan.

El presidente Rajoy percatándose del intento secesionista y dictatorial, disolvió el Parlamento y creó un gobierno administrativo, se ilegalizaron los partidos nacionalistas autoritarios y la cordura con el tiempo regresó, y la autonomía catalana volvió a preocuparse de los problemas reales de toda la gente y no solo de una minoría.

Ante la incapacidad de los nacionalistas de poner en marcha un programa de segregación, o un programa independentista, y ante la falta de reconocimiento internacional, decidieron una vez más engañar a su pueblo y reconvertirse en autonomistas esperando una mejor ocasión, para lo cual continuarían sembrando hasta que la mayoría real apoyara el supremacismo catalán, para lo cual se incrementaría el adoctrinamiento en las escuelas y en los medios; el acoso a los no nacionalistas y el sistemático incumplimiento de la ley.

Por la tarde aquel día, Adolfo Hitler habló ante el Reichstag, para buscar la aprobación de la "Ley de Plenos Poderes". El canciller lanzó un discurso con muchas promesas. El combate a las altas tasas de desempleo era una de sus principales metas, dijo. Prometió un "profundo saneamiento moral del cuerpo del pueblo", "Terminar con la corrupción", "devolver a Alemania el honor perdido". Algunos parlamentarios le creyeron. Otros quedaron totalmente intimidados en sus bancos.

Sólo Otto Wels, líder del SPD, se atrevió a pronunciar un valiente discurso. "Nosotros, los socialdemócratas alemanes, nos pronunciamos solemnemente en esta hora histórica por los principios de la humanidad y la justicia, de la libertad y del socialismo." Wels tampoco se mostró intimidado por el terror nazi: "Nos pueden quitar la libertad y la vida, pero no el honor", aseguró. Tras el fin de su discurso, Hitler volvió al púlpito lleno de ira, dejó caer su máscara y exhortó a los diputados, "a aprobarnos, lo que de todos modos podríamos arrogarnos." La oposición que se había manifestado en contra del golpe, al cabo de un año vivía, por decirlo de alguna manera, en el campo de concentración de Oranienburg; ninguno sobrevivió.

El pasado 12 de mayo, y este 14 la oposición hizo un discurso valiente, pero sin el apoyo de la ley ni de la fuerza legítima para ejercerla, acabaron de candidatos en el resto de España, después de que sus comercio fueran marcados, y rotos los cristales de sus establecimientos.

La intimidación funcionó. 441 parlamentarios votaron a favor de la "Ley de Plenos Poderes". Sólo 94 diputados socialdemócratas se opusieron. El 24 de marzo de 1933 entró en vigor.

El jefe del partido de centro apoyó a Hitler en su discurso, con gran emoción incluso: "La patria está en gran peligro, no podemos fallar", afirmó. Muchos diputados y sus partidos no vieron o no quisieron ver que el verdadero peligro para el país era Hitler. La "ley de plenos poderes" estaba limitada a cuatro años, pero pocas semanas después no quedaba más que un solo partido, el partido nazi, que prolongó una y otra vez esa "Ley Fundamental del Tercher Reich".

Si esperamos a la "nit dels vidres trencats", a la que sin duda nos encaminamos, se habrá cometido como en Alemania en 1934, un crimen imperdonable ante la historia, del que serán autores los que debieron y pudieron evitarlo y no lo hicieron.

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