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Enrique  Navarro

¿Se ha vuelto loco Trump?

Aunque lo parezca, Trump no se ha vuelto loco. Pero esto no supone que la situación no pueda empeorar.

Enrique  Navarro
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Enrique  Navarro - ¿Se ha vuelto loco Trump?
Donald Trump, este jueves en la Casa blanca | EFE

En las últimas semanas todas las alarmas de la inseguridad mundial han saltado por los aires ante los nuevos embates de la política exterior y comercial norteamericana. Tenemos en ciernes una guerra comercial con China que, en caso de continuar en su escalada, nos llevaría a un colapso económico sin precedentes.

La Armada norteamericana amenaza a Irán después del sabotaje a varios petroleros saudíes en las cercanías de Ormuz y se detectara cómo la armada iraní arma sus ágiles y pequeños Dhows con torpedos anti-buque mientras despliega en sus costas misiles contra buques. Pero esta acción de Irán no ha llegado sola; hay claros indicio del uso de drones para atacar los oleoductos saudíes, y fuerzas especiales Quads del régimen iraní amenazan con incrementar su presencia militar en Irak y Siria amenazando a los intereses occidentales y de nuestros aliados. Por su parte Estados Unidos despliega sus B-52 en Qatar y activa su red de ciberataques alrededor del régimen iraní. En conclusión, el clima se está calentando de forma alarmante en Oriente Medio.

Finalmente, en su escalada, Trump discute con el presidente suizo cómo bloquear las cuentas de los gerifaltes chavistas mientras suspende los vuelos con destino a Venezuela, dejando al país desconectado de Occidente.

La pregunta que podríamos hacernos es a la vista de todo esto ¿se ha vuelto loco Trump? La respuesta es que no, aunque a veces parece que sí, lo cual no supone que la situación no pueda empeorar.

La guerra comercial con China es, sin duda, el elemento más decisivo y trascendente de esta nueva escalada de tensión. Si Trump y China aplican las nuevas tarifas aduaneras a los productos de ambos países, ambas economías caerán en un colapso sin precedentes. En el caso de Estados Unidos porque generarán más inflación y al final será un impuesto que pagarán los consumidores estadounidenses de un valor superior a los 250.000 millones de dólares, es decir cada norteamericano pagará unos 1.000 dólares de impuestos a un presidente que presume de rebajarlos; mientras que China verá cómo sus aranceles impactan sobre los productos cuya demanda crece de manera mucho más rápida y que son determinantes del crecimiento económico y de la demanda del país. Los casi 100.000 millones de aranceles que pagarán los chinos, tocan a 100 dólares por chino y año, no son un tema menor.

En China, la situación económica empeora en cada momento y muchos recelan de los poderes que cada día amplía el actual presidente que pretende incrementar el control sobre el partido y el ejército. Sin embargo, el crecimiento de la deuda privada, del desempleo, la caída de producción agrícola y ahora esta guerra comercial, podrían arruinar a la economía más dinámica del mundo lo que provocaría una recesión mundial sin precedentes. Para Estados Unidos, los costes serían exagerados dada su mayor dependencia comercial de China, y provocarían alzas de tipos que llevarían al crac a los países más endeudados entre los que se encuentran el nuestro. En definitiva, se trataría de un holocausto comercial, pero en el que los que más poseen, tienen más que perder. En el fondo Trump pretende matar moscas a cañonazos, y sin duda China deberá avenirse a razones limitando la acción de determinadas empresas como Huawei en Estados Unidos para no verse inmersa en una crisis sin precedentes.

Pero en la guerra fría que mantienen los dos super-poderes, por primera vez, China da la impresión de ceder ante un poderío con el que no contaba. El régimen chino se preparó para una guerra militar durante décadas pensando que el pueblo norteamericano nunca sacrificaría su bienestar por defender a unos asiáticos que no gozan de la simpatía del actual presidente, y se encuentra con un grano en el culo llamado Trump dispuesto a llevarse a su país por la borda para imponerse a China. Pero cuando se trata de países gobernados de forma testicular, no debemos perder la vista, porque a veces estas cosas se van de las manos. Solamente, la caída de valor de las empresas en la bolsa de Nueva York desde que comenzó esta nueva crisis, equivale al PIB español, en un país donde cada norteamericano consulta la evolución bursátil unas veinte veces al día; o sea que el miedo se está asentando en los mercados.

La cuestión de Teherán viene de largo. Trump llegó a la presidencia con el objetivo de cancelar el acuerdo nuclear con Irán, por el cual Occidente dejaba que el régimen dictatorial de los ayatolas se consolidara a cambio de no amenazarnos con sus misiles nucleares, es decir susto o muerte. El último acto de esta escalada ha sido el aumento de las sanciones de Estados Unidos contra los países que compren petróleo de Irán, lo que amenaza con colapsar la economía iraní. Obviamente lo que Trump pretende es renegociar un nuevo acuerdo nuclear que garantice la incapacidad del régimen iraní de adquirir capacidad nuclear proyectable.

Ante este embate, Irán respondió, como siempre lo ha hecho, con determinadas acciones de poco calado, pero mostrando una decisión de hacer frente a la amenaza. Despliega sus buques con torpedos, actúa en Irak, incrementa su acción en Gaza en su partenariado con Hizbulla, mientras que tiende la mano a su eterna salvadora, Federica Mogherini, para que los europeos salvemos, una vez más, a este régimen del terror; pero llegó el Trump el pistolero y la lio parda. Despliega la flota en el Golfo con su portaviones Lincoln, que estaba de gira por el mundo emulando a Elcano, lo que obligó, con razón, a sacar a nuestra fragata del viaje turístico para evitar meternos en un avispero que no nos toca mucho; evacuó diplomáticos de Irak como si mañana fuera a estallar una nueva guerra y envió a Bolton y Pompeo, sus halcones, a anunciar el fin del mundo. Es decir, Trump ante la amenaza de Teherán de bloquear Ormuz ha sacado los tambores de Guerra. Según algunos analistas el bloqueo un solo día del estrecho de Ormuz dispararía el precio del barril de petróleo a cien dólares.

Lo que pasa es que a estos dos personajes, y en particular Bolton, a veces se les va la mano, hasta tal punto que Trump ha filtrado una reunión secreta con su secretario de defensa para decir que no va a haber guerra, después de anunciar que estaba dispuesto a desplegar 120.000 soldados en la región. Pero por primera vez, también, Irán estaría dispuesto a buscar un nuevo acuerdo, que a quién más interesa es a Teherán. La supervivencia del régimen de los ayatolás depende de que se pueda evitar este conflicto que podría arruinar la economía iraní, y aquí vuelve a la palestra el desconocido presidente suizo que aparece en el despacho oval, con un mensaje de que vamos a relajarnos sin que lo parezca mucho.

Hay una negociación en la trastienda, en la que una vez más los europeos estamos de comparsa. Pero, tiene razón Trump. Irán quiere ganar tiempo para mantener sus ambiciones estratégicas que pasan por destruir Israel, dinamitar el régimen saudí y dominar la región, vamos, lo mismo de los últimos cinco mil años, nada nuevo. Pero Occidente debe apretar bien las clavijas para terminar de una vez con esta constante amenaza iraní, que supone el mayor peligro a la seguridad y estabilidad de Occidente.

Finalmente, en Venezuela, Trump ha llegado al convencimiento de que ni España ni la Unión Europea van a derrocar a Maduro, así que ha optado por la amenaza directa de involución, al tiempo que sus palomas dicen que nunca habrá intervención. Pero por primera vez cunde entre los militares venezolanos el convencimiento de que a medida que la campaña presidencial se acerca, Trump necesitará un triunfo en su política exterior que hasta ahora tiene un balance muy negativo. Corea del Norte se ríe en su cara, en Siria sigue Asad, en Irak, los iraníes actúan cada vez con mas libertad, Hizbulla amenaza desde Gaza las ciudades israelíes y Putin sigue haciendo de las suyas. Así que sólo le queda Venezuela para conseguir algún rédito, y cada vez tiene menos tiempo.

Podríamos decir que Trump está haciendo una política agresiva, pero con fundamentos; llegando al límite; pero a veces se requiere cruzar ciertas líneas rojas. Sin embargo, hay dos amenazas; que sus halcones acaben convenciendo al presidente de que una presidencia en Estados Unidos sin una guerra es una amenaza a la estabilidad y coexistencia pacífica al interior del país, o que alguien cometa un error que arruine toda esta estrategia de riesgos calculados, y la historia está llena de guerras ocasionadas por circunstancias no previstas.

Si Trump fracasa nuevamente y se enfrasca en la guerra comercial con China, no consigue nada de los iraníes y Maduro continúa en el poder, sus posibilidades de reelección se verán arruinadas. En Estados Unidos, las elecciones se ganan clave interna y se pierden en el exterior, y de momento el actual presidente está en una situación delicada y por eso necesita arriesgar. Si la jugada le sale bien, tendremos un mundo mejor para las próximas décadas, pero si no, muchos no se comerán el turrón este año, y Trump no será reelegido.

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