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Su peor hora

Confío mucho en que el sistema político americano no sólo sea capaz de entender lo que se le avecina sino que demuestre la virtud de impedirlo.

Enrique  Navarro
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Donald Trump, posa desde su escritorio en el Air Force One | EFE

El 19 de junio de 1940 Sir Winston Churchill entregó uno de los discursos más extraordinarios de la historia de la lengua inglesa. Parafrasearlo me parecería un sacrilegio si no fuera por la grave realidad de los acontecimientos. Estoy estoy seguro de que el viejo Winston se hubiera reafirmado en estas palabras. Su busto, al parecer recién instalado en el despacho oval, debería repetir todos los días a su arrendatario que no debe tomar su nombre en vano, aquél que lideró la lucha del mundo libre por la libertad y la democracia combatiendo "en las playas, en las casas, en las colinas, en Francia…"

"Preparémonos para nuestros deberes y no dudemos de que si el Imperio norteamericano dura unos mil años, los hombres del futuro dirán: aquélla fue su peor hora".

Resulta muy difícil describir la ideología y actitudes del nuevo presidente de Estados Unidos, en especial a la vista de su acción en la primera semana de gobierno. Hay muchas decisiones que no critico, aunque no me gustan, como la del muro de México, promesa de campaña amparada por el propio tratado de Guadalupe Hidalgo, que autoriza expresamente a las dos repúblicas a fortificar sus fronteras. Aunque el siglo XIX es un escenario muy diferente del actual, quisiera ir un poco más allá y comprender, a la luz de aquellos tiempos, qué significa lo que está aconteciendo en Estados Unidos para el resto del mundo.

El 18 de febrero de 1879, Bartholdi obtuvo la patente para que el monumento de la Estatua de la Libertad fuera erigida en Nueva York y financiada por suscripción popular en Francia. La patente está descrita en los siguientes términos:

"Una escultura representando a la Libertad iluminando al mundo; la misma consiste esencialmente de una figura vestida femenina con un brazo en alto soportando una antorcha mientras que en la otra sostiene una tabla inscrita y teniendo sobre su cabeza una diadema".

Francia, que tan importante fue para la Independencia de Estados Unidos, señaló al nuevo estado americano como el foco que irradia la libertad al mundo; el mensaje para el globo era meridiano: Estados Unidos velará para que la libertad alumbre todos los países y personas de los cinco continentes. Por esta razón lo que pasa en Estados Unidos es tan importante para todo el mundo.

Gobernar a golpe de orden ejecutiva tiene mucho de show pero ni tiene fundamentos sólidos, ni fortalece al sistema político americano, basado en la independencia de los poderes, principio labrado a fuego en la Constitución de los Estados Unidos. No se puede irradiar libertad cuando se desconfía de ella o se la considera un problema o un obstáculo. Gobernar ignorando la voluntad popular y al Congreso es una acto de profundo autoritarismo, propio de otros lugares del Globo que nos parecen muy lejanos a nuestro modo de vida.

La primera tesis que quiero mostrar es que Trump no tiene nada que ver con el liberal conservadurismo que está, o al menos eso creía, en la esencia de una gran parte del partido republicano.

Quitar el busto de Luther King del despacho para poner el de Churchill, es un gesto de mal gusto cuando en una sala tan grande caben los dos perfectamente. Relegar a Luther King a un segundo puesto es renegar de todos los avances de la integración social y racial en Estados Unidos. El líder del movimiento de los derechos civiles asesinado en Memphis, representa la esencia de la democracia y la libertad de Estados Unidos. Negarlo es una actitud de corte fascista improcedente en la sociedad norteamericana actual. ¿Cómo se puede instaurar un día del patriotismo cuando se desprecia a una parte de la sociedad, precisamente la que fue oprimida durante la esclavitud?. Cuando la patria es el motivo de la división, el conflicto civil está llamando a las puertas y cuando la fragmentación tiene su origen en el color de la piel, se llama racismo.

Churchill fue un gran defensor de la libertad económica y del libre comercio a la vez que defendió los valores tradicionales del Imperio británico. Admiró los logros de la integración del Imperio con la metrópoli y defendió la libertad de comercio; y no dudó en combatir el fascismo y el nazismo con todas sus fuerzas, también en su alianza con el peor aliado posible, Stalin. El fascismo y el comunismo son las dos caras del terror que deberían ser exterminadas de la faz de la tierra porque representan todo el mal que los humanos somos capaces de infligirnos. Estoy absolutamente convencido de que Churchill nunca hubiera votado por Trump y tengo dudas que la actitud del nuevo presidente en 1939 hubiera sido igual de solidaria que la de Roostvelt con la Europa libre.

De Ronald Reagan, otro de los grandes adalides del movimiento republicano moderno, quisiera traer a colación sus palabras en el debate presidencial de 1980.

"Creo que ha llegado el momento de que Estados Unidos y sus vecinos, especialmente nuestro vecino del sur, tengamos un mejor entendimiento y unas relaciones mejores de las que hemos tenido. Creo que no hemos sido bastante sensibles por nuestro tamaño y poder. Ellos tienen un problema de desempleo del cuarenta o cincuenta por ciento… lo que puede conducir a problemas al sur de nuestra frontera, y entonces podríamos tener un vecino muy hostil y extraño en nuestra frontera. Mas allá de hablar de construir una valla, ¿ Por qué no trabajamos con el reconocimiento de nuestros problemas mutuos, haciendo posible para ellos venir aquí legalmente con un permiso de trabajo? Y entonces ellos trabajarán aquí y ganarán sus sueldos aquí y pagaran sus impuestos aquí. Y que cuando ellos quieran regresar puedan hacerlo y volver y cruzar la frontera… abriendo la frontera de ambos lados y entendiendo nuestros problemas. Ésta es la única válvula de seguridad que ellos tienen ahora… creo que podemos tener una excelente relación".

Y si Trump quiere saber qué significa la esencia del liberal conservadurismo que dice admirar pero que en el fondo desprecia, no tiene más que leer este capítulo del magnífico discurso dado por Margaret Thatcher en el club económico de Nueva York el 18 de junio de 1994. Una lectura imprescindible; una lección de lo que significa ser liberal en el mundo actual.

"Permítanme ahora tratar de extraer de la experiencia económica de los últimos quince años cuatro amplias lecciones.

  1. Una economía funciona mejor cuando se construye sobre un marco de reglas claras y predecibles de las cuales los individuos y las compañías dependen al hacer sus propios planes.
  2. La tarea económica principal del gobierno es enmarcar y hacer cumplir tales reglas. Sus propias intervenciones discrecionales deben mantenerse al mínimo.
  3. Dentro de estas reglas, los individuos, las familias, las empresas y otras organizaciones sociales deben tener libertad para perseguir el éxito con el riesgo de fracasar. Y
  4. Aunque los gobiernos rompen a veces las tres primeras reglas, la opinión pública debería, en la medida de lo posible, avergonzarles de hacerlo y ansiar volver a observarlas.

¿Pero, no se aplican estas reglas o parecidas en el "Nuevo Orden Mundial" previsto por el Presidente Bush después de las dos grandes victorias de Estados Unidos en la Guerra Fría y en la Guerra del Golfo?...

No se equivoquen: Estados Unidos tiene ahora una responsabilidad única, incluso impresionante. Hoy en día ocupa la posición de los tres aliados en tiempos de guerra en 1944 y 1945 cuando se establecieron los planes para las grandes instituciones internacionales como el GATT, el FMI, el Banco Mundial y la ONU. Será un presidente y un congreso Americano quienes tengan la voz dominante en la elaboración de cualquier nuevo modelo.

Una de esas reglas –que los estados no deben cometer una agresión no provocada contra otros estados- ha sido triunfantemente justificada por la exitosa liberación de Kuwait por parte del Presidente Bush. Tan triunfante, de hecho, que es poco probable que sea desafiada de manera clara durante un tiempo considerable.

Pero, ¿Debería haber nuevas y más ambiciosas reglas en el futuro? ¿Debemos seguir haciendo la vista gorda a las violaciones totalmente atroces de los derechos humanos siempre que estén confinadas dentro de un país? Incluso si esas violaciones envían a miles de personas, como los kurdos que huyen a los estados vecinos como refugiados, desestabilizando a esos vecinos en el proceso?

Y si vamos a tener reglas tan amplias -que seguramente serían un paso hacia un mundo más civilizado-, ¿Quién las hará cumplir? ¿Y bajo qué autoridad?

Y quizás la pregunta más importante de todo: ¿estará el pueblo estadounidense dispuesto a asumir el papel de Atlas que sostiene este nuevo orden mundial? ¿O, como en los años veinte, la ingratitud del resto del mundo los persuadirá a retirarse a un aislamiento económico hemisférico?

¡Déjeme contestar a esa última pregunta inmediatamente!

Creo que el pueblo estadounidense estará preparado para aceptar esta carga de liderazgo mundial y actuar como agente en última instancia de la comunidad internacional, pero sólo si Estados Unidos puede confiar en el apoyo de sus aliados, no sólo en coaliciones militares ad hoc, sino en una alianza más amplia que abarca las relaciones comerciales y económicas, así como la ocasional acción militar.

¡Creo que saben que no soy marxista! Así que no creo que la economía lo determine todo. Pero estoy convencida que no se puede tener una unidad política y diplomática en un Occidente amargamente dividido sobre las relaciones comerciales y económicas.

Recordemos que el orden mundial establecido en 1945 fue sostenido sobre la base de la cooperación económica occidental. La alianza militar de Occidente y la prosperidad de la posguerra nunca hubieran podido lograrse sin el Plan Marshall y, más tarde, con el crecimiento del comercio dentro del marco ordenado de las reglas proporcionadas por el GATT, el FMI y el Banco Mundial.

Sin embargo, esa imagen tiene que ser matizada. Desde mediados de los años setenta, el volumen del comercio ha seguido creciendo, pero a un ritmo más lento que el anterior respecto a la producción mundial total. Esto es en parte, porque ha habido un crecimiento en las formas encubiertas de protección. Nuestro reto actual es evitar que el mundo vuelva a la protección y en su lugar dar un nuevo impulso a un comercio más libre.¿Cómo se puede hacer esto? Debemos respetar las normas del GATT y, cuando sea posible, ampliar su aplicación.

Acojo con satisfacción la creación de un área de libre comercio entre Estados Unidos y Canadá y la perspectiva de su extensión a México. Estas reformas deben fortalecer las economías de sus dos vecinos y mantener el costo de vida para los estadounidenses.

Sin embargo, es vital que estos no sean pasos hacia un mundo de tres bloques proteccionistas construidos alrededor de los Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón. Hay quienes en Europa consideran la perspectiva de dos bloques de este tipo, que participan en el comercio gestionado con un nuevo Superestado europeo, con aparente ecuanimidad e incluso entusiasmo. No estoy entre ellos".

Trump no defiende la libertad, no cree en la democracia; se cree miembro de una raza superior, no defiende los valores cristianos ni de ninguna otra religión, ni a la familia; sólo cree en su empresa, no cree en la libertad de prensa ni de expresión. El poder está en exclusiva al servicio de su idea. Trump no representa a los valores intrínsecos al partido republicano, pero ahí está con su aval.

La segunda tesis pretende desenmascarar hacia dónde quiere llevar Trump a los Estados Unidos. El magnate ganó las elecciones legal y legítimamente, pese a que Hillary Clinton obtuvo más votos. Como decimos, esto es legal, pero resta legitimidad a Trump para utilizar su posición de fuerza contra el contrario, demolerlo y conseguir por la vía de los hechos lo que no se consiguió en las urnas.

Para unir a la población a su causa Trump busca un enemigo débil; durante siglos fueron los judíos, para el presidente norteamericano ahora son los mexicanos. Ellos son los culpables de todos los males de la nación; y toda una masa enfervorecida aplaudirá los desmanes, aceptando las explicaciones manipuladas.

El siguiente paso es deslegitimarlos dudando de su derecho de voto como causantes de un gran fraude; y de ahí el siguiente acto será asegurarse que todos los que pueden amenazar su mayoría podrán votar; luego los expoliarán con impuestos especiales para pagar los muros del nuevo campo de concentración y finalmente se verá impelido por sus propios medios que le jalean, a menospreciar y ahogar al vecino para hallar una causa común que una a todos en una irrefrenable ambición, absurda en el siglo XXI, pero que muchos creerán manipulados por los lenguajes simplistas y populistas. Para aquellos que todavía ven a Trump como el salvador que va a poner a sus enemigos en su sitio que no se confíen, no duden que después vendrán los judíos mayormente demócratas y relacionados con la farándula, esos enemigos del poder.

El esquema es tremendamente similar al desarrollado por los autoritarismos en los años treinta. Poco a poco se irá liberando de ataduras a medida que sus detractores son perseguidos, los medios de comunicación críticos vilipendiados, amenazados y cerrados, y los acérrimos seguidores convertidos en instrumentos de su poder. Justificar la tortura por su eficacia sería una frase que Heydrich, "la bestia rubia" pronunciaría como también lo harían Josef Mengele o Laurenti Beria, algunos de los más atroces enemigos de la libertad.

No nos equivoquemos: Trump no es un conservador; no es un liberal al modo europeo; no es un demócrata al estilo occidental. Representa a aquéllos contra los que las democracias han luchado desde la Revolución Francesa y en especial en los años cuarenta. Si Trump consigue perpetuarse en el poder, Estados Unidos deriva al abismo. ¿Es este el aliado que queremos tener? ¿En el que vamos a depositar el arsenal de la democracia incluyendo el nuclear? ¿Al que vamos a ceder nuestros territorios para su expansión militarista? Si la estatua de la libertad ya no nos irradia el poder de la democracia, Estados Unidos no nos sirve ni como aliado ni como socio. Confío mucho en que el sistema político americano no sólo sea capaz de entender lo que se le avecina sino que demuestre la virtud de impedirlo para devolver a Estados Unidos a la senda que ha hecho que sea el país más importante y relevante del mundo libre y que muchos seamos sus más profundos admiradores. La amenaza al orden mundial es cierta y peligrosa. Si Trump deja el camino expedito con su aislamiento, serán otros los que ocupen su lugar y pronto veremos como el presidente chino visita Canadá y México y así Trump encontrará una nueva oportunidad para justificar su estrategia. España no puede quedar al margen. Además, tiene una gran oportunidad en América Latina. La doctrina Monroe en 1823 tenía como objetivo sustituir la influencia española por la norteamericana en el continente. Después de 200 años Trump acaba de derogar la tesis intervencionista en América Latina, así que no dejemos pasar este momento.

En su nueva estrategia global, Trump firmará un nuevo pacto de no agresión con Putin, tan ignominioso como el firmado entre Molotov y Von Ribbentrop, para repartirse el globo, ya que no están tan distantes ideológicamente y ambos buscarán debilitar a Europa promoviendo movimientos alternativos.

Gran parte de la culpa de lo que acontece la tienen los partidos tradicionales que han generado la creencia de que los gobiernos pueden resolver todos los problemas de la sociedad y que sin embargo no han sabido prevenir y eliminar la amenaza del terrorismo yihadista ni mantener el crecimiento económico. Han sembrado las bases para el desarrollo de los populismos, pero no por ello estos últimos son mejores. Es la gran oportunidad para volver a las raíces de nuestro sistema político liberal y reaccionar con decisión contra las amenazas, si no, los que tomarán el relevo serán mucho más destructivos.

Pero la amenaza del nuevo autoritarismo se nos puede colar con lenguajes simplistas, islamófobos, racistas o nacionalistas. La repetida frase de "no nos podemos permitir ser políticamente correctos" del presidente Trump es exactamente el mismo pensamiento de los movimientos antidemocráticos de comienzos de los años treinta. La amenaza es real y cierta. Las instituciones deben velar porque los países como EEUU no se aparten de la Constitución y de las alianzas internacionales en las que descansa nuestra seguridad y prosperidad.

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