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CUBA

A ciencia y paciencia de los Castro

No han asaltado un cuartel ni se han alzado en armas en las montañas. Tampoco se han pertrechado con explosivos para hacerse volar en una plaza pública. No aspiran a matar ni lesionar a ciudadanos inocentes. Sólo tienen un arma para reclamar sus derechos: su propia vida. Y la ponen sobre la mesa, arriesgándola con un ayuno voluntario y prolongado. Sin embargo, hay quienes no los consideran héroes, y hasta cierta cancillería europea les están reclamando que depongan su actitud.

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Son los disidentes y presos políticos cubanos, enfrascados en una huelga de hambre que declararon a raíz del fallecimiento del preso de conciencia Orlando Zapata. Este último murió de inanición sin que el régimen castrista considerara alterar para nada las condiciones infrahumanas en que lo mantenía encerrado.

Las leyes cubanas vigentes contienen una figura jurídica para calificar semejante felonía: muerte sin asistencia. De imperar en Cuba un mínimo estado de derecho, el dictador jubilado Fidel Castro y su reemplazo aparente, el general Raúl Castro, serían encausados por los tribunales y obligados a responder por este crimen. Pero eso no va a ocurrir, y la impunidad no ha hecho sino envalentonarlos. Ahora parecen dispuestos a dejar morir al disidente Guillermo Fariñas y a otros cuatro presos políticos.

¿Y qué hace la cancillería española? Pues pedir a éstos que cesen en su huelga de hambre, dizque para facilitar las "conversaciones" sobre derechos humanos que presuntamente mantienen con el régimen castrista. Primero fue el ministro de Relaciones Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos; después, el consejero político de la embajada española en La Habana, Carlos Pérez Desoy, que acudió al domicilio de Fariñas para reiterar el pedido.

Evidentemente, el sacrificio casi suicida de quienes luchan en Cuba por un mínimo respeto a los derechos humanos ha clavado una cuña en uno de los tantos conciliábulos y componendas con que el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero busca blanquear la imagen del régimen castrista para luego vendérsela a la Unión Europea y lograr el cambio de la posición común que ese grupo de naciones mantiene hacia el gobierno de los Castro desde hace unos siete años.

Moratinos.Nada ha cambiado en Cuba. Nada ha alterado la esencia totalitaria del sistema imperante en la isla, ni los métodos inhumanos y crueles con que oprime a sus ciudadanos y castiga a sus opositores. Pero en Madrid y otras partes del mundo no parece cesar el reclamo interesado de "mejorar" las relaciones con el régimen castrista. Hasta el gobierno de Barack Obama ha dado indicios de haberse rendido ante la evidencia: la rama de olivo no surte efecto alguno en los perros rabiosos de La Habana. Pero Moratinos sigue empeñado en apaciguarlos. Si tan sólo esos disidentes y presos aceptaran comer un bocado, estaría dispuesto a mandarles todo un cargamento de caldo gallego...

Es comprensible. Para Madrid se trata de echar a un lado los estorbos a una relación estable con La Habana que garantice el pago de las deudas a los empresarios españoles ya presentes en la Isla, al objeto de que éstos puedan estar cómodamente instalados cuando lleguen los demás en busca de posada. Lástima que los mejores hijos del pueblo cubano tengan otros objetivos menos utilitarios en la mira y no acepten la mediación que ahora les ponen en bandeja de plata.

Nadie quiere muertos ni mártires. Sería preferible que mañana mismo el régimen liberara a los cientos de infelices que mantiene encarcelados injustamente, y que Fariñas y el resto de los que ahora ayunan pudieran volver a alimentarse. Pero, en ausencia de una gestión seria para lograr esa meta mínima, no creo que los opositores cubanos tengan otra alternativa que persistir en su huelga.

Sería una vergüenza que estos pacíficos opositores murieran a ciencia y paciencia de los Castro, como ya ocurrió con Zapata Tamayo. Pero sería una vergüenza mayor para España, que se ha asignado el triste papel de correveidile en esta batalla con ribetes morales cuyos objetivos Madrid no parece comprender ni compartir.


© Semanario Atlántico

MANUEL BALLAGAS, consultor de medios.
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