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AMÉRICA

Argentina y las malditas costumbres

Recientemente viajé desde Israel –donde resido desde hace seis años– a la Argentina para pasar unos días con mi familia y mis amigos. Llevaba un año y medio sin pisar mi país natal. El hecho de haber estado tanto tiempo fuera me llevó a analizar la situación argentina de otra manera.

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Pude ver las cosas con más claridad y, sobre todo, entender que lo que antes, cuando vivía allá, me parecía normal no lo es en absoluto. "Así es y hay que aceptarlo", se dice en la Argentina ante todo tipo de errores, fallos y problemas. Esa maldita costumbre de resignarse es un problema, uno de los grandes problemas argentinos.

Quizá la incesante decadencia argentina se explique no sólo por los que manejan el país, también por los manejados, que en términos generales o bien justifican el saqueo y la opresión –cuando no participan en el uno o en la otra–, o bien se acostumbran a que las cosas sean como son.

Veamos un ejemplo que me tocó vivir en este último viaje. Caminando por la calle, una mujer y yo fuimos testigos de cómo a un hombre se le caían cien pesos del bolsillo. Cuando me dispuse a tomarlos para devolvérselos, la mujer pisó el billete y después se lo guardó. Así que los cien pesos tuvieron un nuevo dueño, alguien que no hizo nada por ganárselos. Esto es común en la Argentina. Los propios argentinos dicen que quien se olvida algo en algún sitio, o lo pierde, aunque sea por sólo unos segundos, jamás lo volverá a ver. He constatado que esto no es la norma en otros países. No puedo evitar sentir vergüenza ajena. Claro que hay muchísima gente honesta entre los argentinos, pero no pocos de ellos llegan a resignarse y considerar una costumbre local la manera de proceder de la señora que se quedó con ese billete de cien pesos.

1Debo también hablar de las protestas callejeras, que dicen mucho del estado del país. Gente armada con palos cortando el tránsito y amenazando a todo aquel que osara no someterse a sus dictados. Fui testigo de cómo unos de estos protestatarios matones estuvo a punto de dar una golpiza a un motociclista. Los atentados a la libertad de movimientos son tan constantes, que hasta la Policía los considera algo cotidiano, cuando no ayuda a quienes los perpetran...

¿A qué más están acostumbrados los argentinos? Pues a que los precios se disparen, a las subvenciones sin cuento, al bloqueo de importaciones, que igual acaba alcanzando niveles cuasicubanos. Muchos protestan, pero nadie se anima a dar un paso al frente. El Gobierno, entre tanto, sigue destrozando la economía. Las manifestaciones, por cierto, son obra de grupos sindicales, matones a sueldo y parásitos de todo tipo en demanda, precisamente, de más subsidios y subvenciones, no por el ciudadano común, que sale a trabajar todos los días para luego ser saqueado y oprimido.

¿Y la inseguridad? También se ve como normal. Cuando yo vivía en Buenos Aires ya era un problema, pero en estos últimos años la situación no ha hecho sino empeorar. ¿Se convocan manifestaciones en contra de este horrible fenómeno? Para nada. A veces se producen paros de unos pocos minutos luego de un asesinato. Eso es todo. Se me ocurrió hablar con amigos y familiares acerca de la libre tenencia de armas. Para ellos yo estoy loco, prefieren seguir igual.

Lo cierto es que el Gobierno posee una muy efectiva maquinaria para el adoctrinamiento, asentada en el Ministerio de Educación (sic) y los medios de comunicación. En los colegios y las universidades se enseña a los jóvenes a depender del Estado, a ver sus saqueos y desmanes como elementos fundamentales para el bienestar social. La televisión pública, claro, está en la misma onda. Cuando lo considera oportuno, la maquinaria de adoctrinamiento y propaganda crea cortinas de humo que desvíen la atención de asuntos importantes. Cortinas de humo como la disputa por la soberanía de las Falklands (Malvinas). Si digo que las islas pertenecen a los isleños, que llevan ahí más de nueve generaciones, y que no tiene sentido alguno esa disputa colonialista propia del siglo XIX, entonces ya estoy loco de remate.

Por otro lado, ¿qué se puede esperar de un país con héroes nacionales como el asesino comunista Ernesto Che Guevara, el dictador fascista Juan Domingo Perón o el impresentable bocazas de Maradona? Si estos son los referentes, se entienden muchas cosas.

¿Y los que se oponen a este circo? ¿Los que no caen en las manipulaciones oficiales? Pues siguen callando y resignándose. Y si siguen en las mismas, el país seguirá en las suyas.

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