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UE-TURQUÍA

Austria sucumbe

Hostigada (como siempre) por Francia, aislada (como casi siempre) por Gran Bretaña, y dejada a su suerte solitaria por los demás europeos, como en su histórica defensa de las fronteras orientales de Europa a lo largo de siglos (XVI-XVIII), la pequeña Austria ha sucumbido.

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La ministra de Exteriores austriaca, Ursula Plassnik, se vio obligada, en la tarde de este lunes, a levantar, bajo intensa presión de sus otros 24 socios, su amenaza de veto a la apertura de negociaciones con Turquía para su adhesión a la Unión Europea. Su veto estaba reservado para el caso de que el Consejo de Ministros de la UE no aceptase plantear a Turquía una asociación privilegiada como alternativa preferible a la adhesión. A Ankara no se le ofrecerá otra cosa que la plena integración. Así pues, el proceso de entrada de un país extraeuropeo en la Unión como Turquía, que será su mayor potencia demográfica dentro de diez o quince años, es prácticamente un hecho irreversible.
 
Europa ha decidido renunciar a sus factores de identidad geopolíticos y geohistóricos y constituirse como un espacio sin límites ni fronteras. El resultado más probable es que cese de ser un proyecto político viable y se quede reducida a un mercado común desestructurado por diferencias abismales de desarrollo material, cultural y humano.
 
La apertura de negociaciones se hace por decisión de los gobiernos europeos, contando sólo con apoyos marginales en la mayoría de los países. Sólo el 35% de la opinión europea está a favor del ingreso de Turquía. En Francia y en Alemania el apoyo es poco más del 20%. En Austria sólo el 10%. En menos de un año, el apoyo de los españoles ha descendido del 39 al 26%.
 
La reacción de la opinión austriaca es imprevisible. Todas las fuerzas políticas, desde la izquierda hasta la derecha extrema, se mostraban opuestas a la entrada de Turquía en la UE. Austria sufre como ningún otro país el atraso que gravita sobre Europa procedente de su oriente europeo, con Hungría, Eslovaquia y los candidatos a la Unión Rumanía y Bulgaria, todos ellos países de clara naturaleza europea pero con problemas de desarrollo económico y empleo que requieren enérgica ayuda de los países desarrollados de la Unión.
 
Este acontecimiento sigue en pocos meses al fiasco que supuso para los gobiernos de Francia y Holanda sus derrotas en los referenda sobre el tratado constitucional. Se hizo evidente entonces el alejamiento entre gobiernos y opiniones públicas. La nueva aventura de los gobiernos de la UE se emprende, pues, en momentos en que ésta no cuenta con el aparato institucional adecuado y en ausencia, además, de un horizonte presupuestario a corto o medio plazo.
 
El ingreso de Turquía en la Unión no sólo supone el deslabazamiento geopolítico de ésta. También supone el triunfo de la doctrina boba del diálogo de civilizaciones, vía directa para la inserción en el cuerpo social y cultural europeo de poblaciones que no son europeas y que no muestran interés en su integración en la sociedad establecida, como se puede observar en las comunidades turcas de Francia y Alemania, asegurando así que Europa será una sociedad multicultural. Esto constituye un lastre para la armonización del progreso social y económico dentro de las sociedades europeas, y plantea la necesidad de subsidiar día a día el atraso de esos grupos automarginados.
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