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IRAK

Avanzar a golpe de errores

Hay que atreverse a dar cuenta del caos y la violencia sin sentido que sacuden Irak, con su secuela de atrocidades a gran escala y la frustración de grandes esperanzas, personales, colectivas, sociales, políticas y morales, del propio pueblo iraquí. También de las esperanzas de los pueblos que entregan la sangre de sus hijos por el cumplimiento de los dos fines de la coalición internacional que derribó a Sadam: la liberación de Irak y hacer posible la implantación de un régimen democrático en el corazón del mundo árabe y del Golfo Pérsico.

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No dar cuenta de ese caos y violencia equivaldría a acobardarse ante los que se ufanan de decir "Ya os lo dije", o "No valía la pena".
 
La acción militar contra el Irak de Sadam se emprendió bajo el influjo de un error de juicio, por un lado, y asumiendo presupuestos de orden político que en realidad no se daban, por otro. Admitidos los dos fallos. Pues bien, ¿qué?
 
El error consistió en creer que la sociedad iraquí estaba preparada, una vez liberada de la tiranía, para tomar en sus manos las cosas, y que dentro de ella se hallaban fuerzas intelectuales, morales y sociales dispuestas a aflorar tan pronto como desapareciera Sadam. Simplemente, esas fuerzas no estaban presentes, o no eran socialmente significativas. ni mucho menos hegemónicas, a diferencia de lo ocurrido en la España posfranquista, que ya en vida del general disponía de ellas.
 
En realidad, toda acción transformadora de las civilizaciones y del curso de los pueblos y naciones comienza con la comisión de un cúmulo de errores. Se sabe muy bien cómo es el pasado que se rechaza pero se desconocen las incógnitas del devenir humano. Las respuestas al asesinato de Sarajevo en 1914 llevaron a la guerra europea; la guerra europea posibilitó la revolución bolchevique y terminó mediante una paz, impuesta a Alemania, Austria-Hungría y el imperio turco, que a su vez plantó bastantes semillas de la guerra del 39.
 
Hubo que esperar al final de ésta para que, en sólo una fracción del universo mundo, pudieran emerger poderosas fuerzas democráticas y libres, económicamente desarrolladas y favorables a un cierto orden legal del sistema internacional, mientras la mayor parte de la Humanidad era metida en una vía política y social sin salida o simplemente criminal. El orden liberal-democrático, que constituye nuestro ideal de convivencia internacional, está presente en este mundo porque hubo quien no se arredró ante el riesgo de cometer errores.
 
Osama ben Laden.El ataque de la coalición internacional contra el régimen de Sadam Husein trataba de salir al paso de las amenazas surgidas de un mundo árabe-musulmán esclerotizado, en cuyo seno habían prosperado Al Qaeda y las armas de destrucción masiva (los intentos de Sadam de hacerse con el instrumento nuclear, los gases contra los kurdos y los iraníes, el Irán nuclear de nuestros días) y que tenía bloqueada la evolución social y económica de las grandes masas populares.
 
Pero también he mencionado que la acción militar contra Sadam partió de presupuestos políticos que en realidad no se daban. A lo que apunto no es a un error de apreciación sobre lo que hay o no hay dentro de una sociedad; apunto a un error de juicio muy propio de la mentalidad occidental, versada a una concepción racional, reglada, del orden legal, según principios que se declaran de valor universal.
 
El sillar básico con que, según nuestra mentalidad, se construye ese orden internacional es el Estado, y mejor aún el Estado-Nación. En el mundo occidental, esa estructura basada en estados funciona y es razonablemente estable. En otras civilizaciones es más dudoso, o no funciona en absoluto. El mundo árabe-musulmán se las ve y se las desea para lograr un grado precario de estabilidad dentro del paradigma del Estado: las fuerzas islamistas lo rechazan, Al Qaeda lo combate claramente; incluso Arabia Saudí, un Estado-Nación hacia dentro, es la bandera de una revolución sunnita sectaria que no reconoce fronteras árabes, musulmanas u occidentales.
 
Irak, históricamente, fue el territorio menos apto para vestir el ropaje del Estado-Nación. A la caída del imperio turco, había tantas razones para dividir su territorio entre reinos de ficción (hachemita o saudí) como para despiezarlo en un mandato francés y otro británico, o para formar tres estados separados: kurdo el del norte, sunnita el del centro y chiita el del sur. O para darle, del modo más expeditivo y conveniente a la potencia finalmente mandataria (Gran Bretaña), la forma de un hipotético Estado-Nación.
 
En realidad, Sadam Husein resultó ser la consecuencia perversa de un paradigma del Estado-Nación aplicado con fórceps a un pueblo y a un territorio que no le prestaban lealtad y que hoy dan muestras constantes de rechazarlo.
 
Sadam fue derribado por Occidente por ser un peligroso tirano, aunque jugaba en el marco del paradigma occidental del Estado-Nación. El actual Gobierno iraquí, que se formó por métodos antitéticos a los de la tiranía, está siendo arrastrado por fuerzas que desprecian el Estado-Nación en que se agitan. Descifrar este tipo de paradojas rebasa las capacidades intelectuales de los más experimentados políticos y diplomáticos. En realidad, como siempre, sólo podemos estar seguros de que la Humanidad avanza a golpe de errores.
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