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ASIA

Caos en Afganistán

Según una encuesta de finales de marzo llevada a cabo por el New York Times y la CBS, siete de cada diez estadounidenses considera que las tropas de su país no debieran permanecer en Afganistán.  

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El dato refleja cansancio popular ante la prolongada presencia norteamericana en el caótico país musulmán, y es posible que tres sucesos recientes hayan influido en él poderosamente:

1) un vídeo que muestra a soldados estadounidenses orinando sobre cadáveres de supuestos talibanes abatidos;

2) la destrucción por fuego de ejemplares del Corán en una base militar en las afueras de Kabul, destrucción atribuida a un error o al temor de que contuvieran mensajes ocultos de la insurgencia;

3) la matanza perpetrada por un sargento norteamericano en Kandahar, en la que perdieron la vida 17 civiles indefensos.

Cada uno de esos hechos provocó reacciones airadas en la población afgana, tensó las relaciones entre los Gobiernos de ambos países y afectó al delicado diálogo entre Washington y los talibanes. En conjunto, no podían dejar de tener un impacto directo en la percepción colectiva de los estadounidenses sobre el devenir de la guerra.

Pero a lo anterior debe agregarse otro factor que ceba la impaciencia reinante: los ataques regulares contra fuerzas de la Coalición por parte de soldados afganos. En uno de ellos, registrado a principios de año, cuatro soldados franceses perdieron la vida y otros dieciséis resultaron heridos. Con esos cuatro, el número de militares franceses caídos en Afganistán desde 2001 se elevó a 82. En los últimos cinco años, unos 80 soldados extranjeros han muerto en ataques perpetrados por policías o soldados afganos. Tres cuartas partes de esos ataques han tenido lugar en el último año y medio.

Preocupado por las dimensiones del problema, el Gobierno afgano ha tomado una decisión curiosa: ha ordenado al Ejército espiar a sus propios miembros. Según algunos reportes de prensa, el Ejército ya tiene una lista de militares relacionados de una manera u otra con Pakistán, incluso habría exigido a los que tienen parientes en dicho país que trasladen a éstos a Afganistán o bien que abandonen la institución. "Cuando [nuestros soldados] están en Pakistán pueden ser influidos o intimidados por el enemigo", ha afirmado Sher Mohamed Karimi, jefe del Estado Mayor Conjunto.

Purgar el Ejército no será una tarea menor, especialmente en una nación con fuertes divisiones étnicas y sectarias. Prevenir los actos violentos de individuos alienados o de ideología cambiante será más difícil todavía. Pero el esfuerzo es absolutamente necesario. Para los soldados de la OTAN, combatir a los talibanes ya supone un desafío importante; si además deben hacerlo mirando constantemente a sus espaldas, su misión se tornará imposible.

 

julianschvindlerman.com.ar

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