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LECCIONES COREANAS

El costo del apaciguamiento

"Asia Indispensable" era el atractivo título de un curso sobre la más dinámica región del mundo. Fue en 2002, y yo, que estaba cursando un máster en Administración en Francia, no dudé en apuntarme a dicho curso optativo, dictado por el capo del HEC Eurasian Institute de París, uno de los principales centros sobre política económica del Lejano Oriente en Europa continental. Poco imaginaba que ese curso me familiarizaría más con la mentalidad predominante entre la élite francesa (y europea) que con cuestiones sobre la región asiática.

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Corea del Norte: un Estado criminal y un peligro para el mundo fue el atrevido título que escogí para mi trabajo final. Demasiado atrevido para el catedrático francés, que parecía más ansioso por ver a los Estados Unidos desplazados por China de su posición dominante en el mundo que el chino más chauvinista. Poco parecía importarle que Europa pasara a ser una potencia de tercera como parte de dicho proceso.
 
– ¿Derechos humanos? ¿Democracia? ¿Libertad de prensa? "Esos son temas que interesan sólo a los occidentales, y, en el fondo, son cuestiones menores que no preocupan a los asiáticos".
 
Lo que yo relataba en mi trabajo final no era novedoso: que la política de apertura del Gobierno surcoreano era un fracaso; que la Administración Clinton había sido engañada por Corea del Norte y se había perdido tiempo muy valioso; que los norcoreanos se dedican a chantajear a sus vecinos con el espectro del conflicto armado para conseguir dinero a cambio; que según estudios de la ONU, más de un millón de vasallos del "Supremo Líder" Kim Jong Il habían muerto de hambre en los últimos ocho años, desde 1994.
 
¿Un millón de muertos de hambre? "¿Y qué? ¡No hay pruebas!", corregía el profesor.
 
Kim Jong Il.Mi propuesta en aquel entonces consistía en que se utilizaran todos los medios que fueren necesarios para pararle el carro al Supremo Líder, antes de que fuera demasiado tarde. Para Monsieur le Professeur, semejante insolencia valía un suspenso (que luego convirtió en aprobado mínimo, "para evitar complicaciones burocráticas"). La mejor nota de la clase la obtuvo una guapísima compañera china que escribió una pequeña guía turístico-cultural de su ciudad de origen, Shanghai. Muy útil, seguramente, para el próximo viaje del viejo profesor.
 
Han pasado cuatro años, y hoy nos encontramos con el Supremo Líder ya con arsenal nuclear, amenazando con misiles a dos de las democracias más exitosas de Asia. Nadie hizo nada para detenerlo cuando todavía no poseía armas atómicas y ahora es, quizás, demasiado tarde para hacerlo sin consecuencias mayores. Cualquier movimiento por parte de Estados Unidos para detener a Corea del Norte podría provocar una verdadera masacre en Corea del Sur, quizás un holocausto nuclear en Japón.
 
No creo tener ninguna idea potable para solucionar el problema de Corea del Norte hoy por hoy, pero sí creo que debemos aprender de lo que sucedió hace unos pocos años, para no cometer el mismo error con Irán.
 
A Rusia y a China les da igual: están haciendo grandes negocios con Irán y no tienen el menor interés en lidiar con este problema. Los europeos, por su parte, han pasado meses tomando el té con los delegados iraníes, permitiéndoles durante este tiempo continuar con su desarrollo nuclear pero sin obtener concesión alguna. De todas maneras, creo que todavía estamos a tiempo de pararle los pies al régimen criminal de los ayatolás y evitar que éstos adquieran capacidad nuclear. Está bien que lo hayamos intentado por vía de la ONU, y todavía podemos esperar un lapso prudente para ver qué responden los iraníes. Pero, como la historia del caso coreano nos debería haber enseñado, no importa lo que se firme si no hay un proceso de verificación efectiva de que el acuerdo se está cumpliendo.
 
Hace falta actuar con claridad y con decisión. Es ahora el momento de hacer lo que sea necesario para evitar que Irán esté en unos pocos años en la misma posición que Corea del Norte: chantajeando al mundo y amenazando con destruir a países democráticos si éstos no hacen lo que quiere.
 
 
Pablo Kleinman, director general del periódico de opinión El Iberoamericano.
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