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ABÚ MUSAB AL ZARQAUI

Hemos matado al príncipe de Al Qaeda

La primera pregunta que formularon algunos escépticos en las primeras horas del pasado 8 de junio fue: ¿representa una victoria la eliminación, en Irak, del jefe terrorista Abú Musab al Zarqaui? Por supuesto, se trata de una gran hazaña. El hombre que ordenó –y a veces ejecutó personalmente– el salvaje asesinato de tantos iraquíes, árabes, europeos y americanos era un representante del mal, en los sentidos filosófico y sociológico de la palabra. A pesar de sus adornos religiosos, no respetaba ley divina o humana alguna.

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La captura de rehenes inocentes y su posterior decapitación filmada –las grabaciones se enviaban a Al Yazira y se colgaban en webs salafistas– son un acto desprovisto de humanidad. En los años 40, el perverso hitlerismo perpetró un genocidio, pero sus autores materiales no emitían sus diabólicos actos en las salas de cine. Zarqaui sobrepasó a los nazis en términos cualitativos; no así, afortunadamente, en términos cuantitativos. Dejando al margen el laberinto iraquí, y de la región en su conjunto, así como el estado de la guerra contra el terror, la eliminación de este terrorista yihadista ha puesto fin a un crimen contra la Humanidad.
 
Además de las familias americanas, occidentales, árabes, de Oriente Medio y de otras partes que han llorado a las víctimas de la maldad de Zarqaui, los iraquíes han sufrido durante años la furia de este terrorista. No sólo trató de obstaculizar el proceso político y amenazar a todos los ciudadanos que se atreviesen a dar un paso al frente en lo relacionado con las prácticas democráticas o la modernidad, sino que forzó a muchas áreas del país, especialmente al Triángulo Sunní, a retroceder hasta la Edad Media.
 
Irak y Zarqaui no podían coexistir: se trataba del terrorista o del país. Al final, el terrorista ha sido eliminado. He aquí una lección para todos sus diabólicos secuaces.
 
Desacuerdos políticos aparte, el fenómeno Zarqaui apenas era humano. No sólo condenaron su ideología la mayoría de los iraquíes, incluso muchos de los propios yihadistas pensaban que iba demasiado lejos.
 
Zarqaui, en efecto, creó la versión más mutante del salafismo-takfirismo, una versión que transgredía todas las normas humanas de convivencia. En lo relacionado con la historia, habría enfurecido con sus malinterpretaciones a los líderes por los que decía luchar. De haber vivido en la época de las Cruzadas, y eso era lo que creía, el propio Saladino le habría encerrado en la cárcel, o decapitado. Hasta los califas islámicos con mayor poderío bélico se habrían distanciado de semejante asesino de masas. En pocas palabras, Zarqaui encarnaba el mal en estado puro.
 
Este jordano wahabí y salafista, y autodenominado yihadista, tenía una característica singular: decía estar inspirado por la divinidad mientras perpetraba verdaderos baños de sangre. El día en que fue eliminado por la coalición, su cuñado y otros partidarios afirmaron que estaba cumpliendo "una misión de Alá". He aquí la tragedia: decenas de miles de yihadistas, en todo el mundo, son aleccionados en las madrasas para creer que son piezas de un gigantesco mosaico.
 
La forja de terroristas se realiza mediante la sumisión al destino. Una vez que se lava el cerebro a los "estudiantes" con la nueva aqida (doctrina), el universo que les envuelve les arrastra para siempre. En esta constelación de ilusiones, los yihadistas se crean su propio mundo. Algunos desarrollan su "talento" yihadista hasta extremos inhumanos, por ejemplo, Mohamed Atta y los otros 18 autores materiales del 11 de Septiembre, o los terroristas suicidas de Londres y Madrid.
 
Pero mientras que otros "talentos" salafistas y wahabíes mantuvieron cierta humildad ideológica, a pesar de su barbarismo, Zarqaui cruzó todas las líneas. En algún momento, y dado que se veía desafiando al "gran poder infiel" sobre la Tierra, inhaló los efluvios ineluctables del sentimiento de superioridad.
 
En los chat de Al Ansar, sus ciberpartidarios le proclamaban "el emir que no puede ser derrotado, el emir de la muerte y la destrucción que puede someter lo que ningún otro comandante musulmán anterior (sic) pudo someter, bajo el Profeta". Estos sentimientos hacían de Zarqaui un candidato a la dirección suprema de las fuerzas de la yihad en Oriente Medio. Ensimismado con el istizaam (la grandeza de uno mismo), Zarqaui pensó que era invencible. "Los ejércitos de Occidente y los países árabes apóstatas no pueden atraparle", se escuchaba en Al Yazira. Otros proclamaban que Zarqaui era "la respuesta a la guerra contra el Islam y la religión de Alá".
 
Obviamente, Zarqaui se ensoberbeció, y poco a poco abandonó la modestia del liderazgo clandestino. Su último vídeo movió el fiel de la balanza en su psicología del dominio: jugaba con el "destino" y suscitaba la admiración de sus seguidores. Fue uno de sus últimos errores, y probablemente el mayor.
 
¿Qué pretendía conseguir Zarqaui? En la práctica, nada muy distinto a los designios de los salafistas: derrotar a las fuerzas de la coalición mediante el terrorismo, echar abajo las instituciones iraquíes con extrema violencia y establecer un emirato en el centro de Irak. Después tocaría pasar al interior de Jordania y Siria, donde los sunníes son mayoría, y avanzar hacia la costa libanesa, donde son predominantes las ciudades sunníes.
 
Con el Creciente Fértil en manos de una federación de emiratos yihadistas, habría lanzado su siguiente campaña hacia el sur, hacia la Península Arábiga. Las riquezas del reino y los principados de Arabia son enormes: se trata de la genuina región árabe, hay petróleo y alberga los dos lugares más sagrados del Islam.
 
Osama ben Laden.El Creciente Fértil era el espacio vital de expansión de Zarqaui, pero Arabia era el futuro patio trasero de Osama ben Laden. Por lo tanto, el emir de Irak  tenía su propia opinión sobre la zona exclusiva de interés del líder supremo del movimiento. De ahí que muchos observadores percibieran "tensiones". Con todo, las relaciones entre Zarqaui y Ben Laden estaban aún, en muchos sentidos, sometidas a las obligaciones de la Bayaa, la declaración de reverencia y fidelidad a Osama hecha por Zarqaui en 2004.
 
Mi modesta proyección era que Zarqaui estaba reforzando su posición dentro de Al Qaeda no para suplantar al "Sultán", Ben Laden, sino para consolidar la suya de tal manera que reemplazara, sin disputa, al "señor" tras la muerte de éste. Zarqaui quería heredar de Ben Laden; conocía sus propios límites.
 
En este contexto, Abú Musab llevó la yihad a su extremo: decapitaciones sensacionalistas, matanzas bárbaras, fotografías repulsivas; y se beneficiaba de su reputación de invencible. Debido a su comportamiento sanguinario, el Emir de Rafidain (los dos ríos) era en la práctica el futuro Ben Laden. Hasta el momento de su eliminación, no tenía un solo competidor en la nebulosa de Al Qaeda. Si usted lee bien esta ecuación, se dará cuenta de que la alianza de defensa y seguridad entre Estados Unidos, Irak y Jordania no sólo se ha quitado de encima al actual jefe de Al Qaeda en Irak, sino al futuro líder de Al Qaeda Internacional.
 
La caída de Zarqaui, más allá de los simples cálculos geopolíticos, tiene una importancia simbólica de primer orden: el mito del comandante invencible del yihadismo ha quedado reducido a cenizas. Pero el yihadismo no ha sido derrotado. Por el contrario, a la muerte de Zarqaui le sucederán sacudidas de violencia. No obstante, se ha quebrado una máxima, al menos a los ojos de muchos de los habitantes de la zona: aquellos que oprimen y matan en nombre de Alá son finalmente expuestos como gente no espiritual, y no porque pierdan batallas o caigan en el campo de batalla, sino porque han explicado la historia a sus seguidores de un modo que se ajusta a sus ambiciones, tanto ideológicas como personales. Han intentado convencer a sus fieles de que la divinidad está de su lado.
 
En los años 30, otro ideólogo afirmaba estar cumpliendo una "misión". Y para demostrarlo masacró a millones de personas. Pero al final, en 1945, su destino no fue el que había planeado. Zarqaui es un modelo a escala reducida de la mentalidad nazi. Ejercía la violencia para demostrar a sus seguidores que podía infligir cualquier injusticia a cualquiera porque estaba cumpliendo una misión de Alá, el Creador.
 
De la misma manera que otros países cercan a los terroristas y quiebran su guerra santa, la muerte de Zarqaui es una indicación clara de que tampoco Irak va a aceptar la visión que del futuro tienen los terroristas, sino que prepara a su Gobierno, a su Ejército y a su pueblo para implantar la democracia y participar en una gran hermandad de naciones.
 
 
Walid Phares, profesor de Estudios de Oriente Medio y miembro de la Fundación para la Defensa de las Democracias, con sede en Washington.
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