
Los demócratas que piden estas reducciones no son los únicos a quienes culpar por dar la impresión, sin importar lo errónea que sea, de que Estados Unidos se está quedando sin aliento en Irak, justo cuando la situación parece mejorar. La Administración Bush lleva hablando de reducir fuerzas desde que terminó la invasión, en 2003. Es más, el historial de interminables promesas hechas en este sentido por la Administración pone en perspectiva el presente debate.
El 3 de mayo de 2003 el New York Times informaba de los planes de la Administración para "retirar de Irak la mayor parte de las fuerzas de combate de Estados Unidos a lo largo de los próximos meses", reduciendo el número de efectivos de 130.000 a 30.000 hacia el otoño de ese mismo año. Según algunos funcionarios, la Administración "no quiso que quedasen ancladas en Irak cifras sustanciales de efectivos americanos", y estaba "impaciente por evitar el fantasma de la ocupación americana".
El 3 de mayo de 2003 el New York Times informaba de los planes de la Administración para "retirar de Irak la mayor parte de las fuerzas de combate de Estados Unidos a lo largo de los próximos meses", reduciendo el número de efectivos de 130.000 a 30.000 hacia el otoño de ese mismo año. Según algunos funcionarios, la Administración "no quiso que quedasen ancladas en Irak cifras sustanciales de efectivos americanos", y estaba "impaciente por evitar el fantasma de la ocupación americana".
Lo anterior no llegó a suceder. Tras la invasión, las fuerzas norteamericanas resultaron ser muy insuficientes para imponer el orden en el país. El cálculo que realizaron funcionarios del Pentágono como Paul Wolfowitz, que afirmaba que la fuerza necesaria para llevar la paz y la estabilidad a Irak no precisaba ser mayor que la necesaria para invadirlo, demostró ser erróneo. Por lo tanto, 135.000 efectivos se encontraban aún en Irak un año después de la invasión; demasiados como para evitar "el fantasma de la ocupación americana", pero muy pocos para hacer eficaz dicha ocupación en términos de imposición del orden y evitación del ascenso de una oposición armada.
Sin embargo, la Administración Bush continuó buscando reducciones. Los funcionarios del Pentágono difundieron que las cifras comenzarían a caer significativamente hacia el verano de 2004. Pero conforme se acercaba el verano empezaron a pedir más dinero para mantener los niveles de los efectivos, y alrededor de 20.000 de los que se preveía volverían a casa tuvieron que quedarse. A comienzos de 2004, funcionarios de la Administración hablaban de nuevo de reducir significativamente las tropas, quizá a tiempo para las elecciones de noviembre. También se equivocaron. Hacia diciembre de ese año había 150.000 efectivos.
El pasado abril, cuando había 142.000 efectivos en Irak, altos funcionarios militares comenzaron a hablar de la posibilidad de reducir las fuerzas a poco más de 100.000 para principios de 2006. Pero por el mes de agosto, según el Post, los planes del Pentágono pedían un incremento de 10.000 efectivos en otoño, con posible descenso a unos 120.000 hacia la primavera de 2006 y mayores reducciones hacia el final de 2006, hasta alrededor de 100.000. El mes pasado se desplegaron cerca de 150.000, y, según el Pentágono, "la idea actual" es que la cifra se reduzca a 138.000 después de las próximas elecciones iraquíes, y por debajo de los 100.000 hacia finales de 2006.
El presidente Bush en persona insistía repetidamente en que, sin la victoria, no tenía intención de retirarse de Irak o de reducir las tropas. Pero, aparentemente, el presidente tiene poco control sobre lo que afirman y hacen sus propios funcionarios. Así que ha habido un constante redoble de tambores sobre las reducciones desde la primavera de 2003, y cada promesa quedaba inevitablemente rota o desechada por la obstinada realidad militar de Irak.¿Es sorprendente que los demócratas, incómodos al defender la guerra que una vez apoyaron, se sientan cómodos ahora, al hablar de la retirada? Sus argumentos se derivan directamente de los discursos de la Administración. Algunos de los más altos mandos militares y del Pentágono han afirmado, desde el principio, que la presencia de un gran número de efectivos norteamericanos es un gran motivo para el incremento de la insurgencia, y que el ingrediente clave para el éxito es "una pequeña presencia". Esto ha demostrado ser erróneo. ¿Pero hasta qué punto debemos culpar a Nancy Pelosi, a John Murtha o a John Kerry por esgrimir el mismo argumento y sugerir que Irak puede estabilizarse y asegurarse sólo mediante una drástica reducción de las fuerzas? ¿Algún alto mando militar, algún alto funcionario del Pentágono ha explicado realmente por qué no es éste el caso?
Deberían empezar a hacerlo, aunque vaya a significar la puesta en evidencia de los errores de cálculo de finales de la guerra. La fuerza norteamericana era, para empezar, demasiado pequeña, y continuó siéndolo durante la mayor parte de los últimos dos años. Como consecuencia, no desempeñó el papel que una fuerza de ocupación tiene que asumir a la hora de llevar la estabilidad a un país, los requisitos para dar lugar a un Irak seguro y capaz de mantenerse en pie. En lugar de preocuparse por una "huella" americana excesivamente grande, la Administración y los funcionarios militares deberían haberse ocupado de impedir que se extendiese la oposición armada, así como de la responsabilidad moral y práctica de proporcionar seguridad al pueblo cuyo país habían invadido.
Ahora que las fuerzas iraquíes comienzan a luchar en mayor número y con más eficacia podemos estar llegando al punto en que la actual presencia norteamericana, de más de 150.000 efectivos, sea la adecuada para proporcionar a los iraquíes la seguridad y la estabilidad necesarias. Puede que estemos hoy donde deberíamos haber estado hace dos años. Si los niveles de efectivos americanos se mantienen constantes y los de las fuerzas iraquíes se incrementan, cambia gradualmente el equilibrio del conflicto a nuestro favor. Pero con casi total certeza tendremos que mantener parte de dichos niveles durante otros dos años, y probablemente durante más tiempo.
La controversia sobre la reducción de efectivos y la retirada seguramente es tan inútil como efímera. Durante dos años y medio, a pesar de las interminables promesas de reducciones, a pesar de las batallas electorales, los escándalos y las cambiantes suertes políticas, Estados Unidos ha sostenido en Irak una fuerza constante de entre 130.000 y 150.000 efectivos. Puede usted apostar que las cifras no serán sustancialmente inferiores a uno o dos años vista. ¿No estaríamos mejor, no serían mayores nuestras perspectivas de éxito, si simplemente lo admitiéramos?
Aún mejor: la Administración podría explicar por qué es tan importante mantener esas tropas en su sitio, para que el público comprenda el largo camino que queda por recorrer. Podría empezar tomando medidas para incrementar el tamaño total del ejército, de modo que el despliegue sostenido no lo "divida". Podría, en fin, dejar de hacer falsas promesas que ni puede ni debiera cumplir hasta que Irak no esté seguro y sea estable.
Robert Kagan, colaborador de The Weekly Standard, miembro permanente del Carnegie Endowment for International Peace y representante trasatlántico del Marshall Fund. Este artículo apareció originalmente en The Washington Post el 4 de diciembre.