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CUBA

Las diferencias entre Raúl y Fidel

Raúl Castro ya cumplió ochenta años, pero no ha aprendido demasiado. Cuando tenía treinta, vivía deslumbrado por el modelo soviético de organizar la convivencia. No tardó en comprobar que los resultados eran desastrosos. Finalmente, la URSS implosionó y Marx fue a parar al basurero de la historia.

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Ahora Raúl se decanta por una variante raquítica de la experiencia chino-vietnamita. Intenta legar a los cubanos un sistema de producción micro-capitalista, sin mercado y sin acumulación de beneficios, deliberadamente castrado con la cuchilla fiscal para que las empresas no crezcan, controlado por un gobierno comunista de partido único que no ofrece subsidios, vigila implacablemente y cobra altos impuestos pero, no se sabe por qué, espera a cambio lealtad y eficiencia de parte de los trabajadores.

Ya se puede hacer cierto balance del raulismo. Han pasado cinco años desde que el octogenario asumió el mando. Hasta ese momento sólo era el hermano menor de Fidel, un apéndice emocional y vitalmente subordinado a los caprichos de un Máximo Líder que le había hecho la biografía tirándole de la oreja.

Fidel lo había arrastrado al ataque al Moncada, a la cárcel, a la Sierra Maestra. Luego lo llevó de la mano al poder y lo hizo ministro de Defensa a los 28 años, y allí lo designó heredero y lo dejó instalado, vigilando el polvorín, como segundo de a bordo, para que continuara la labor revolucionaria en caso de que él desapareciera.

Pero las cosas sucedieron de otro modo. Fidel no desapareció del todo. Se quedó medio muerto, o medio vivo, como un holograma, y deambula por internet y por la tele, de vez en cuando, pergeñando unos textos delirantes. Mientras tanto, Raúl no se dedica a prolongar la obra de su hermano, sino a tratar de enmendar el inmenso desastre que le ha tocado como herencia.

En esencia, el país que recibió por vía dinástica está quebrado. Desde hace muchos años produce mucho menos de lo que necesita, está endeudado hasta las cejas y, como no paga sus deudas, no tiene acceso al crédito. Los cubanos deben importar el ochenta por ciento de los alimentos que consumen, mientras la mitad de la tierra cultivable está ociosa, y la infraestructura vive de remiendos precarios.

Por la cabeza de Raúl no pasan la apertura política, aumentar el ámbito de las libertades individuales o permitir el pluripartidismo. Todo eso es tabú. Su idea de la reforma consiste en echar las bases de un Estado fuerte y eficiente, liberándolo de los asalariados innecesarios (un tercio de la fuerza laboral) y mantener férreamente controlado el poder político. Ha cambiado, eso sí, la estrategia represiva. En lugar de condenar a largas penas a los demócratas que se atreven a disentir públicamente, ha dado órdenes de acosarlos constantemente, apalearlos y detenerlos por periodos cortos. Supone, y tal vez tenga razón, que con esas medidas basta para mantener la disciplina en el manicomio.

Algunos diplomáticos y políticos extranjeros que han conversado con él, sin embargo, le encuentran grandes diferencias con su hermano Fidel. La primera es que escucha al interlocutor. Es capaz de atender en silencio las críticas al sistema sin fabricar sofismas para defenderlo y sin apoderarse de la palabra durante horas para explicar que donde peor funcionan las cosas es en el mundo capitalista. Ese realismo lo lleva de la mano a una actitud más humilde: Raúl está más avergonzado de los fracasos de la revolución que orgulloso de sus logros. En privado admite, melancólicamente, que el país que le dejó su hermano se está cayendo a pedazos. En eso, al menos, es más sensato.

Pero la más intrigante de las diferencias se da en el terreno de la corrupción y la ineficacia. Raúl es una especie de Robespierre cruzado con el Donald Trump del programa You're fired. Fidel podía convivir con funcionarios corruptos o incompetentes durante décadas, siempre que le fueran perrunamente leales, mientras que Raúl mantiene cero tolerancia con ambas actitudes y vigila, persigue y castiga a sus colaboradores venales o torpes. Sin embargo, contradictoriamente, es mucho más dado al nepotismo familiar y a gobernar con un grupo de generales afines y obedientes.

En todo caso, lo que Raúl no ha conseguido, hasta ahora, es organizar la línea sucesoria y crear un mecanismo respetable para transmitir la autoridad. El Partido Comunista sigue siendo una olla de grillos desmoralizados. Si le da por morirse puede ocurrir cualquier cosa, porque, francamente, allí casi no quedan revolucionarios. La experiencia los ha curado de espanto.

 

© Firmas Press

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