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CUBA

Los gallegos traicionados por Fraga

Tal vez no pueda definir bien si siento indignación o aburrimiento. Probablemente las dos cosas. Por supuesto, indignación ante la debilidad ética de muchos políticos españoles, que tantas veces muestran un pragmatismo torpe y un relativismo cobarde en cuanto a los principios en su consideración o tratamiento del tema cubano. Los cubanos somos objeto de una atención hipócrita por parte de estos políticos, y no es verdad que nos aprecien (como retóricamente afirman) de forma entrañable, casi familiar.

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En realidad somos, para estos políticos, un pueblo menor, si acaso "simpático y bullanguero". También aprecian, algunos por vergonzante ideología y otros por un mediocre acomplejamiento histórico, al sanguinario y procaz tirano cubano. Los unos, enredados en los reaccionarios retazos ideológicos de eso que con obsceno orgullo llaman "la izquierda"; los otros, supurando resentimientos debido al supuesto arrebato de que fueron objeto en 1898 por los malvados yanquis: su querida "Perla de la Corona".
 
En el asunto cubano coinciden, así, la izquierda totalitaria, la izquierda vergonzante (travestida en moderna) y la derecha antigua, dificultosamente reciclada. De nuestro lado, en medio de nuestra soledad, sólo podemos contar con la derecha liberal. Indignación.
 
Aburrimiento, porque la complicidad, la complacencia y la justificación de tantos políticos españoles y no españoles para con la brutalidad de la tiranía cubana se va convirtiendo ya en algo tan contumaz que ya poco nuevo o eficaz podría decirse para desenmascararles o condenarles. Se trata, a todas luces, de una enfermedad crónica y absolutamente incurable.
 
Hace pocos tiempo nos indignábamos con la fascinación de Chaves (el español, el presidente del PSOE, tan próximo en este sentimiento al Chávez venezolano) con Castro. Después vendría la alegre visita de Maleni a Cuba, firmando entusiasmada acuerdos de ayuda con la tiranía.
 
Felipe González.Desde antes, desde el brusco cambio de la política exterior española sobrevenido tras los aciagos días del 11 al 14 de marzo del pasado año, veníamos asistiendo con cierta angustia al reiniciado (con gran fuerza) romance del socialismo español con el castrismo. Angustia e irritación, aunque no sorpresa.
 
Antecedentes teníamos de sobra del callado –a veces no tanto– amor de muchos socialistas españoles por el totalitarismo caribeño. En nuestra memoria, las displicentes visitas de González, acompañado de Castro, de espectaculares mulatas, de mojitos y de puros, a las cálidas noches del cabaret Tropicana en La Habana. Un verdadero paraíso socialista bajo las estrellas. O aquellas declaraciones del siempre sorprendente Rodríguez Ibarra, refiriendo cómo debía sus barbas y su militancia política a la revolución cubana.
 
Por eso, ahora el amable tendido de corazones del tándem Zapatero-Moratinos viniendo al rescate de sus parientes del Caribe no podía producirnos sorpresa. Si acaso asco, por la retórica y la hipocresía de su discurso.
 
Confieso que en algo nos consolábamos con el apoyo que hemos recibido del Partido Popular. Cercanos y solidarios. Pero hete aquí que aparece otra vez en escena Manuel Fraga. Justamente ahora. El gallego Fraga. Con la falaz excusa de ejercer un galleguismo que estaría por encima de principios, de ideas y de la mínima decencia, recibe conmovido a Raúl Castro. Le abraza con la fuerza y la ternura con que se abraza a un viejo amigo. Ni siquiera parece haber tomado precauciones para no mancharse con la sangre que acompaña a ese sujeto.
 
De izquierda a derecha, Ernesto Guevara, Rául Castro y Fidel Castro.Le distingue como a un medio gallego y le pasea por toda Galicia. En el encantador periplo, hasta el muy respetable alcalde de La Coruña recibe al vice-sátrapa caribeño. Todo son alabanzas para el hijo cubano del gallego Ángel Castro, cuya casa natal exhibe una placa de reconocimiento. ¿Alguien se atrevió a hablar de presos políticos, de torturas, de falta de libertades, de democracia? No. ¿Cómo iban a ser tan desconsiderados con un invitado tan especial, por demás hijo de gallego?
 
Pues bien, señor don Manuel Fraga Iribarne, permítame decirle que el gallego Ángel Castro, que fue a Cuba como soldado y regresó después de la independencia para amasar una gran fortuna atropellando a otros paisanos y a cubanos, no es el mejor ejemplo de los gallegos que fueron a Cuba. Permítame decirle que los Castro hijos de aquel Ángel (será Caído) no son la mejor representación de los hijos de gallegos que emigraron a Cuba. Por el contrario, los medio gallegos hijos de ¿Ángel? han fusilado, encarcelado, robado los bienes y obligado al exilio a decenas de miles de gallegos e hijos de gallegos en Cuba.
 
Permítame decirle que quienes merecen ser reconocidos y auxiliados, quienes merecen no una placa sino un monumento, son los 800.000 gallegos, entre los cuales se encontraban mi padre, mis tíos, mis abuelos, que se fueron a Cuba huyendo de la miseria y allí fundaron familia, consiguiendo algunos riquezas y todos vivir con decoro, trabajando siempre muy duro. Permítame decirle que esos gallegos e hijos de gallegos de que les hablo consideramos una afrenta sus indecentes manoseos políticos con los Castro hijos del diablo, perdón, de Ángel.
 
Señor Fraga. No es la limosna de ayuda a los 7.000 gallegos que, según usted, viven todavía en Cuba lo que necesitamos. No es la ridícula gestión para unificar un matrimonio de gallegos. Ni siquiera, aunque esto hubiera tenido más valor, necesitamos que usted se interese por los presos políticos cubanos, como ha hecho en otras ocasiones, para después comprobar que las cárceles volvían a llenarse. Lo que queremos y merecemos los gallegos e hijos de gallegos víctimas de la tiranía castrista es su solidaridad, es su apoyo, y el de todos los demócratas gallegos y no gallegos, socialistas o liberales, a la causa de la libertad, la democracia, el respeto a los derechos humanos y la justicia en Cuba.
 
Señor Fraga. Yo nací en Cuba, y, recobrada la nacionalidad española, con gran orgullo escogí inscribirme como gallego. Si viviera en Galicia, en las próximas elecciones sin duda votaría por usted. Pero permítame decirle que, después de lo visto, tendría que hacerlo tapándome la nariz.
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