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VENEZUELA

Hugo Chávez y su pasión por los pobres

Muchos comentaristas extranjeros piensan que, a pesar de la clara orientación militarista y autoritaria del Gobierno de Chávez, hay que apoyar al caudillo venezolano porque su Gabinete está realizando una decidida labor en favor de los pobres que debe ser valorada y reconocida como positiva. A propósito del tema, se suelen mencionar las llamadas "misiones", iniciativas directas que proporcionan ayuda para diversos fines sociales como, por ejemplo, la atención en salud en los barrios más pobres o la culminación de los estudios primarios o secundarios.

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La izquierda de los países más desarrollados –y muchos intelectuales de nuestra región– suelen arrebatarse de entusiasmo cuando aparece un gobernante fuerte que se declara partidario de los pobres y enemigo de los Estados Unidos y eleva su voz en favor de los más necesitados. No importa mucho que esos caudillos sean profundamente antidemocráticos o que cancelen la vigencia de muchas libertades cívicas, políticas o económicas: eso se excusa con benevolencia porque se asume que un fin más alto, el bienestar del pueblo, resulta más importante que una libertad que se percibe como un lujo burgués.
 
A todos estos entusiastas, sin embargo, les convendría revisar un poco los logros concretos de estos caudillos iluminados, porque cuando se conocen los datos reales se encuentra –sin excepción– que, en vez de mejorar las condiciones de vida de los más necesitados, resultan verdaderos fabricantes de miseria. Veamos el caso del venezolano Hugo Chávez.
 
Durante los seis largos años que lleva como líder de su "revolución bolivariana", el teniente coronel ha recibido, por cuenta de los ingresos petroleros, la astronómica suma de 120.919 millones de dólares, mucho más que cualquiera de sus predecesores. Son alrededor de 20.000 millones anuales, una cifra que podría dar envidia a cualquier Gobierno latinoamericano.
 
Chávez, abrazando a una simpatizante.Este ingreso, sin embargo, parece no haberle bastado: la deuda total del sector público ha crecido, en los primeros cinco años, de 27.000 a 45.000 millones de dólares. Con todo ese dinero, los gastos reales del Estado han aumentado un 40% en seis años, con lo cual –pensará nuestro ingenuo izquierdista en París o en San Francisco– seguramente habrán mejorado las condiciones de vida de los pobres en Venezuela. Nada más falso.
 
La economía no ha crecido: al contrario, ha disminuido en su tamaño, mientras la población no ha dejado de aumentar. El producto global, la producción total del país, ha disminuido un 11% en este mismo período; si tomamos en cuenta el crecimiento poblacional, encontraremos que cada venezolano tiene hoy, en promedio, un ingreso un 25% inferior del que tenía al comienzo de la llamada "revolución bonita". Esto se ha producido por la desconfianza que produce el irrespeto a la propiedad privada, por el clima de confrontación permanente que se vive en Venezuela, por la ampliación de unos gastos estatales que para nada resultan productivos.
 
Bueno –nos dirán–, la situación habrá empeorado en general, pero el ingreso debe estar hoy mejor repartido, en beneficio de quienes más lo necesitan. Lamentablemente, esto tampoco es cierto: una inflación permanente, la más alta de América, ha hecho que los alimentos que costaban 100 bolívares hace 6 años cuesten ahora 383. Claro que los salarios también han aumentado, pero lo han hecho a un paso mucho más lento, pasando de 100 (como punto de referencia) a 250.
 
En total, y para resumir, un asalariado venezolano tiene hoy un poder adquisitivo que es un 35% inferior al que tenía al comenzar el Gobierno de Chávez. Agreguemos a eso que la desocupación abierta se mantiene en cifras del 15% y se comprenderá por qué la pobreza crece en el país, por qué aumenta la desnutrición, especialmente entre los niños y en las zonas rurales.
 
Son cifras frías que no alcanzan a transmitir toda la carga emocional de los discursos de Chávez, todas las promesas y las dádivas que no se cansa de otorgar. Pero son cifras concretas y reales, proporcionadas por el mismo Gobierno a través del Banco Central de Venezuela, que sirven para mostrarnos a dónde conducen la demagogia y el estatismo sin control que reinan en la otrora rica Venezuela.
 
 
© AIPE
 
Carlos Sabino, doctor en Ciencias Sociales y profesor de la Universidad Francisco Marroquín.
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