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ORIENTE MEDIO

No a la partición de Irak

A instancias del demócrata Joseph Biden, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, y del profesor de la Universidad George Washington Amitai Etzioni, el pasado 18 de junio tuvimos un encuentro unos cuantos "sospechosos habituales" en el debate sobre la guerra en Mesopotamia. El motivo era debatir el llamado Plan Z para Irak, que postula la "partición suave" del país y que cuenta con el respaldo del propio Biden.

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Etzioni hizo las veces de moderador en un debate donde yo fui el único que ni condenó el neoconservadurismo, ni bramó contra el presidente Bush ni declaró que no había manera de vencer en Irak. Entre mis contertulios (nueve figuras destacadas de la escena política washingtoniana) se contaban Michael O'Hanlon, de la Brookings Institution; Marina Ottaway, del Carnegie Endowment for International Peace, y dos destacados neoaislacionistas: Ivan Eland, del Independent Institute, y Christopher Preble, del Cato Institute. Por decirlo en pocas palabras, el ambiente en la sala podía resumirse con la célebre coletilla "Apaga y vámonos". 
 
Tal y como recoge Etzioni en el informe "Plan Z: For a Community Based Security Plan for Iraq", Biden aboga por una sustancial devolución de poderes en Mesopotamia. Irak quedaría dividido en distritos en función de las mayorías presentes en cada zona (de kurdos, de árabes sunníes o de árabes chiíes), y el considerable poder con que contarían las entidades locales reduciría el Estado iraquí a la práctica irrelevancia. El citado documento incluye un buen número de afirmaciones a las cuales tengo objeciones que oponer, basándome para ello tanto en mis propias conversaciones con intelectuales y clérigos árabes (tanto chiíes como sunníes) y kurdos como en mi experiencia en la antigua Yugoslavia. (Recordemos, por lo demás, que se suele citar el de Bosnia-Herzegovina como un caso exitoso de partición, a raíz de los Acuerdos de Dayton de 1995).
 
La descentralización no es ni de lejos una cuestión novedosa en la arena de la política internacional (recuerden la reciente victoria electoral de los independentistas en Escocia), y, desde luego, hay soluciones peores para Irak. Sea como fuere, la solución patrocinada por Biden es problemática. Se sirve de la federalización del país como pretexto para una partición que, incluso aunque se lleve a cabo con formas suaves, podría dar lugar a más y no a menos derramamiento de sangre.
 
El tan mentado petróleo no es lo único que provoca enfrentamientos entre las distintas comunidades étnicas y religiosas de Irak. También los recursos hídricos y el propio territorio son motivos de disputa. Por otro lado, las familias y los poblados mixtos se verían aún más violentamente divididos si se lleva a efecto la partición, la cual abriría, por lo demás, profundas heridas psicológicas que no se cerrarían en generaciones.
 
La expulsión de comunidades de un determinado lugar no es sino una práctica de reubicación forzosa. Los partidarios del Plan Z hablan despreocupadamente de "reubicaciones étnicas voluntarias", pero lo cierto es que no ha habido una sola comunidad en la historia que haya aceptado ser reubicada voluntariamente.
 
El cuadro que presentan Biden y Etzioni muestra un Irak en el que todos los grupos –los sunníes árabes, la mayoría chií (largamente oprimida), los kurdos– se reparten por igual las culpas en la crisis. Pero lo cierto es que la división del país es principalmente consecuencia del largo periodo de dominación de los sunníes árabes.
 
Como queda reflejado en el caso de los kurdos iraquíes, los movimientos religiosos o nacionalistas pueden lograr la estabilización de un territorio si la población del mismo es homogénea, sus exigencias se perciben como resueltas en gran medida y la comunidad se siente "dueña de su propio hogar". "Según el general de división Benjamin Mixton (...), la presencia norteamericana no es necesaria en el Kurdistán debido a que las zonas kurdas están siendo patrulladas por tropas kurdas", puede leerse en el informe de Etzioni. Yo añadiría el hecho de que el terrorismo wahabí de financiación saudita en el Kurdistán, encabezado por el grupo Ansar al Islam, fue derrotado contundentemente por los kurdos.
 
El Plan Z estimularía a los radicales sunníes, a los milicianos chiíes y a los combatientes kurdos a avanzar hacia el pleno control de las zonas que reclaman. Varios de los participantes en el debate en que tomé parte sostuvieron que, como ya se han producido numerosas calamidades, no hay manera de ponerles freno. Pero el hecho de que se hayan registrado actos de limpieza étnica, haya habido segregaciones de vecindarios, se hayan formado milicias descontroladas, etcétera, no quiere decir que debamos otorgar legimitidad a todo ello. No deberíamos hacerlo. Si un grupo ha cometido una injusticia en un lugar durante un extenso período de tiempo, lo que hay que hacer es reconocer dicha injusticia y proceder a su reparación. Si un grupo demanda un mayor grado de autonomía, lo que hay que hacer es prestarle atención. Y no podemos llamar solución a una efímera paz fruto del apaciguamiento de aquellos que han cometido atrocidades abominables.
 
El plan Biden incluye otras imprudencias. Así, se sugiere que los ingresos fiscales pasen de la autoridad central, con sede en Bagdad, a los nuevos distritos, étnica y religiosamente puros. Semejante repatriación podría funcionar en algunos países, pero en Irak se corre el riesgo de que no haga sino agravar el problema de la corrupción.
 
Asimismo, Biden y compañía apuestan por el establecimiento de rigurosos controles fronterizos, para que la gente no se pueda mover de sus respectivos distritos. Esto sólo puede conducir a la disolución y a una partición para nada suave, sino bastante violenta. Ni siquiera la denominada "República Serbia" de Bosnia-Herzegovina, que cuenta con una administración política separada, impone tales controles fronterizos (sí los hay, en cambio, en la ilegal zona serbia establecida al norte de Mitrovica, Kosovo). Los controles fronterizos internos no existen en ningún país "normal", y no contribuirían a la normalización de Irak.
 
En un excurso verdaderamente estupefaciente, el documento de Etzioni afirma que el santuario chií de Samarra, que ha sufrido dos atentados devastadores en tiempos recientes, ha de quedar en manos sunníes, pues sunní es la mayoría de la población en el área de Samarra. Los sunníes no van a respetar, proteger o mantener el recinto, que, por cierto, se supone debe reconstruir la Unesco. A ojos de los chiíes, entregar la mezquita de la cúpula dorada de Samarra a los sunníes sería una provocación flagrante.
 
Etzioni ha llegado a sugerir que en Irak los Estados Unidos deben "separar a las partes en conflicto sin decantarse por una u otra". Eso no es sino la reedición de la política de falsa equivalencia moral seguida por Europa durante las guerras en la antigua Yugoslavia, especialmente en Bosnia-Herzegovina. El fracaso a la hora de reconocer quién agrede y practica el terrorismo beneficia a los agresores y a los terroristas.
 
Los serbios atacaron Bosnia-Herzegovina. Los bosnios no atacaron Serbia. El terrorismo sunní es ahora el principal problema de Irak, y está siendo auspiciado por los wahabíes de Arabia Saudí y de los demás lugares del planeta. Con independencia del apoyo iraní a las milicias chiíes, sugerir una equivalencia moral entre los terroristas sunníes y la mayoría chií equivale a lanzar un mensaje equivocado tanto el Gobierno iraquí, dominado por los chiíes, como a la mayoría chií: que los Estados Unidos están dispuestos a abandonarlos. Y, por añadidura, se envía un mensaje igualmente equivocado a los radicales sunníes: los Estados Unidos están preparados para apaciguarlos.
 
Etzioni observa que Biden, "en un artículo en el que compara Irak con Bosnia, defiende una solución que pase por la constitución de tres regiones". La partición de facto impuesta por los Acuerdos de Dayton no fue, y no es, una solución. Bosnia-Herzegovina es un país empobrecido al que se impide alcanzar un nivel de reconstrucción y éxito comparable al alcanzado por Croacia. De hecho, y aunque parezca increíble, en algunos aspectos está peor que Kosovo.
 
El éxito no se mide simplemente por el final de la violencia. Ha de basarse también en la rehabilitación de la sociedad. En este sentido, la comunidad internacional ha fracasado estrepitosamente tanto en Bosnia-Herzegovina como Kosovo. No hay a la vista probabilidad alguna de que se reduzca la presencia militar extranjera en Kosovo.
 
Finalmente, el plan Biden sostiene que ha de persuadirse a los árabes sunníes iraquíes de que el actual Gobierno de Bagdad, o la "partición amable", les trae a cuenta. En verdad, lo que hay que hacer es convencerles de que ni Arabia Saudí, ni el movimiento wahabí internacional ni Siria van a seguir procurándoles fondos y voluntarios, y que éstos no van a tener fácil penetrar en Irak para perpetrar actos terroristas. Se trata, esencialmente, de un asunto que atañe a las relaciones de Washington con Riad y Damasco.
 
En última instancia, tales políticas no se pueden decidir desde Washington. El futuro de Irak sigue perteneciendo a los iraquíes. Es cuando menos extraño ver a un grupo de expertos reunirse en un lugar identificado antaño con el realismo y el statu quo y ahora con la crítica a la democratización neoconservadora apoyar un plan para la partición de Irak. Por mi parte, sólo me queda decirle, estimado lector, lo siguiente: fíese de alguien que ha estado veinte años involucrado en la cuestión de la antigua Yugoslavia: la partición es potencialmente más dura y destructiva de lo que pueda ser jamás la democratización.
 
 
STEPHEN SCHWARTZ (SULEIMÁN AHMED SCHWARTZ), director ejecutivo del Center for Islamic Pluralism (Washington), la más importante institución con que cuenta el islam moderado.

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