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UN CASO CLARO DE DOBLE RASERO

Aguas por paz

A finales del siglo XIX, concretamente entre 1879 y 1884, Perú y Bolivia se enfrentaron con Chile en la llamada Guerra del Pacífico. Como consecuencia de ese episodio bélico, Lima y La Paz perdieron su territorio costero sur y su salida al mar, respectivamente. Ciento veintitrés años después, los roces entre estas naciones siguen dando que hablar.

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El Gobierno peruano publicó, a mediados del pasado agosto, una nueva cartografía, por la cual se adjudicaba 35.000 km2 del océano Pacífico que, al decir de su vecino del sur, están bajo soberanía chilena. La reacción de Santiago no se hizo esperar: el Gobierno de Michelle Bachelet hizo saber su "más formal protesta", rechazó el mapa armado por Lima y convocó en "consulta indefinida" a su embajador en Perú. La Cancillería chilena tildó de "agresiva" la actitud peruana, en tanto que el ministro de Exteriores, Alejandro Foxley, advirtió de que su país estaba preparado para "cualquier escenario"; "para enfrentar esta situación o cualquier otra".
 
Los parlamentarios elevaron aún más el nivel de la retórica condenatoria de la actitud peruana, que definieron como "una abierta provocación" (Patricio Walker, presidente de la Cámara de Diputados), "un hecho extraordinariamente grave" (Jorge Tarud, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados), "una virtual declaración de guerra" (Sergio Romero, senador) o "una provocación de insospechadas consecuencias" (Juan Antonio Coloma, senador). Dado este clima político, la aseveración del subsecretario de Exteriores, Alberto van Klaveren, en el sentido de que Chile vía con "seria preocupación" la movida peruana, pareció sintetizarlo todo.
 
Cuartel general de la ONU.Dada la gravedad de los acontecimientos, es llamativo que no se haya convocado aún a las Naciones Unidas, cuya experiencia en el manejo de otras disputas territoriales de alta conflictividad podría ser puesta al servicio de la resolución de esta contienda singular. Su Consejo de Seguridad, pongamos por caso caso, podría adoptar una resolución bajo la consigna de "Agua por Paz" que instara a las partes a realizar concesiones de soberanía marítima en aras del bien común. Ambas naciones tendrían la ocasión de probar ante propios y ajenos su vocación pacifista y abandonar toscos reclamos nacionalistas que sólo contribuyen a exacerbar una atmósfera ya de por sí muy exaltada.
 
Los versados funcionarios de la ONU podrían dar clases magistrales a los chilenos y a los peruanos sobre la necesidad de resolver esta crisis tan absolutamente crucial para la paz latinoamericana, así como advertirles –en los términos contundentes que la gravedad de la situación requiere– de que la perpetuación de sus posturas intransigentes sólo fomentará una mayor desesperanza popular, lo cual derivará en unos mayores niveles de extremismo regional. El secretario general bien haría en designar un enviado especial, dotado de un mandato robusto, para persuadir a las partes litigantes de que cesen en sus ataques verbales.
 
Por lo que hace a Europa, sus diplomáticos deberían estar organizando la próxima Conferencia Internacional para la Paz en Latinoamérica, a la que Chile y Perú serían instados a asistir, so pena de sufrir sanciones comerciales. Los siempre activos gremios británicos podrían contribuir al mantenimiento de la paz peruano-chilena lanzando campañas de boicot contra aquel país que persistiera en su nacionalismo recalcitrante, en tanto que las universidades norteamericanas podrían promover iniciativas de desprendimiento económico para motivar a las partes a reconsiderar sus nociones de patriotismo. Asimismo, la prensa internacional no debería dejar de utilizar esta excelente oportunidad para alertar a la opinión pública mundial acerca del peligroso sentimentalismo que aún subsiste en ciertos pueblos amantes del expansionismo territorial y excesivamente apegados a su pasado. Esto es lo menos que los pueblos del mundo libre deben hacer por la paz.
 
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Del otro lado del Atlántico existe un pequeño país cuya existencia –en su totalidad, no sólo una parte– no figura en casi ninguna de las cartografías de sus vecinos. En esos mapas (oficiales, educativos, mediáticos, populares) sus fronteras son borradas, y toda su área geográfica –a grandes rasgos, del mismo tamaño del área disputada entre chilenos y peruanos– anda desaparecida.
 
No se trata de forzar en estas líneas un enfoque comparativo, ni de precipitarse a sacar conclusiones demasiado obvias o triviales. Simplemente, no podemos evitar ceder ante la tentación del sarcasmo crítico a propósito de una situación que, con todo lo seria que ella indudablemente es, no deja de arrojar luz sobre la brecha existente entre la prédica moralista a que las naciones suelen someter a ese país invisible en las cartografías del Medio Oriente y la conducta que siguen ante situaciones semisimilares aunque infinitamente menos amenazantes.
 
Deseamos una pronta y pacífica resolución de esta disputa a nuestros hermanos latinoamericanos, y esperemos que este incidente diplomático sirva para sensibilizar a protagonistas y testigos por igual respecto de las realidades que otras naciones, en otras regiones, deben enfrentar cotidianamente.
 
 
JULIÁN SCHVINDLERMAN, analista político argentino.
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