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PALESTINA

¿Quién salvará a Imad Saad?

Los disidentes pagan un precio por su valentía. Siempre. A veces lo hacen con su vida. La represión, el terrorismo de Estado, la vida en la cárcel...: sólo otro disidente puede hacerse una precisa idea de lo que ha de afrontar un disidente. He aquí la razón de que Ida Nudel se haya hecho cargo de la defensa de Imad Saad.

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Nudel, que cuenta 77 años, fue en tiempos una célebre refusenik que luchó durante 16 años (cuatro de los cuales los pasó exiliada en Siberia) por el derecho a emigrar a Israel, que Moscú sólo concedió en 1987. Saad, de 25 años, es un policía palestino al que un tribunal de Hebrón (Autoridad Palestina) condenó a muerte en 2007 por haber cometido el crimen de informar a las autoridades israelíes del paradero de cuatro terroristas palestinos, los cuales fueron finalmente abatidos por las fuerzas de seguridad del Estado judío.
 
Mahmud Abbás (Abú Mazen). Al fondo, un retrato de Yaser Arafat.Con su contribución a la lucha contra el terrorismo, Saad puede haber salvado la vida a decenas de inocentes. Sin embargo, ha sido acusado de "colaboración" con Israel, y deberá comparecer ante un pelotón de fusilamiento a menos que la presión internacional obligue a Mahmud Abbás, presidente de la AP, a conmutar tal sentencia. O a menos que Israel "lance una operación de rescate para sacar[le] de su celda", que es precisamente lo que Nudel ha pedido al primer ministro hebreo, Ehud Olmert.
 
Se cuentan por centenares los palestinos disidentes que han sido asesinados por "colaboradores". En la intifada de finales de los 80 fueron tantos los palestinos que perdieron la vida a manos de otros palestinos que muchos acabaron hablando de intrafada. Hubo veces en que los llamamientos al asesinato de todo árabe que no comulgase con las tácticas letales de la OLP procedieron de la mismísima cúpula directiva de la referida organización. Cuando Elías Freij, el influyente alcalde de Belén, propuso una tregua para poner fin a los disturbios en Gaza y la Margen Occidental, Yaser Arafat expelió esta hosca advertencia:
Meteré diez balas en el pecho a todo aquél que quiera detener la intifada antes de que haya alcanzado sus objetivos.
Freij, entonces, retiró su propuesta.
 
Se suponía que el "proceso de paz" de Oslo y el establecimiento de la AP darían lugar a una autonomía palestina civilizada y pondrían fin al terrorismo antiisraelí. Pero ocurrió todo lo contrario. Con Arafat, la corrupción, la brutalidad y la anarquía crecieron exponencialmente, y los ataques a Israel alcanzaron niveles nunca antes vistos. Pocos palestinos desafiaban a los terroristas o apoyaban abiertamente la coexistencia pacífica con Israel; las consecuencias derivadas de ello podrían ser fatales. "Decenas de presuntos colaboradores han sido ilegalmente ajusticiados por individuos o grupos armados", podía leerse en un informe de Amnistía Internacional fechado en diciembre de 2002. "La Autoridad Palestina no investiga estas muertes, y ninguno de los autores materiales ha sido llevado ante la justicia".
 
Pero ¿no cesó este salvajismo en 2004, con la muerte de Arafat? ¿No nos garantiza la consecución de la paz la actual Autoridad Palestina, o al menos la parte que controlan Abbás y Al Fatah? El presidente Bush suele salir en defensa del rais. Así, el pasado 24 de abril declaró: "El presidente [palestino] es un hombre de paz (...) Es un hombre con visión de futuro y rechaza recurrir a la violencia para alcanzar sus objetivos".
 
EEUU, Israel y la comunidad internacional están plenamente convencidos de que Abbás no es Arafat y Al Fatah no es Hamás, de ahí que procuren tanto dinero, armas, adiestramiento y apoyo diplomático a la AP. Está bien, de acuerdo; pero entonces, ¿por qué está Imad Saad en el corredor de la muerte?
 
Como ya hiciera Arafat, Abbás se ha comprometido a poner fin a la violencia, al terrorismo y a toda incitación oficial contra Israel. Pero, como ya hiciera Arafat, no mueve un dedo. En la Hoja de Ruta se exige a los funcionarios palestinos que detengan a los "individuos o grupos que planeen o perpetren ataques violentos contra Israel, donde quiera que se encuentren". Eso, justo eso, es lo que hizo Imad Saad. En una sociedad racional y civilizada, sería ensalzado; pero en la mefítica Autoridad Palestina, donde campean el nihilismo, el culto a la muerte y el fanatismo islamista, ha sido condenado a muerte.
 
Hace tres años, otro antiguo disidente soviético exigió a Israel que interviniera para evitar que la AP ejecutase a "colaboradores" que habían ayudado a frustrar acciones terroristas. "Es imposible –advirtió entonces Natan Sharansky– construir un proceso de paz si está cimentado en sangre".
 
Sharansky y Nudel, ambos supervivientes del Gulag, hablan con una autoridad moral que ninguno de nosotros puede ignorar sin caer en la indecencia. Bush debe hacer de la salvación de Imad Saad la más alta prioridad de su política arabo-israelí. El mal llamado e ilegítimo "proceso de paz" puede esperar.
 
 
JEFF JACOBY, columnista del Boston Globe.
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