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DESDE JERUSALÉN

Reflexiones después (y antes) de la guerra

Cuando la última batalla en el Líbano ya sobrepasaba el mes de duración, Mahmud el herbicida anunció una solución en dos fases: la primera, el cese del fuego; la segunda, la destrucción de Israel. Hay que ser optimistas: ya se ha superado la primera.

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Menos superada está la apatía de Occidente frente a esta Tercera Guerra Mundial que nos impone el islamismo. Una desidia que el irrefutable Bernard Lewis ha venido señalando como característica desoladora de la contienda: su asimetría no reside sólo en que de un lado guerrea un mundo de progreso y democracia y del otro los portaestandartes de la opresión y el atraso empeñados en destruirnos, sino que, curiosamente, a los ayatolás y wahabistas les embarga una convicción fanática, mientras los libres asediados ni siquiera perciben la magnitud de la agresión.
 
Admitamos que en Israel la distinguimos un poco más, debido a que somos el blanco inicial del embate islamista, y en estos casos la sagacidad es la mejor receta de supervivencia (y todo, al módico precio de que nos consideren paranoicos). En estos días arrecian en la sociedad israelí las demandas para que el primer ministro y el titular de Defensa renuncien por su ineficacia en la guerra. Reservistas que fueron movilizados, familiares de soldados caídos y, en general, ciudadanos disgustados prosiguen con sus "carpas de protesta", sus manifestaciones y sus llamamientos para que Ehud Olmert y Amir Péretz dimitan de sus cargos.
 
Olmert reaccionó tardía e insuficientemente designando dos comisiones gubernamentales para que indaguen el accionar del Ejecutivo y la cúpula militar. Una de ellas será presidida por el casi octogenario Najum Admoni, jefe del Mosad durante la década de los 80. Los críticos denuncian que la comisión está subordinada al Gobierno y será impotente a la hora de dictaminar.
 
Busquemos lo positivo: por lo menos Israel investigará la vacilación a la hora de derrotar a quienes intentan demolernos. En contraste, una buena parte de Occidente no investiga nada, ni siquiera ve necesidad alguna de defenderse, y encima critica a Israel cuando éste lo hace.
 
Detalle de la cabecera de una manifestación en defensa de los terroristas de Hezbolá.La izquierda ha resultado especialmente ácida en este antiisraelismo patológico. Se repite en esta Tercera Guerra Mundial lo que ocurrió en la Segunda, cuando el tratado nazicomunista (23-8-39) permitió que un demagogo lunático se lanzara a exterminar a los judíos como primer paso para destruir las sociedades libres. Casi siete décadas después, en la misma fecha, ha remedado la ignominia de aquel pacto la banda fascista de izquierda Quebracho, cuyos militantes, con las caras cubiertas y garrotes en mano, ante la pasividad policial reprimieron (23-8-06) a un grupo de jóvenes hebreos, muchos vinculados a la Fundación Hadar, que pretendían manifestarse en Buenos Aires pacífica y legalmente contra las amenazas de genocidio que vocifera el autócrata iraní.
 
Los nazis solían apodar "bife" a los comunistas que se les sumaban por oportunismo (sugerían que eran negros por fuera pero rojos por dentro). Habría que buscar un mote apropiado para los violentos de hoy: nazis por dentro, en su odio por lo judío y lo liberal, y "progresistas" en sus banderas y formas externas.
 
La próxima etapa de la guerra
 
El alto el fuego logrado en la ONU (12-8-06) regaló al islamismo un respiro para rearmarse, mientras la apatía de Occidente cultiva el mito de que ahora se moderarán. La verdad es que los totalitarios, sean nazis, bolcheviques o talibanes, nunca se moderan, salvo en la rotunda derrota. En efecto, el representante de Hezbolá en Teherán, Abdalá Seif-a-din, declaró a la agencia iraní IRNA (30-8-06) que su estrategia es acumular misiles para el próximo capítulo contra Israel. Acaso debamos esperar pacientemente a que nos maten una vez más para dotar a nuestra reacción de mayor legitimidad.
 
A este respecto, el coronel Kobi Marom (quien comandó las tropas en el Líbano antes de la retirada israelí hace seis años) elogió, en un reciente reportaje aparecido en la prensa israelí (29-8-06), como "valiente" la decisión de nuestro Gobierno de haber emprendido el operativo militar luego de la infiltración fronteriza del Hezbolá (12-6-06), el secuestro de tres soldados y el asesinato de otros ocho.
 
Dicha iniciativa quebró la pasividad israelí frente a la constante agresión del terrorismo islamista, que en los medios europeos se denomina "tregua". Sin embargo, Marom agregó lo que siente una buena parte de la población: "El éxito diplomático habría sido mucho mayor si la operación terrestre hubiera persistido unos días más". Pareciera que la falta de convicción de la que advierte Lewis acechase también a algunos líderes israelíes.
 
Marom fue inequívoco sobre otro tema: "La amenaza iraní debe ser detenida a toda costa, incluso mediante un golpe aéreo israelí. Es preferible sufrir un contraataque de misiles iraníes que una devastación nuclear por parte del genocida".
 
Ha vencido el ultimátum de la ONU, y Mahmud el herbicida desafía al mundo con la prosecución de su programa nuclear, cuyo primer objetivo ya ha explicitado. No hay intereses contrapuestos entre Irán e Israel, como no los hubo entre Alemania y el pueblo judío, pero el odio es a veces más fuerte que los intereses.
 
Frente a la enorme amenaza, nuestra única defensa posible es la preventiva. Probablemente la Unión Europea no nos lo perdone, porque aún no se da por enterada de que el islamismo también le ha declarado la guerra a ella. Pero hay voces por doquier que despiertan esperanzas. Una emerge de la carta abierta que un liberal francés, François Leotard, escribió a Mahmud:
 
Uno de los pueblos más cultos del mundo, que había elevado la filosofía, la música, la poesía, se hundió en el odio, la locura racial, la infamia. Decenas de millones de individuos sufrieron en su carne esa barbarie que se presentaba como un "nuevo orden". Fue una guerra contra lo que había de humano en nosotros. Se quemaron los libros, los niños fueron deportados y asesinados, las inteligencias fueron quebradas. Todo lo que honraba al hombre fue pisoteado. Una parte de la especie humana, el pueblo judío, fue destinada al infierno. Eran hombres y mujeres que habían llevado consigo durante mucho tiempo y desde muy lejos su fe, sus preguntas sobre el mundo, sobre Dios, sobre la necesidad de vivir o de sufrir, sobre la alegría de amar. Generalmente, frecuentaban los libros. Reflexionaban mucho, no comprendían por qué no eran queridos, por qué se les llamaba "subhumanos", Untermensch, por qué se les consideraba insectos…
 
Fueron perseguidos en toda Europa, ahorcados, fusilados, quemados…

Usted sabe perfectamente todo eso, pero se lo recuerdo por tres razones:
 
La primera es que nosotros no aceptaremos que todo vuelva a comenzar. Yo no soy judío, pero los judíos son, como los persas, mis hermanos en humanidad.
 
La segunda es que ellos tienen el derecho, como usted, como yo, de tener una patria. Que sea Francia o Israel no importa.
 
La tercera razón no le gustará a usted: ellos aportan al mundo (y probablemente es eso lo que usted quiere "borrar del mapa") una concepción del hombre y de su destino que ha enriquecido varios siglos de civilización y que honra tanto al pueblo judío como al Estado de Israel.
 
Usted piensa que tiene el derecho de obligar a las mujeres a ocultar la cara tras un velo, de torturar a los opositores, de encarcelar a los periodistas que lo contradicen, de condenar a muerte a niños, de perseguir a sus minorías, de iniciar "guerras santas" contra "los infieles".
 
La mirada turbia, imbécil y llena de odio contra Israel con la que acompaña sus discursos me hace creer que usted odia en ese Estado la libertad de expresión, la diversidad de los partidos, el papel de la oposición, la modernidad, la independencia de los poderes y de la justicia, la investigación universitaria, los descubrimientos y nuevos inventos… Es decir, todo lo que nosotros tenemos el derecho de admirar.
 
Más sucintamente lo ha expuesto un dirigente liberal y católico argentino, Jorge Pereyra de Olazábal (18-8-06): "En realidad, Israel está peleando solo por la libertad de todo el planeta".
 
 
GUSTAVO D. PEREDNIK es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada (Inédita Ediciones) y Grandes pensadores judíos (Universidad ORT de Uruguay).
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