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ESTADOS UNIDOS

Romneyfobia y Obamadependencia

El establishment republicano, que ha apostado decididamente por él, ha tratado de presentar a Mitt Romney como el candidato elegible, por no decir imprescindible, en las presidenciales de noviembre. Pero es difícil mantener el aura de la imbatibilidad de Romney cuando no deja de perder elecciones.  

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En cierto sentido, las primarias republicanas de este año recuerdan a las de 1940, cuando los grandes favoritos, los senadores Taft y Vandenberg, fueron eclipsados por un desconocido que parecía haber surgido de la nada. En la convención republicana, mientras se trataba de llegar a un acuerdo definitivo, un clamor acabó por imponerse a todo: "¡Queremos a Willkie! ¡Queremos a Willkie!". Y Willkie, Wendell Willkie, acabó por llevarse el gato al agua.

Pues bien, si un mensaje parece surgir nítido de las primarias republicanas de este año, parece ser un estruendoso "¡No queremos a Romney! ¡No queremos a Romney!" por parte de las bases.

Mucho se ha hablado a propósito del lastre de Newt Gingrich. Pero lo cierto es que el de Romney también pesa lo suyo. Sus depósitos millonarios en el paraíso fiscal de las Caimán son carne fresca para los demócratas adictos a la lucha de clases.

Con todo, mucho más grave es el Obamacare, la reforma sanitaria del presidente Obama, quizá la ley más impopular del susodicho, con el tufo totalitario que desprende el intento de obligar a las instituciones sanitarias católicas a violar sus principios para ceñirse a los dictados de los burócratas de Washington.

La reforma sanitaria impuesta por el propio Romney en Massachusetts le pone en una posición muy complicada para criticar la de Obama, salvo que recurra a argumentos federalistas, lo que no parece que vaya a suscitar el entusiasmo del electorado ni a aclarar las cuestiones más relevantes.

La vastísima campaña de desprestigio contra Gingrich, con acusaciones de las que Hacienda exoneró al rival de Romney tras exhaustivas investigaciones, no ha sido, desde luego, el momento más glorioso del exgobernador de Massachusetts, si bien éste acabó alzándose con la victoria en Florida.

Puede que Gingrich haya recibido su merecido por la demagogia que se gastó contra Romney a cuenta de su desempeño en Bain Capital, pero lo cierto es que esas campañas de asesinato de imagen no hacen presidenciable a ninguno de los dos.

Si Romney vuelve su bien engrasada máquina de picar carne contra Rick Santorum, o si Santorum sigue la misma táctica contra Romney o contra Gingrich, los republicanos ya pueden ir olvidándose de tener la menor opción de derrotar a Obama en noviembre.

Hay analistas y políticos que parecen creer que el presidente es políticamente vulnerable a causa de la pésima situación económica. "¡Es la economía, estúpido!": he aquí uno de los numerosos mantras insensatos de nuestro tiempo.

Obama parece comprender lo que no comprenden los republicanos ni muchos de los comentaristas más destacados: que, en tiempos difíciles como los actuales, la dependencia del Estado se traduce en votos para el inquilino de la Casa Blanca. Cada vez hay más americanos que reciben vales de comida o ayudas para pagar la hipoteca, que siguen trabajando gracias a que la Administración ha rescatado sus empresas, etc. Todos ellos son votantes potenciales de aquellos que los han rescatado, aun cuando sus rescatadores sean los primeros responsables de la crisis.

La economía fue mucho peor en la primera legislatura de Franklin D. Roosevelt de lo que ha ido en estos cuatro años con Obama. La tasa de paro con FDR más que duplicaba la que padecemos ahora. Pero FDR consiguió ser reelegido de manera arrolladora.

La dependencia les sale a cuenta a los políticos, por mucho que dañe a la economía o arruine a la sociedad.

 

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