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ELECCIONES EN FRANCIA

Sarkozy lo tiene complicado

Este año, uno de los acontecimientos que pueden tener más impacto en el futuro de nuestro país son las elecciones presidenciales francesas, que se celebrarán el 22 de abril y el 6 de mayo.

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Pueden parecer unas elecciones de poca importancia, teniendo en cuenta que a finales de año tienen lugar las presidenciales en Estados Unidos y que en 2013 la canciller Angela Merkel optará a la reelección. Una derrota de Obama o de Merkel podría implicar cambios significativos en la política mundial y europea, pero no es menos cierto que la salida de Sarkozy del Elíseo podría tener efectos relevantes en nuestro país.

No debemos olvidar que Francia es nuestro principal socio comercial en Europa, y uno de los pocos estados con los que mantenemos intercambios beneficiosos para nuestro país. Dejando de lado algunas crisis puntuales, sobre todo en el sector primario, los franceses consumen nuestros productos, y esas exportaciones son uno de los pocos balones de oxígeno que le quedan a nuestra economía. Por otro lado, Francia es un aliado necesario en la lucha contra ETA, y es evidente que gran parte del mérito de la mala situación en la que se encuentra hoy la banda hay que atribuirlo de forma directa al actual inquilino del Eliseo. No es de extrañar, por tanto, que Sarkozy se haya convertido en el primer presidente de la V República en obtener el Toisón de Oro. En términos generales, podemos decir que es el primer mandatario francés que ha mirado a España de igual a igual. Fue la insistencia de París, y sobre todo de Sarkozy, lo que nos permitió asistir a las cumbres del G-20, pese a no ser miembros del grupo. Sarkozy ha dejado de lado antiguos prejuicios franceses y visitado la Península en numerosas ocasiones, haciendo mucho por impulsar las relaciones entre ambos países.

Sin embargo, para los electores franceses el balance de su presidencia es mucho menos halagüeño, de ahí que sus perspectivas de reelección sean negativas. Si las elecciones se celebraran hoy, en una hipotética segunda vuelta contra el candidato socialista, el poco carismático François Hollande, sólo el 43% de los electores votaría al candidato de la UMP (Unión por un Movimiento Popular).

Los franceses no perdonan a Sarkozy varias decisiones clave de su mandato. La primera es el acercamiento a los Estados Unidos. Se ha alejado de la idea original del general De Gaulle, según la cual Francia no debe someterse a ninguna potencia extranjera, para convertirse en un aliado perfecto de los estadounidenses. Otro punto sería su inquebrantable alianza con Merkel. Muchos consideran que las decisiones tomadas por Merkozy han sido negativas para la economía francesa, una economía que se ahoga en las políticas europeas impuestas por los alemanes.

La corrupción en su partido también ha influido negativamente en las opciones de Sarkozy. Una corrupción que no le ha afectado directamente, pero que ha salpicado a varios de los miembros más insignes de la UMP, como Eric Woerth o el ministro de Exteriores y alcalde de Burdeos Alain Juppé. Estos casos han marcado la actualidad en los últimos meses, lo que, unido al importante papel que ha desempeñado el gobierno en la impopular intervención en Libia, ha terminado por hundir la reputación del mandatario, que hoy día sólo cuenta con un 36% de respaldo.

Para comprender la rápida pérdida de popularidad de un presidente que fue apoyado por 19 millones de votantes en 2007 hay que tener en cuenta, además, que para los franceses el jefe del Estado es mucho más que un simple dirigente político. Es el máximo representante de la sociedad, y su comportamiento debe ser irreprochable. Sarkozy, sin embargo, ha protagonizado diversas salidas de tono, lo que, unido a su mediático matrimonio, en terceras nupcias, con Carla Bruni le ha granjeado una reputación de latin lover. En Francia, su manera de hacer política, basada en la comunicación, ha sido duramente criticada y es conocida bajo el despectivo calificativo de política bling bling. Su popularidad es por ello más baja que la de la mayoría de las figuras influyentes de su partido, incluida la del primer ministro, François Fillon.

También se deben tener en cuenta otros factores. En primer lugar, el inestable socialismo francés nunca se había encontrado en tan buena posición desde la muerte de François Mitterrand, en 1996. El partido socialista francés (PS) no es ni por asomo tan fuerte como el español; de hecho, en Francia la izquierda está muy a menudo dividida. La máxima expresión de esta división tuvo lugar en las presidenciales de 1969 y 2002, cuando no hubo candidato socialista en segunda vuelta. Esta perspectiva extrema no parece que se vaya a repetir, y es posible que este año se produzca la tercera victoria socialista en las nueve elecciones que habrán tenido lugar bajo la V República.

Tras la desaparición de Dominique Strauss Kahn, el hombre que parecía predestinado a gobernar Francia a partir de 2012, los socialistas utilizaron una táctica inteligente para movilizar a sus bases. Para elegir a su candidato organizaron unas primarias con un modelo similar al americano; podían votar todos los simpatizantes del partido y participaron cerca de tres millones de personas. Durante estas primarias ciudadanas –un acontecimiento inédito en la política francesa–, los simpatizantes del PS se decantaron por François Hollande, posiblemente el candidato más moderado de todos los que se habían presentado, relegando al segundo lugar a la alcaldesa de Lille y madre de la ley de las 35 horas de trabajo semanal, la más beligerante y cercana a los sindicatos Martine Aubry.

Los socialistas franceses han apostado por una figura de consenso cuyos puntos fuertes son, además, las principales carencias de Sarkozy. Hollande es un clásico político francés, formado en el Instituto de Estudios Políticos de París y en la Escuela Nacional de Administración, de perfil bajo, cercano al mundo rural y poco dado a declaraciones arriesgadas. Esta ausencia de identidad política definida no hace de él un desconocido. El antiguo compañero de Ségolène Royal, con la que tiene cuatro hijos, ha sido secretario general del PS desde 1997 a 2008 y es –junto a su excompañera, Strauss Kahn y Martine Aubry– miembro de la camada de –por aquel entonces jóvenes– dirigentes socialistas que tomaron el control del partido tras la muerte de Mitterand. Hollande, al estilo de Chirac, esconde, tras una apariencia de hombre de campo y poco brillante, un peligroso adversario político.

El PS, aun antes de haberse iniciado la campaña electoral, está por lo tanto en una situación privilegiada. Hollande podría obtener una cómoda mayoría en la segunda vuelta. Esta hipotética victoria, unida a las particularidades del sistema francés, posiblemente permitiría que los socialistas se hicieran también con la Asamblea Nacional tras las legislativas de junio. Si esto sucediera, controlarían el Senado, la Asamblea y la Presidencia por primera vez en la historia de la V República.

Sin embargo, el PS no es el único peligro al que debe enfrentarse el presidente. El Frente Nacional, presidido por Marine Le Pen, está llamado a mejorar notablemente sus resultados en las elecciones de 2012, las primeras a las que no se presentará el fundador del partido, Jean-Marie Le Pen. La hija del histórico líder se mueve como pez en el agua en el nuevo estilo de hacer política introducido por Sarkozy, tras pulir y modular el discurso de su padre para adaptarlo a la crisis actual. La joven política de 43 años pone el dedo en la llaga y consigue conectar con las preocupaciones del electorado popular. Su partido ya fue el más votado por los obreros en las elecciones del 2002, y recibe gran parte de sus votos de entre las clases populares. El Frente Nacional es considerado de hecho como el primer partido obrero de Francia. Las propuestas de Marine Le Pen son populistas, y en muchos casos irreales; sin embargo, sus soflamas islamófobas, antieuropeas y antiliberales son sintomáticas y dan respuesta a un malestar general de la sociedad.

Como Schumpeter decía de Marx, Marine Le Pen acierta en las preguntas pero se equivoca en las respuestas. Pocas de sus propuestas son aplicables, pero en ellas se manifiesta un triple hartazgo de la sociedad. Los franceses están hastiados de los dos grandes partidos, que se alternan en el poder desde hace décadas; están cansados de la Unión Europea, a la que consideran culpable de su mala situación económica; y temen la fuerza numérica y el dinamismo de una comunidad musulmana cercana a los 6 millones de personas, el 10% de la población del país. En lo que respecta al islam, Le Pen comparó la presencia de los musulmanes en Francia con la ocupación alemana, y aunque esta comparación fue duramente criticada por la élite política, no le quitó apoyos. Su discurso populista tiene también ciertas dotes de ilusionismo e incluye propuestas radicales como el abandono de la moneda común y del espacio Schengen o la supresión del ius soli (derecho de suelo), que otorga automáticamente la nacionalidad francesa a toda persona nacida en Francia. No es por tanto de extrañar que los sondeos den a Marine Le Pen unas expectativas de voto cercanas al 20%, más del 17% que necesitó su padre para llegar a la segunda vuelta en las presidenciales de 2002. De hecho, está a menos de 3 puntos del actual presidente, y es posible que su discurso ambivalente y transversal consiga que su partido gane más simpatizantes antes de las elecciones. Marine Le Pen es, por lo tanto, un peligro muy grave para un presidente que se ve rodeado.

Sarkozy no podrá encarnar el cambio como hizo en 2007, y por otra parte tendrá que luchar contra un candidato –Hollande– con más tablas que él en el tradicional juego político francés. Deberá unir a todos los votantes de centro-derecha que le fueron favorables en 2007, para así poder solventar sin problemas la primera vuelta. Esto se antoja complicado, ya que tendrá que enfrentarse a su enemigo personal y antiguo primer ministro Dominique de Villepin y al centrista François Bayrou, quien podría obtener fácilmente el 10% de los votos, menos que en 2007 pero suficiente para crear al presidente problemas a la hora de superar la primera vuelta. Por otra parte, Sarkozy deberá conseguir una significativa porción del voto de los indecisos, que representan hoy cerca del 40% de los votantes y que han determinado todas las presidenciales francesas, unos comicios que se caracterizan por una tasa de participación superior al 80%. Sin embargo, no lo tiene todo perdido. Los dos últimos presidentes que se presentaron a la reelección con los sondeos en contra, Mitterrand y Chirac, fueron reelegidos.

La situación de Sarkozy es complicada, pero está lejos de ser desesperada. Su reelección es claramente posible, y no se puede olvidar la histórica tendencia de la izquierda francesa a la desunión; se trata de una izquierda socialista que sólo tiene dos grandes triunfos históricos: el del Frente Popular en 1936 y el de Mitterrand en 1981. Para ganar las elecciones, Sarkozy deberá reconquistar al clásico electorado conservador, estatista y atemorizado, distanciándose de Alemania y de los Estados Unidos y reivindicando el papel que debe desempeñar Francia en el mundo. Inevitablemente, tendrá que adentrarse en el terreno pantanoso que separa el patriotismo de la xenofobia, un lodazal propicio para que tanto la izquierda como la extrema derecha le coloquen en apuros.

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