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ESTADOS UNIDOS

Trágica falla

Creo que nunca en la historia de la humanidad ha existido una región o país con tan alto nivel de capital humano como el Estados Unidos del siglo XXI. Pero esos geniales cerebros que tanto aportan a los avances de la ciencia, la tecnología, la industria y el comercio no suelen verse atraídos por la política, como sí sucedía en tiempos de la Independencia, la Constitución y las primeras décadas de existencia del país.

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¿Dónde están los Washington, Franklin, Adams, Jefferson, Hamilton, Hancock, etc., de nuestros días? Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en su gran mayoría están alejados de la capital y de la política, pues desde hace tiempo no logran atraer a los mejores, sino, más bien, a aquellos que buscan el poder no en beneficio de la nación, sino en el suyo propio, el de su agenda, sus allegados y conmilitones.
 
Claro que es injusto generalizar, pero tendríamos que estar ciegos para no ver que muy poco de lo que pagamos en impuestos, y muy poco de los presupuestos –nacionales, estatales y municipales–, se dedica a proteger nuestros derechos fundamentales. El grueso lo malgastan los políticos en tratar de ganarse el apoyo electoral de grupos específicos, en burocracia, en multitud de regulaciones, y últimamente en tratar de convertir a las Fuerzas Armadas en la policía del mundo. Nada de eso contaría con el apoyo de los próceres de la independencia de este país.
 
La actual crisis financiera es una prueba más de que los gobernantes y políticos se han dedicado a asuntos muy distintos de los relacionados con sus obligaciones; a asuntos que poco o nada tienen que ver con sus deberes fundamentales de mantener el valor de la moneda, evitar y prevenir crisis económicas, combatir los privilegios e imponer la más absoluta transparencia en los mercados para evitar episodios de pánico.
 
El remedio político vuelve a ser la utilización del presupuesto nacional para atenuar las pérdidas de aquellos gigantes que realizaron malas inversiones en la creencia de que obtendrían inmensas utilidades. Sí, nuevamente, los beneficiarios directos de tales políticas son quienes se equivocan en cuestión de cientos o miles de millones de dólares, no quienes perdieron sus pequeños ahorros. American International Group (AIG) recibió una inyección de 85.000 millones de dólares del Gobierno federal. Pero entidades relativamente pequeñas que por tomar malas decisiones han perdido unos pocos millones desaparecen sin dejar rastro ni provocar lágrimas. Esto parece implicar que las reglas del libre mercado son aplicables y valederas exclusivamente a los pequeños y medianos, no a quienes ponen en peligro la popularidad de gobernantes y políticos con apuestas descomunales.
 
Sí, algo huele mal y está podrido. Corresponde a mis colegas periodistas revelar errores y señalar culpables para que nada de ello se repita.
 
Los supuestos remedios políticos del presidente Franklin D. Roosevelt convirtieron la caída de la bolsa en 1929 en una gran depresión económica que duró hasta comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Ojalá que los políticos actuales tengan presente esa triste lección histórica.
 
 
© AIPE
 
CARLOS BALL, director de la agencia AIPE.
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