Menú
CRISIS ENTRE CHINA Y JAPÓN

Unas protestas nada espontáneas

En las últimas semanas han tenido lugar en China numerosas manifestaciones antijaponesas bajo el pretexto de que Tokio no reconoce la historia en los libros de texto. Sin embargo, detrás de estas protestas iniciadas por estudiantes chinos parecen esconderse numerosos intereses políticos del Gobierno de Pekín. Este conflicto supone resucitar fantasmas de la histórica rivalidad sino-japonesa y puede convertirse en una seria amenaza de consecuencias imprevisibles para la estabilidad de la región más poblada del planeta.

0
Las relaciones entre China y Japón siempre han sido complejas. En 1930 Japón invadió China, desatando una cruel guerra de la que hoy los chinos se enorgullecen por su resistencia. Tras la Segunda Guerra Mundial y la llegada al poder de Mao, Japón se convirtió en el aliado más valioso de EEUU en la región durante la Guerra Fría. Además, el apoyo de Japón a Taiwán tensó aún más las relaciones entre Pekín y Tokio, que no firmaron un acuerdo de paz hasta 1978.
 
Según Pekín, las manifestaciones de las últimas semanas las iniciaron "estudiantes espontáneos" que protestaban contra "una visión imperialista de la historia en los libros de texto japoneses". Tras extenderse descontroladamente a lo largo y ancho del país, las protestas se han convertido en un incidente de relevancia, con intentos de asalto a representaciones diplomáticas niponas incluidos.
 
Los manifestantes no se han limitado a la mera protesta: han lanzado mensajes contra las empresas y productos japoneses, poniendo en peligro las intensas relaciones económicas entre ambos países. Desconocen que, desde 2002, Japón es el primer socio comercial de China, el primer destino de las exportaciones de ésta y el país con mayor inversión directa acumulada allí.
 
Pero ¿por qué justamente ahora? Es difícil encontrar acontecimientos recientes que justifiquen estas protestas. Se alega que Japón jamás ha manifestado arrepentimiento por los trágicos sucesos de la guerra, y que no ha efectuado las reparaciones debidas. A pesar de ello, en las últimas semanas el Gobierno de Tokio se ha apresurado a mantener una actitud conciliadora y contemporizadora que no puede entenderse como provocadora en ningún caso.
 
Probablemente sea más acertado pensar que, a medida que ambos países se han hecho más prósperos y han aumentado sus relaciones comerciales, también ha crecido la rivalidad y la desconfianza mutua en el plano político y económico.
 
Esta imagen, tomada en plena represión de Tiananmen (1989), ha dado la vuelta al mundo.Cuando Japón se desarrolló, en los años 70, China era todavía un país débil que estaba perdido en su Revolución Cultural y con una economía sumida en la autarquía. Hoy, sin embargo, con un PIB acercándose al japonés y una economía más dinámica, es cuando China puede cuestionar el liderazgo económico de Japón en Asia y, sobre todo, cuando debe competir con él en la espinosa cuestión del aprovisionamiento de recursos naturales, principalmente energéticos, de los que precisa asegurarse para mantener el crecimiento de su PIB en torno al 10 % anual.
 
Las protestas no llegan en un momento casual. Cualquiera que conozca China sabe que hay muy poco de "espontáneo" allí. Todas las manifestaciones están férreamente controladas, y se hace preciso recordar la cruel actuación en Tiananmen, en 1989, donde el Gobierno no dudó en reprimir con extremada violencia las, entonces sí, espontáneas protestas de estudiantes que pedían reformas. Además, Pekín tiene bajo su control todos los medios de comunicación, y es capaz de manipular la opinión pública sin ningún tipo de obstáculo y según sus necesidades políticas.
 
Por otro lado, qué decir del pretexto utilizado: los libros de texto japoneses. Sería conveniente que la opinión pública internacional conociera los libros de texto de las escuelas chinas en lo referente a la historia y a las ideas políticas; en concreto, cómo se adoctrina a los estudiantes, cómo se identifica el ser buen chino con prestar obediencia al Gobierno. Estos textos son mucho más escandalosos que las referencias u omisiones de su vecino japonés, que, por el contrario, no tiene ningún interés en fomentar un nacionalismo irracional adherido incondicionalmente al Gobierno.
 
Las manifestaciones tienen objetivos muy concretos. En primer lugar, el Gobierno chino no ve con buenos ojos la reciente propuesta de reforma de Naciones Unidas, redactada por un comité de expertos, que incluye la ampliación del Consejo de Seguridad. La realidad internacional de esta hora no se corresponde con la situación posterior a la Segunda Guerra Mundial, y Japón sería, a priori, un candidato a ingresar en el selecto grupo de países con representación permanente.
 
Su candidatura ya ha recibido apoyos de varios países, entre ellos EEUU y Francia. Además, responde a una realidad innegable: Japón cuenta con una población superior a la de algunos países miembro del Consejo de Seguridad, es la segunda economía del planeta y uno de los mayores contribuyentes de ayuda al desarrollo en el Tercer Mundo; y sus aportaciones a Naciones Unidas están muy por encima de su actual representatividad.
 
Desde Pekín se busca claramente un argumento para vetar cualquier cambio del statu quo en Asia. Un clamor popular en sus ciudades sería una excusa perfecta ante la comunidad internacional; una excusa que le permitiría ejercer su derecho de veto salvando las apariencias, algo muy importante en la diplomacia asiática.
 
El ingreso de Japón, o de la India, en el Consejo de Seguridad supondría para China mucho más que la pérdida del monopolio del derecho de veto. Su influencia en la región disminuiría frente a Japón justo cuando tiene una creciente importancia económica y cuando, para convertirse en una potencia global, necesita primero acabar con el problema territorial de Taiwán.
 
Un desfile de militares chinos.China, siguiendo su tradicional visión de Asia Oriental, está lejos de considerar a otros países como iguales. Ya Confucio afirmó: "Sólo un Dios en el cielo, y sólo un emperador chino en la tierra". China, pues, debe ser la potencia hegemónica. Hoy en día, en el equilibrio de fuerzas de Asia la presencia estadounidense es un contrapeso a China en el plano militar, y Japón es un país clave. EEUU tiene allí el punto neurálgico de su presencia en Asia, y esto es también la mejor garantía de defensa para Japón frente a las potenciales amenazas de Corea del Norte o de la propia China.
 
Esta incómoda presencia impide que China sea capaz de solucionar el problema de Taiwán por la fuerza y que tenga el dominio militar en la zona, a pesar de su cada vez más poderoso ejército. Pekín ya ha reconocido un aumento del 12,6% en su presupuesto de defensa anual. Japón, alarmado por estos hechos, considera –en el informe de 2004 del Ministerio de Asuntos Exteriores– que China es una "fuente de inseguridad", algo demostrado en el reciente incidente provocado por el submarino nuclear chino que penetró en aguas de soberanía japonesa (en disputa entre ambos países), poniendo a prueba los sistemas de detección nipones.
 
Además, una situación de permanente amenaza para Japón, con unas fuerzas armadas chinas cada vez más poderosas y dada la inminente reducción de los efectivos estadounidenses en Asia, supondría aumentar el sentimiento de vulnerabilidad de aquél y podría abocarlo a una remilitarización para mantener su seguridad. Esto, igualmente, implicaría una escalada armamentística en la región de consecuencias imprevisibles.
 
La respuesta, hasta ahora cauta y responsable, de Japón tampoco podrá evitar movimientos recíprocos antichinos, que exigirán una actitud más dura. El Gobierno de Tokio no debería caer en estas tentaciones. Inteligentemente, y en un ejercicio de diplomacia, el primer ministro Koizumi ya ha sido capaz de reconocer el pasado y disculparse por ello, dejando así al Gobierno chino sin argumentos.
 
Pekín, que ha demostrado que sabe ser pragmático en cuestiones económicas, debería dejar de lado sus rencores y reconciliarse con la historia, como tuvo que hacer Japón en su momento. Japón no sólo es un extraordinario socio comercial, también, probablemente, el mejor ejemplo en muchos aspectos: así, en la creación de una sociedad civil próspera y libre partiendo de un sistema político autoritario y nacionalista.
 
El recurso maquiavélico de buscar un enemigo exterior, propio de regímenes como el chino, entraña numerosos riesgos y no genera, precisamente, confianza en la comunidad internacional. Si China desea tener un futuro de relevancia en la esfera mundial no puede seguir agitando fantasmas del pasado. Al contrario, debe demostrar que, a largo plazo, es un actor internacional con sentido de la responsabilidad. Y es que, como dijo Lao Zi: "Quien se alza de puntillas no se mantiene mucho tiempo en pie".
 
 
Gerardo del Caz, especialista en Asia, ha residido en Japón y en China.
0
comentarios