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DESDE JERUSALÉN

Cuestión capital

Un modo de avanzar en el sendero de la paz en Oriente Medio es preservar la capital de Israel como una ciudad unida y libre. Lo exige la índole del conflicto, cuyo epicentro, a pesar de la distorsión que han venido cometiendo los medios europeos, no es el problema palestino. El sufrimiento de este pueblo fue consecuencia de la guerra contra Israel, no su causa.

Gustavo D. Perednik
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Cuando el terrorismo asesinaba a civiles judíos la izquierda en general le brindaba empatía insistiendo en que la fuente de la violencia era la privación a los palestinos de derechos civiles y nacionales: cuando éstos se respetaran, esgrimían, no habría más terror.
 
La realidad es que el irredentismo árabe-musulmán mataba judíos mucho antes de que el Estado hebreo tuviese siquiera ocasión de pecar. Asesinaron a decenas de hombres, mujeres y niños en Hebrón (24-8-1929) sólo por ser judíos, cuatro décadas antes de "la ocupación" y dos antes del nacimiento de Israel, paralelamente a los pogromos que en Europa Oriental embestían, desde hacía medio siglo, contra las comunidades israelitas.
 
Los apólogos de Arafat difundían que nos mataron en 1929, y antes, y después, y todo el tiempo, debido a la "ocupación" de la Guerra de los Seis Días, de 1967, durante la cual Jerusalén fue reunificada. Sólo a partir de esa guerra los palestinos comenzaron a reclamar la ciudad como propia, a pesar de que nunca la habían hecho su capital cuando Israel no la gobernaba.
 
Raramente se admite esto en los medios, que no infoman de que jamás hubo un Estado árabe palestino, ni de que cuando los "territorios ocupados" estuvieron en manos árabes los palestinos no procuraron convertirlos en su Estado, ni de que Jerusalén jamás fue capital de pueblo alguno salvo del hebreo. Más aun: la demanda de cambiar el estatus de la ciudad sólo se hizo oir durante estas cuatro décadas de libertad, y nunca durante las previas, cuando la ocupación jordana destruyó más de treinta sinagogas, arrasó el Monte de los Olivos, promovió la emigración cristiana y ahogó el desarrollo de la ciudad.
 
Los medios lo ocultan, como ocultan el milenario Monte del Templo bajo la denominación de "Explanada de las Mezquitas". El Templo fue construido originalmente por el rey Salomón, hace 3.000 años, y fue durante siglos el centro de la vida en Judea. Cuando los árabes la invadieron, en el siglo VII, Al Malik construyó la Mezquita de la Roca (691), precisamente en ese solar, para exhibir que el Islam prevalecía sobre judíos y cristianos. Allí se yergue el célebre Muro Occidental, último resabio del Templo.
 
El Monte del Templo y su ciudad carecen de riquezas naturales, pero son vitales para Israel porque reflejan su legitimidad como Estado soberano, el único del mundo al que, empero, se le cuestiona el derecho a decidir la sede de su capital.
 
En muchos mapas figura Tel Aviv como capital de Israel, que lo caracterizaría como un país moderno, incluso aceptado, aun un Estado con el que se podría llegar a convivir en paz. Pero de Tel Aviv no puede deducirse la enseñanza de Jerusalén como capital israelí: aquí no hay novedad, sino un Estado renacido. La misma Ciudad de David que fuera la capital de los judíos durante siglos ha recuperado su función también en lo mundano.
 
Jerusalén como capital encarna la legitimidad del Estado hebreo reverdecido en la patria ancestral, restauración que para muchos es anatema. Julián Marías lo comprendió en su libro Israel una resurrección, donde aseveró que Israel sin Jerusalén como capital pierde "sentido histórico".
 
Y éste es quid del enfrentamiento que ha desangrado a varias generaciones: no un problema territorial ni de refugiados, sino la obcecada resistencia del mundo árabe-musulmán, con apoyo europeo, a aceptar la legitimidad de un Estado judío y democrático en su seno. Esa es la única espina cuya desaparición anunciaría el fin del conflicto. Disípese esa resistencia y viviremos en paz.
 
La visión europea de "solución" es que Israel se repliegue a las fronteras de 1948 y que, por ende, Jerusalén sea nuevamente dividida. La política norteamericana, menos simplista, "reconoce la evolución demográfica desde la Guerra de los Seis Días" (carta del presidente Bush al Gobierno israelí del 24-4-04, reafirmada hace unas semanas, después de unas polémicas declaraciones en contrario de su embajador Dan Kurtzer, 26-3-05).
 
Vista nocturna del Muro de las Lamentaciones.Cómo agravar las hostilidades
 
Si Israel renunciara a la Ciudad Vieja de Jerusalén, ésta pasaría a ser capital del segundo Estado árabe en la Palestina histórica (el primero es Jordania). Pueden preverse en ese caso millonarias inversiones saudíes para desarrollar la ciudad oriental, a fin de competir con la Jerusalén occidental judía. Lo que jamás invirtieron mientras poseyeron Jerusalén, ahora lo gastarían los regímenes árabes para despojar al pueblo judío de su corazón: siempre fue éste el principal  objetivo de su sostenida agresión.
 
Cientos de miles de árabes podrían ser transferidos a la ciudad oriental, que se haría crecer artificialmente en la batalla por el legado de la Jerusalén histórica. El quid del enfrentamiento pasaría a ser cuál de las dos ciudades hereda la Jerusalén de los reyes y el profeta Isaías, de los macabeos, de Hilel y Jesús; de las canciones medievales de gesta en Francia y del poemario renacentista italiano; la que inspiró autos sacramentales en España, el Romance Elegíaco en Hispanoamérica, el himno británico y el espíritu de Occidente.
 
Es natural la aureola metafísica que envuelve a una urbe que se retrotrae al pasado más remoto, en la que ocurrieron eventos de trascendencia insoslayable, que los Salmos elevan hasta lo más sublime y que en la Biblia se menciona más de 700 veces, desde el mismo libro del Génesis. (Cabe recordar que, por el contrario, en el Corán no se menciona nunca).
 
Pero dicha espiritualización no debería soslayar la polis, la ciudad terrena y su renacimiento espectacular durante el siglo XX. Es que la religiosidad que evoca Jerusalén por momentos hace olvidar sus parques y universidad, carreteras y teatros.
 
El olvido resulta de mezclar dos cuestiones: por un lado, la Jerusalén celestial lo es para las religiones que han tomado del judaísmo su santidad, y todas ellas tienen libertad de culto desde la reunificación. Pero, por el otro, no debe relegarse que la ciudad tiene un solo legítimo poseedor nacional, y ése es Israel. El control hebreo sobre Jerusalén ha sido garantía no sólo de una soberanía fundada en derechos históricos, también de libertad para todos los credos.
 
La aspiración israelita siempre se diferenció de las demás en que no se contentaba con la ciudad espiritual, sino que miraba la urbe concreta, a la que regresó Iehuda Haleví en el siglo XII y Najmánides en el XIII, y los Jasidéi Ashkenaz, y Ovadia de Bertinoro, en el XV; y la inmigración de Jazón Sión, de 1722, y las varias olas de maestros jasídicos, y los discípulos del Gaón de Vilna, y finalmente los biluím (1882) y las inmigraciones modernas que reconstruyeron el país. Todos a Jerusalén, no para soñar sino para cumplir con los sueños de los judíos, el grupo mayoritario de la ciudad desde hace más de un siglo y medio.
 
En Hispanoamérica, felizmente, la idealización de Jerusalén no impidió un contacto más realista con la ciudad y con los derechos nacionales (no religiosos) del pueblo judío. De los trece países cuyas embajadas se situaban aquí hasta finales de 1980, doce eran latinoamericanos. También fueron latinoamericanas las únicas dos embajadas que se restablecieron en Jerusalén cuando, ese año, Sadam y los jeques saudíes encabezaron la exitosa campaña para que se retiraran de ella las representaciones diplomáticas.
 
Si Israel renunciara a su capital el mundo árabe pasaría a exaltar que "su parte" es la verdadera, para arremeter nuevamente contra nuestra legitimidad: Israel volvería a ser descrito como un usurpador artificial.
 
Tres injusticias resultarían de la división de Jerusalén: un renunciamiento esencial del pueblo judío, un premio a la agresión y, peor aún, una agitación bélica para que los regímenes árabes sigan desviando la atención de sus pueblos oprimidos hacia la lucha contra el Estado judío.
 
La legitimidad no es religiosa: no gobierna Jerusalén el judaísmo, el rabinato o las academias talmúdicas, sino el Estado del pueblo hebreo.
 
Uno de sus poetas, Iehuda Amijai, lo reflejó en su poema Turistas: un guía turístico señala a un hombre que carga bolsas del mercado y explica: "Un poco más a la derecha de aquel señor con las bolsas se encuentra un arco de la época romana". Amijai reflexiona: "La redención llegará sólo cuando les digan: ¿Ven el arco de la epoca romana? No importa. Pero debajo a la izquierda hay un hombre sentado que compró frutas y verduras para su casa".
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento) y España descarrilada (Inédita Ediciones).
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