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CIENCIA

Las preguntas del año

Dicen que en ciencia no es más sabio quien tiene todas las respuestas, sino aquél que hace las preguntas más acertadas. También es un lugar común recordar que, en esto del avance científico-técnico, cada vez que se consigue una respuesta surgen diez nuevas preguntas. Si es así, el resumen de los acontecimientos más importantes del año en terrenos como la física, la química, la medicina, la biología... no debería ser una ristra de titulares, sino una secuencia de grandes cuestiones aún no resueltas. ¿Quieren que lo intentemos?

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¿Quién decide el destino de las células?

Varias líneas de investigación coronadas con resultados fiables durante 2008 han coincidido en resaltar la importancia de la reprogramación celular para el futuro de la medicina genética. La técnica parece una de esas maravillas de la ciencia ficción tan fáciles de explicar como difíciles de llevar a efecto. En un laboratorio es posible borrar la memoria de una célula extraída de la piel de un adulto y hacerla creer que ha vuelto a su original estado de célula madre.

De ese modo, el material celular especializado en una función concreta (por ejemplo, en el tejido capilar de una mujer) puede volver al estadio en el que aún no se había especializado (al momento en el que era una célula madre pluripotente) y ser reprogramado para que ejecute cualquier otra función; por ejemplo, para ayudar a crear tejido neuronal en una persona enferma de esclerosis lateral amiotrófica o células pancreáticas fabricantes de insulina en un diabético.

Disculpen ustedes la abundancia de cursivas. Pero no se me ocurre otro modo de evitar que esta noticia parezca una fantasiosa historia de Philip K. Dick. Y es que, ¡sí!, es posible hablar de memoria, recuerdo y especialización en el infinitesimal mundo de las células. Desde que el embrión empieza a dividirse, ya convertido en un proyecto vital único, el programa genético que lo controla comienza a repartir tareas entre los miles de millones de células que conforman, por ejemplo, un ser humano. A un grupo le tocará encargarse de la fabricación de músculo cardiaco, a otro le dejaremos que se convierta en neuronas, al de más allá le corresponderá recibir la luz del ambiente en el interior de una retina... Cuanto más avanzado está el proceso de especialización, más indispensable es una célula para una función determinada... y más inútil para cualquier otra.

Durante décadas, la ciencia ha buscado el modo de poder generar a su antojo legiones de células no especializadas, conocidas como pluripotentes, a las que poder guiar en una dirección necesaria para tratar una enfermedad; crear, por ejemplo, raciones extra de células del tejido cardiaco para reparar los desastres producidos por un infarto.

Como es sabido, la manera más fácil de lograr estás células es duplicarlas una y otra vez a partir de un embrión. Pero, como quiera que para realizar esta tarea hay que matar a un buen número de embriones humanos, la técnica dista mucho de ser la ideal: desde el punto de vista ético e incluso desde una perspectiva meramente técnica. Por eso, otras líneas de investigación han buscado formas de lograr el mismo efecto a partir de material celular no embrionario. Es lo que los científicos llaman la generación de células pluripotentes inducidas: introduciendo un puñado de genes en el programa molecular de células adultas, éstas parece que son capaces de rebobinar (¡otra vez las necesarias cursivas!) y desandar el camino realizado hacia su especialización para convertirse de nuevo en tiernas células madre dispuestas a aprender nuevas tareas.

Las investigaciones realizadas con material celular de una mujer de 82 años con esclerosis lateral amiotrófica y con pacientes de otras diez enfermedades –entre ellas la diabetes tipo 1, el mal de Parkinson y el síndrome de Down– parecen demostrar que esta vía de tratamiento es posible. Aún queda mucho terreno por recorrer (sobre todo en las barreras que eviten un desarrollo incontrolado de las células que pueda derivar en cáncer), pero los primeros pasos han merecido que la revista Science declare a la reprogramación celular "el acontecimiento científico del 2008".

¿Alguien se alegra de que el Colisionador de Hadrones no funcione?

El 10 de septiembre los ojos de medio mundo miraban con asombro hacia una gigantesca instalación en forma de túnel sita en Ginebra. El LHC, el Gran Colisionador de Hadrones, debía empezar a funcionar. Y lo hizo dispuesto a convertirse en el acelerador de partículas más grande y energético del mundo.

Ese día, los haces de partículas inyectados en agosto comenzaron a fluir a la velocidad y en la dirección deseadas, con la intención de provocar la primera colisión bien entrado octubre. Sin embargo, una fuga de helio detectada a los pocos días de la puesta en marcha obligó a parar el experimento. Ahora la máquina se encuentra en proceso de reparación, y se espera que pueda volver a arrancar a mitad de 2009. Entonces es posible que se pueda completar el choque de dos haces de hadrones a una velocidad sólo un uno por ciento menor que la de la luz y en direcciones completamente opuestas. De ese impacto, la resultante energética será tal que los científicos esperan observar fenómenos similares a los que tuvieron lugar tras el Big Bang (pero a menor escala, claro) y comprobar si lo que hoy sabemos sobre el origen del cosmos es correcto. Quizás sea posible incluso hallar el rastro de la llamada partícula de Dios, el bosón de Higgs que debería ayudarnos a resolver un enigma milenario: sabemos que las cosas tienen masa (pruebe a golpearse en la cabeza con el teclado del ordenador desde el que está leyendo esto y verá), pero no sabemos por qué.

La avería del LHC ha alegrado a pocos. Quizás a un puñado de amantes de las teorías de la conspiración, que alertaron (incluso engañaron a algún incauto tribunal para que aceptara una demanda) sobre los riesgos de este experimento: en teoría, podría generarse una suerte de agujero negro que acabaría por tragarse nuestra galaxia. Y quizás también a algún insolidario científico estadounidense o japonés. Y es que el LHC es una de las más recientes joyas de la corona de la nueva política científica europea, puesta en marcha para empezar a reducir la diferencia tecnológica que nos separa de estadounidenses y nipones y que ya cuenta con otros proyectos de gran calibre, como la ESA, el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, el Observatorio Europeo Austral, el Sincrotrón ESRF o el reactor de fusión ITER. Por cierto, que la presencia española en todos estos proyectos (sobre todo en el ITER, cuya sede nos arrebató Francia) se antoja demasiado discreta.

¿Era Parque Jurásico, en realidad, un documental?

La clave está en un fragmento de ADN que todos los seres vivos heredamos de nuestras madres, que permanece casi inalterado tras el paso de las generaciones (no en vano apenas se mezcla) y que anida no en el núcleo de las células, como la mayor parte de nuestro genoma, sino en la mitrocondria.

El ADN mitocondrial es una despensa de genes valiosísimos para los científicos empeñados en rescatar material genético antiguo. ¿Tan antiguo como de la era de los dinosaurios?

Este año se han producido sorprendentes avances en la batalla por descifrar y recrear el código genético de seres extintos. Se ha recuperado ADN de un oso de las cavernas, de hombres de Neandertal y de casi la totalidad de un mamut. Para ello se han empleado técnicas de secuenciación mucho más rápidas que las que sirvieron para descifrar el ADN del ser humano, hace casi una década. Evidentemente, los resultados obtenidos no arrojan más que una ristra de genes ordenados. Utilizarlos para fecundar un óvulo de algún ser moderno (osa, elefanta o mujer) y tratar de revivir especies desaparecidas hace milenios es harina de otro costal. De momento, Parque Jurásico es sólo una película de ficción, pero... ¿quién sabe?

¿Por qué Fernando Alonso no es el mejor superconductor?

Le sobran, entre otras cosas, unos 200 grados de temperatura corporal.

Se conoce como superconductores a los materiales que permiten que por ellos fluya una corriente eléctrica con una resistencia nula y una pérdida de energía también prácticamente nula. Son materiales muy valiosos para la industria, ya que permiten transmitir electricidad y, por ende, información con una eficiencia máxima y un derroche mínimo. El problema es que estos materiales son tanto más eficaces cuanto más fríos se encuentran. La mayoría de ellos alcanzan su punto crítico de eficacia a temperaturas cercanas al cero absoluto (cero grados Kelvin, o -247,15 grados centígrados). En el circuito actual, el conductor más frío dicen que es Raikkonen. Aun así, su cuerpo (a 36,5 grados) está lejos de servir para la ciencia en este área.

Reducir la temperatura de un material a tales extremos es una tarea que requiere un gran coste energético, por lo que los mejores superconductores son aquellos que más se alejan del cero absoluto. Este año, tres grupos de investigadores chinos han logrado materiales superconductores a la nada desdeñable temperatura de 55 grados Kelvin (unos 218 grados bajo cero). Paradójicamente conocidos como superconductores de alta temperatura, estos objetos podrían revolucionar el mundo de la transmisión de energía.

¿Qué planetas legaremos a nuestros hijos?

Sí, así, en plural. O mejor deberíamos preguntarnos: ¿qué planetas les dejaremos (ver)? Y no hablo de ecología, sino de astronomía.

Éste ha sido el año del gran destape planetario. Por primera vez, los astrónomos han podido presenciar en directo candidatos a planetas ajenos al Sistema Solar.

La búsqueda de exoplanetas, es decir, de mundos que orbitan otras estrellas que no son el Sol, ha sido muy fructífera en las últimas décadas. Se ha intuido la existencia de más de 300. Decimos "intuido" porque, en realidad, ver, lo que se dice ver, no se han visto. Ocurre que los planetas en cuestión están demasiado lejos de nosotros y demasiado cerca de su estrella de referencia como para ser detectados aisladamente. La luz de su sol ciega la suya propia y, al llegar a los ojos de los telescopios terrestres, ambas quedan emborronadas por el velo de la atmósfera. Por eso, el único modo de detectarlos es calculando las pequeñas perturbaciones que su empuje gravitatorio genera en la luz del astro que los cobija: una especie de mancha minúscula que nos permite inducir la existencia de algún objeto tipo planeta.

Pues bien, hace sólo un mes, un grupo de astrónomos ha detectado tres objetos que orbitan una estrella (la Hr 8799) a más de 128 años luz de la Tierra y que pueden ser observados directamente. Se trata de planetas 10 veces más grandes que Júpiter. De momento, no es mucho: planetas tan grandes y cercanos a su estrella son poco interesantes para la ciencia.

Lo ideal sería hallar algún cuerpo parecido a la Tierra que gire en torno a su astro a una distancia parecida a la que media entre la Tierra y el Sol. Entonces, tal vez, podríamos albergar la esperanza de que tuvieran una masa parecida a la terrestre, una atmósfera parecida a la que respiramos, algún tipo de vida parecida a la única que conocemos... Mucho "tal vez", me parece...
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