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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Annus horribilis, ma non troppo

Los seres humanos cuentan, contamos, con más recursos de lo que nuestro frágil aspecto permite creer. Si no, no hubiéramos salido vivos de 2008, y estamos llegando. Y no porque la economía nos hubiese acogotado, que lo ha hecho, sino porque los irresponsables que gobiernan este planeta nos han estado amenazando durante 365 días con todos los males del infierno, originados, desde luego, en su propia ineptitud, empezando por casa. Para mí, dos casas, la española y la argentina, en un mismo saco, porque he pasado el año, casi por mitades, en los dos sitios.

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Tengo la fortuna de haber nacido casi dos décadas después de 1929, de modo que no me tocó experimentar la Gran Crisis, pero tengo en la memoria otras, por lo general atribuidas al capitalismo, como si un sistema económico fuese el feliz poseedor de un alma, para el caso malvada. En los últimos meses, las izquierdas que en el mundo son (y son muchas, y ocupan el gobierno en gran parte del planeta, sobre todo en su variante peronistoide) han estado tratando de convencernos de eso: de que el mal radica en el capitalismo y, sobre todo, en lo que ellas, o ellos (habrá que preguntar a las miembras por el género), consideran su variante extrema: el liberalismo.

En los términos de esa filosofía, la crisis de 2008 se ha originado en los excesos del liberalismo y la globalización, y de ninguna manera en los Estados y en las formas en que han sido (y son) manejados. Y mucho menos en las conductas de los políticos.

En España, la cosa empezó con la crisis de la construcción y de las hipotecas. Tenemos un millón de viviendas sin vender, que va a ser difícil colocar en los próximos años sin un sistema de créditos muy generoso; al menos, tan generoso como el que habíamos tenido hasta hace unos meses y que ahora está siendo restringido. Pero el verdadero problema no está ahí: es posible construir viviendas y venderlas, y es posible que los bancos financien ese negocio. Si hay empleo y, por lo tanto, gente que pueda comprometerse a largo plazo a satisfacer unas cuotas. Empleo en cosas distintas de la construcción y, desde luego, del turismo, estacional y efímero, aunque el INEM publique cifras exitistas del aumento del empleo en julio y agosto.

Si el grueso del trabajo está en esos dos sectores, a los que los gobiernos españoles insisten desde los años sesenta en llamar "industrias", mal vamos. Porque apenas se reduzcan los ingresos procedentes de esas fuentes, todo cesará. Los inmigrantes han empezado a sobrar de un día para el otro, porque estaban ocupados sobre todo en eso. El precio real de las viviendas, por superproducción e invendibilidad, ha bajado a idéntica velocidad (aunque se sigan pidiendo precios imposibles, que poco tienen que ver con los costes y mucho con el entrampamiento de los empresarios), y mucha gente, muchísima, se encuentra pagando una hipoteca de, digamos, 180.000 euros por un pisito minúsculo que ya vale 120.000 aunque otro nuevo, situado a cincuenta metros, se esté ofreciendo vanamente en 240.000. Los bancos saben que no serán pocos los que, ante esa evidencia, y con el paro a las puertas, dejarán de pagar. Con lo que serán embargados y dejarán a las entidades financieras con un parque inmobiliario imposible de colocar. Justo un año después de que los bancos se libraran de todos sus inmuebles y pasaran a ser inquilinos de los que acababan de vender.

José Blanco.Hay, pues, se dicen los Pepinos y los Zetapés del mundo, que acudir en auxilio de los constructores y de la banca. ¿Cómo? Con el dinero de los impuestos de los que ya no puedan pagar sus hipotecas, usted o yo, modestos vecinos de la periferia urbana. ¿Para qué? Para que el ciclo no se detenga. Para que la bicicleta no se detenga, porque si no, el ciclista se cae.

Yo no pienso pedir a los banqueros que reduzcan su negocio porque no deseo que me ingresen en un manicomio. Pero tal vez pueda sugerir, sin que se me diagnostique una grave enfermedad mental, la posibilidad de que el peso de la economía deje de recaer en el pescaíto costero de los británicos, el alcohol con bajos impuestos de los suecos o el ladrillo y empiece a desplazarse hacia lo que es esencia del denostado capitalismo, que no es la circulación de dinero, sino la creación de valor. Cosa que se hace en la verdadera industria, y no en la reventa de hipotecas imposibles que pasan de mano en mano hasta que, al final, las paga el contribuyente.

Pero resulta que por aquí (Madrid o Buenos Aires, monta tanto, tanto monta, porque el hombre manda en muchos sitios) ha pasado Felipe González, con la pesada reconversión industrial a cuestas. La crisis es menos dura en Alemania que en España, entre otras razones, porque Alemania no hizo nada parecido a una reconversión industrial, cosa que, en buen romance, significa lisa y llanamente desindustrialización: hay países industrializados, que siguen generando valor y exportando, y otros que alguna vez estuvieron a punto de industrializarse, como España o Argentina, y cuyos proyectos industriales fueron desguazados. No lo digo yo: acaban de confesarlo en los Estados Unidos unos directivos de la Siemens que fueron inmediatamente retirados con altísimas primas de despido, para ser reemplazados por otros de idénticas prendas morales; y eso que no lo contaron todo, todo, sino sólo la mínima parte imprescindible, en plan blanqueo y obligados por la justicia.

Para España, la ruinosa operación de ingreso en la UE, con sus fondos de cohesión destinados a cualquier cosa menos al desarrollo, significó la adscripción al grupo de los países que no tienen nada que vender, salvo sol, vino y ladrillos. Es decir, significó quedarse voluntariamente al margen de la globalización: aceptar un papel de figurante en la economía mundo, con una petrolera argentina que pronto será rusa como mayor estandarte.

La culpa, pues, no es del capitalismo: nuestro problema es que no somos capitalistas, no producimos valor. Y tampoco es de la globalización: nuestro problema es que estamos mirando la globalización desde el balcón.

Y 2008 no ha sido horrible: ha sido ridículo, porque la que está cayendo no cae por la crisis global, sino por nuestros propios desaguisados, por nuestras propias maldades, por nuestra propia corrupción. Por este hábito idiota de hacer cosas únicamente para vendérnoslas entre nosotros. A menos que creamos que vender jabugos en América es exportar.


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