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PANORÁMICAS

Batman, el caballero oscuro

(Advertencia: esta crítica contiene spoilers). Acción, crimen, drama, misterio, romance, suspense, thriller, ciencia ficción; y mucho más: en el fondo, un western pasado (de rosca) por el expresionismo sombrío. Como si John Ford hubiese visitado el gabinete del doctor Caligari. Apabullante, desmesurada, brutal, esquinada, vitriólica: por fin una película de superhéroes y megavillanos digna de pasar a la historia.

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Decir que ésta es la mejor película de la saga Batman o la mejor de superhéroes del año no aclararía demasiado sobre las honduras metafísicas que se esconden en su trama, una trama tan oscura y consciente de su propia importancia como no se veía desde Matrix (sobre todo la Reloaded) y Sin City.
 
En El hombre que mató a Liberty Balance, John Ford trazó el triángulo básico de la lucha por el poder: el nihilista sádico, el héroe antiguo, que se enfrenta al primero con sus mismas armas de destrucción, y el nuevo héroe, que eleva la moral intuitiva a los principios éticos abstractos; todos ellos danzando alrededor de una mujer que no acaba de decidirse por ninguno de los héroes. Los críticos más tradicionales abjurarán de la comparación con la obra maestra de Ford, pero en tiempos del director que hacía westerns hubo críticos igualmente tradicionales que despreciaron la película interpretada por John Wayne, James Stewart y Lee Marvin, que no es que se adelantase a su época, es que trasciende todas.
 
Nolan retuerce el argumento fordiano inyectándole dosis masivas de insania psicopatológica. Gotham se convierte en un gigantesco manicomio, sofisticado, lujoso, sombrío, por el que deambulan un loco y genial homicida vestido de payaso que se hace llamar Jocker, un fiscal heroico y luminoso que, como un Parsifal wagneriano, parece destinado a redimir a la ciudad de la miseria moral y política en que ha caído y, claro, Bruce Wayne, alias Batman, un magnate de la tecnología sediento de venganza –y que podría ser campeón olímpico de decatlón– que se disfraza de murciélago y sale por las noches, con su sentimiento de culpa a cuestas, a darle su merecido a la ralea mafiosa.
 
Se ha hablado mucho del malogrado Heath Ledger, el taciturno pastor de ovejas gay de Brokeback Mountain, ahora transformado en el histriónico Jocker. Y con justicia. Como en el caso de James Dean, su prematura muerte velará con la sombra de la duda su temible interpretación, cargada de ruido y furia. Como los anarquistas nihilistas que imaginó Joseph Conrad, el Jocker encarnado por Ledger es peligroso porque busca la destrucción por la destrucción, y su voluntad-de-poder es infinita porque es voluntad-de-nada. Inteligente hasta la extenuación, como ocurre con los héroes oscuros shakespeareanos, sólo hay una forma de acabar con él, como sólo hay una forma de acabar con las cucarachas y las ratas y como sólo hubo una forma de parar los pies a Liberty Valance.
 
Frente a él, una chusma mafiosa (entre la que destaca Eric Roberts, el enésimo capo italo-americano), el brillante y valiente fiscal Harvey Dent (una vez más, Aaron Eckhart da un recital de interpretación), el único poli incorruptible de la ciudad (Gary Oldman) y, por supuesto, el híbrido de hombre y murciélago, Batman (Christian Bale, siempre intenso), ayudado por dos glorias como Michael Caine y Morgan Freeman encantadas de prestar la simpatía de su imagen al dolorido y amargado hombre murciélago. Entre tanto macho cargado de testosterona encontramos a la bella ojerosa Maggie Gyllenhaal, audaz y amorosa ayudante del fiscal y antigua amante de Wayne.
 
He mencionado antes a Parsifal, y quizá sea porque justo en estos días se está celebrando en Bayreuth el anual aquelarre wagneriano; pero es que Batman, el caballero oscuro aspira a la trascendencia y a la espectacularidad que asociaba el compositor alemán a la obra total. De hecho, Hans Zimmer y James Newton Howard rivalizan en wagnerismos.
 
Habrá quien juzgue que Nolan, víctima del síndrome de Ícaro, ha ambicionado demasiado, y su receta le resulte indigesta. No para quien esto escribe, que se ha sentido electrificado por la pantalla y visto seducido por unos personajes más grandes que la vida, atrapados en una tela de araña de traiciones y lealtades, mentiras y leyendas, ambiciones y desgarros, que finalmente se cierra sobre todos, repartiendo destrucción y muerte; todo ello acompañado de grandes dosis de humor negro, como el que se exhibe cuando Jocker relata a sus víctimas cómo se hizo las cicatrices que convierten su cara en un permanente himno a la jocosidad. En cualquier caso, Nolan no engaña a nadie, porque no hace sino retorcer el rizo que había modelado en Batman Begins.
 
La estructura de la película es dual, se alternan las brillantes secuencias de acción –que podría haber firmado el John Woo de Misión Imposible– con apartes dialogados y el planteamiento de problemas morales, como el uso de la tortura como método para la consecución urgente de la información o, al igual que en El hombre que mató a Liberty Valance y en Fort Apache, el enfrentamiento entre la peligrosa luz de la verdad y el reconfortante brillo de la leyenda: Batman considera que lo mejor para el pueblo es que éste no sepa qué ha pasado, y su ayudante estima que lo mejor para Wayne es que éste no sepa cuáles son los sentimientos de la mujer a la que ama.
 
El billar a tres bandas (moral, política, amor) entre Batman, Dent (cuyo destino, jugado al azar, lo convertirá en su reverso tenebroso) y Jocker, en la línea de sombra entre en el bien y el mal, terminará de la peor forma posible. Porque, y de nuevo es brillante la ambigüedad en la conclusión, la victoria será pírrica, y la risa horrible del Jocker retumbará por encima de los timbales finales.
 
Rodada en gran parte con cámaras IMAX y fotografiada con esmero por Wally Pfister, me permito sugerirle que busque una gran pantalla el día de su estreno, el 13 de agosto, a ser posible en versión digital y original con subtítulos. Sus sentidos, todos ellos, se lo agradecerán.
 
 
BATMAN, EL CABALLERO OSCURO (EEUU, 152 min). Director: Christopher Nolan. Guión: Jonathan y Christopher Nolan. Protagonistas: Christian Bale, Heath Ledger, Aaron Eckhart, Maggie Gyllenhaal, Gary Oldman, Michael Caine, y Morgan Freeman. Música: Hans Zimmer y John Newton Howard. Fotografía: Wally Pfister. Calificación: Apabullante (8/10).
 
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