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EL DOBLE RASERO DE LA IZQUIERDA

Berlusconi no está solo

Las redes sociales que, maquilladas con un barniz de rigor científico, abogan por la legalización de la paidofilia, desvinculándose en apariencia de las webs que comerciali­zan la pornografía infantil, se apuntaron un éxito cuando España rebajó a los trece años la edad de consentimiento para las relaciones sexuales.

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La progresía es, en general, muy permisiva cuando quien transita por estos parajes marginales de la legalidad le cae simpático. Cuando un juez norteamericano exhumó la sen­tencia de prisión contra Roman Polanski, recordando que és­te había tenido relaciones sexuales no consentidas con una adolescente de 15 años, muchos formadores de opinión denun­ciaron el presunto puritanismo de esa sociedad que fue pio­nera en la reivindicación de tantas libertades. Y, por su­puesto, los admiradores de Woody Allen le rieron (le reímos) las gracias cuando éste, ya maduro, formó pareja con su jovencísima y exótica hija adoptiva.

Progresía puritana

Ahora, esa misma progresía se trasmuta en puritana para juz­gar el comportamiento licencioso de Silvio Berlusconi. En su columna de La Vanguardia, Llátzer Moix clama contra la "bochornosa senilidad" de Berlusconi, a quien atribuye una "sexopatía aguda", despreciando lo que escribieron expertos como el gerontólogo y sexólogo Alex Comfort sobre las nece­sidades sexuales de la tercera edad. Y lo compara con Tibe­rio, retratado por Suetonio como "viejo sucio y repugnante", olvidando, también, que Pau Casals, Rafael Alberti y muchos otros iconos de la progresía codiciaron lo que él, Moix, llama "carne fresca". ¡A por ellos, Bibiana Aído!

Lo curioso, en el caso Berlusconi, es que el argumenta­rio de sus detractores es idéntico al que emplearon los enemigos de Bill Clinton cuando intentaron descabalgarlo de la presidencia de Estados Unidos. El fiscal Kenneth Starr fue quien elaboró el informe destinado a convertirse en la pieza clave del proceso de destitución. Su texto describía con crudeza pornográfica los encuentros entre Clinton y la becaria Monica Lewinsky, hasta el punto de que a partir de su publicación la palabra felación dejó de ser tabú en los medios de comunicación de masas. "La versión de Starr –informó la revista Time– dejó a los congresistas con el deseo explícito de ducharse después de haberlo leído". Por supuesto, las filtraciones a la prensa de los pasajes más escabrosos formaron parte de la estrategia encaminada a aniquilar al inculpado.

La bragueta de Clinton

La escalada de revelaciones tuvo un efecto colateral: salió a la luz todo el historial erótico de Clinton, desde sus tiempos como gobernador de Arkansas hasta su acceso a la Casa Blanca. Jennifer Flowers se adjudicó el título de pri­mera favorita, con 12 años de relación a partir de 1980. Luego, en 1984, debió competir con Connie Hamzy y con una ex Miss Arkansas. La aparición de Paula Jones, que entabló juicio contra Clinton con la ayuda de una organización con­servadora, destapó la existencia de una tal Monica Lewinsky, quien a partir de entonces ocupó el centro del escenario.

Las tribulaciones de Clinton no tuvieron como telón de fondo el bunga bunga berlusconiano, ni involucraron a unaprostituta de 17 años que, por lo menos en España, podría haber tenido relaciones sexuales consentidas sin que hubie­ra delito. La protagonista fue una avispada becaria de 24 años. Visto lo cual, el sociólogo francés Alain Touraine sentenció:

La amenaza no es la bragueta de Clinton, sino el fiscal Kenneth Starr. El futuro del mundo depende de su locura integrista cristiana y conservadora. El señor Starr es un peligro para la democracia: la destruye activamente.

Los intelectuales y artistas que firmaron un manifies­to de apoyo a Clinton fueron igualmente categóricos: "La democracia está amenazada por las intrusiones flagrantes en la vida privada, cuyo respeto está considerado en toda sociedad civilizada como un derecho sagrado". Firmaron el manifiesto, entre otros: Gabriel García Márquez, Gérard Depardieu, Sofía Loren, Jeanne Moreau, Robert Altman, Costa Gravas, Bernardo Bertolucci, Liv Ullman, Alain Delon, Emma Thompson, Paul Auster, Ismael Kadaré, Carlos Fuentes, Art Garfunkel, Juliette Grecco, André Glucksmann y Yehudi Menuhin. ¿Habrían esgrimido todos ellos su impecable alegato en defensa de la privacidad de Berlusconi? Habría sido revelador comprobarlo.

Podría haberse aplicado igualmente al caso Berlusconi una inquietante reflexión que la periodista Margaret Carison dedicó a la campaña contra Clinton:

Todos tenemos una pizca de Clinton dentro de nosotros, y, nos guste o no, és­ta es una de las razones por las que continúa siendo tan po­pular. Al mismo tiempo, y esto es parte de la misma verdad, quienes más odian a Clinton parecen llevar dentro de sí al­go más que esa pizca de él.

Un mujeriego empedernido

Otro efecto colateral del fenómeno Clinton fue la divulga­ción de una multitud de transgresiones análogas perpetradas a lo largo de la historia de Estados Unidos. Todo empezó con el primer presidente, George Washington, un mujeriego empedernido al que la propaganda de los colonialistas bri­tánicos atribuía enredos con amantes blancas y negras. No menos licencioso fue el prócer Thomas Jefferson, que tu­vo por amante, entre muchas otras, a la joven esclava Sally Hemmings, con quien se rumorea tuvo muchos descendien­tes mulatos. Más próximo en el tiempo, el presidente Franklin D. Roosevelt instaló en unos aposentos de la Casa Blan­ca a su amante y secretaria, Lucy Mercer. Luego, el general Dwight Eisenhower, que sentía auténtica devoción por su es­posa, Mamie, cedió a los encantos de quien fue su chófer durante la Segunda Guerra Mundial, la ex modelo y actriz Kay Summersby. Y Lady Bird supo resignarse a las múltiples infidelidades de su esposo, el presidente Lyndon B. Johnson:

Mi esposo ama a la gente. A toda la gente. Y las mujeres son la mitad de la gente que hay en el mundo. ¿No creeréis que podría haber mantenido a mi esposo aleja­do de la mitad de la gente?

La intermediaria de la Mafia

Quien se llevó la palma en este torneo genital fue, sin du­da, el presidente John F. Kennedy. Seymour Hersh, ganador del premio Pulitzer por sus revelaciones sobre la matanza de Mi Lay, asestó una puñalada trapera al mito Kennedy con su libro The Dark Side of Camelot. Hay en él suficiente material para eclipsar las fechorías de Clinton y Berlusconi, aunque diluya la leyenda urbana sobre los amoríos del pre­sidente y su hermano Bob con Marilyn Monroe.

John F. Kennedy.Harto del harén de prostitutas que le proporcionaban sus amigos del clan Sinatra, entre los que se contaba su cuñado, Peter Lawford, Kennedy buscó emociones fuertes en la cama de Ellen Rometsch, de quien el FBI sospechaba era una espía al servicio de Alemania Oriental, y de Pame­la Turnure, secretaria de prensa de su esposa, Jacqueline. Mas todos estos adulterios son peccata minuta cuando se los compara con el trío que formaron Kennedy, Judith Exner y el gángster Sam Giancana.

Amante, simultáneamente, de Ken­nedy y Giancana, Exner actuó como intermediaria en la con­fección de un plan para que la Mafia asesinara a Fidel Cas­tro. Se explica que, con una vida tan agitada, Kennedy fue­ra blanco ideal de tentativas de chantaje. Varios historiadores sospechan que J. Edgar Hoover consiguió perpetuar­se en la jefatura del FBI gracias a los materiales incriminatorios que conservaba, y que podrían haber hundido a John y Bob Kennedy, que lo odiaban, y al paterfamilias, Joseph, viejo asociado del hampa.

Culebrones eróticos

Sin salir del mundo occidental, afloran en el Reino Unido los ingredientes de un sinfín de culebrones eróticos, entre los que descuellan los que protagonizaron Lady Di, el prín­cipe Carlos y su variopinto séquito de amantes. El contro­vertido iconoclasta José Luis de Vilallonga escribió, con­culcando la solemnidad del luto:

¿Cómo le habrá anunciado el príncipe Carlos a Guillermo y a Enrique que su madrehabía muerto en París junto a su último amante, un chisga­rabís musulmán cuya inmensa fortuna provenía del comercio de armas, esas armas contra las que se dice que Diana tan­to luchó?

En el ojo del huracán pululaban otros miembros de la familia real, ministros y legisladores que un día sí y otro también alimentaban las calderas de la prensa sensacionalista. Tal fue el caso del diputado conservador Stephen Mulligan, cuyo cadáver

apareció en la cocina de su casa desnu­do, con la excepción de unas medias de mujer, una liga al­rededor del cuello, una bolsa de plástico en la cabeza y una piel de naranja en la boca... Murió, al parecer, de lo que se llama "asfixia erótica", mientras limitaba, para es­timularse sexualmente, la cantidad de oxígeno que llegaba a sus pulmones.

Pocos meses después, el jefe del Estado Mayor, Sir Peter Harding, de 60 años, casado, con cuatro hijos, debió dimitir cuando su amante, la española Bienvenida Pérez Blan­co, vendió su historia íntima al tabloide News of the World. Esa historia incluía secretos de Estado que el imprudente jerarca le había revelado.

Quien debió apechugar con estos escándalos fue el pri­mer ministro John Major, pero Tony Blair también tuvo los suyos. Su ministro para Gales, Ron Davies, renunció al cargo después de que un desconocido lo atracara en un parque donde se intercambiaban prestaciones homosexuales. En cam­bio, Blair defendió a su ministro de Asuntos Exteriores, Robin Cook, a quien su ex esposa acusó públicamente de "pa­decer problemas sexuales, desmayarse completamente borracho, haber vendido su alma al diablo y haber disfrutado de porlo menos seis amantes". Blair renovó su confianza en Cook y explicó, en un programa de la BBC, que "hasta en las me­jores familias se producen problemas personales de sexo, alcohol o lo que sea", problemas que son "un asunto privado que no tiene nada que ver con la capacidad de un político para rea­lizar bien su trabajo". Más claro, imposible.

François Mitterrand.Una atmósfera pecaminosa

La atmósfera pecaminosa que, según los estereotipos, impreg­na a la sociedad francesa hizo que pocos se sorprendieran cuando junto al féretro del ex presidente François Mitterrand aparecieron, por un lado, su esposa Danielle y sus dos hijos y, por otro, Anne Pingeot, amante del difunto, acompañada por la hija de ambos, Mazarine, de 21 años. A Mitterrand no le había bastado esta relación pa­ralela, de larga duración. "Mitterrand amó mucho a las mu­jeres, y esto no es un secreto para nadie", informó el se­manario L'Express, en cuyas páginas la renombrada escrito­ra y periodista Françoise Giroud confesaba haber sido una de las amantes del político socialista, al que calificaba de "seductor". Otra amante fue la corresponsal sueca Christina Forsne, quien dio a luz, en una lujosa clínica de Pa­rís, a un hijo de padre sospechosamente desconocido.

Tampoco es extraño que Mitterrand desatendiera a su es­posa Danielle, una extravagante aficionada a las algaradas de los antisistema y al turismo revolucionario. Esta afición la llevó a revolotear por el feudo del embaucador subcomandante Marcos, en Chiapas, donde se codeó con los camaradas Jo­sé Saramago, Manuel Vázquez Montalbán y Joaquín Sabina.

Mitterrand no hizo más que ceñirse a la vetusta tradición del Elíseo. Según el semanario político Marianne, la única excepción a la regla fue el general Charles de Gaulle, cuya esposa vetaba a los colaboradores de éste sospechosos de conducta impropia. Sólo perdonó al intocable André Malraux, quien vivía en concubinato con la escritora Louise de Vilmorin y, tras la muerte de ésta, con su sobrina.

Superada aquella excepción, el ambiente volvió a entur­biarse durante el mandato de Georges Pompidou. Este y su esposa Claude recibieron el impacto del asesinato de un tal Markovic, guardaespaldas de quien acompañaba a la pareja presidencial a fiestas non sanctas: Alain Delon. Más tarde, siempre según Marianne, Valery Giscard d'Estaing disfrutó de los favores de Catherine Bokassa, esposa del famoso dic­tador caníbal de la República Centroafricana, de Silvia Emanuelle Kristel y de amigas compartidas con Roger Vadim.

Afinar la puntería

Esta enumeración de transgresiones y libertinajes cometidos por figuras públicas de izquierda, centro y derecha no de­be interpretarse, empero, como un alegato contra la clase política y el sistema democrático del que ésta forma parte. Todo lo contrario. Es bueno que veamos a nuestros gobernan­tes como personas sensibles a las pulsiones hormonales in­herentes a la condición humana, pues así nos ahorraremos los desencantos que siempre suceden a las idealizaciones. Una vez despojados los políticos de falsos atributos sobre­humanos, es más fácil juzgarlos por su capacidad para desem­peñar correctamente sus funciones: entre Bill Clinton y Sil­vio Berlusconi media el abismo que separa a un estadista pragmático de un empresario taimado, independientemente de que ambos sean vulnerables a las tentaciones de la carne, alimentadas, además, por esa droga polivalente que es el usufructo del poder. Polivalente porque estimula la libido en los más pintorescos y la megalomanía adanista en los más peligrosos.

Un ejemplo de esta necesidad de afinar la puntería a la hora de valorar a los gobernantes la encontramos, hoy, en España. En La Moncloa y sus aledaños no hay bunga bunga, ni becarias o azafatas complacientes, ni septuagenarios rijosos, a pesar de lo cual los ciudadanos asistimos, momentáneamente impotentes, a la acelerada descomposición del entramado institucional, social, económico y territorial de la nación española. Quizás ésta sea la razón por la cual los italianos votan al felliniano Berlusconi: temen que lo sustituya un clon del guiñolesco Rodríguez Zapatero.

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