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CRÍMENES MÚLTIPLES

El asesino de ancianas

El desarrollo de la psiquiatría permite descubrir a estos pervertidos y separarlos de los enajenados. La diferencia es cualitativa: los locos no son imputables, mientras que los psicópatas desalmados pagan por sus crímenes.

F. P. A.
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Uno de estos ejemplares humanos distintos a los demás, capaces de superar el horror a todo lo conocido, fue detenido en Santander a finales de la década de los 80. Se trataba del albañil José Antonio Rodríguez Vega. Un hombre moreno, de mirada penetrante. De nariz aguileña y boca muy marcada. Con cierto aire de desamparo. Pese a su aspecto inofensivo, fue culpado de al menos 16 asesinatos de ancianas.
 
Durante el juicio hubo que discernir si se trataba de una bestia implacable o de un ser humano con las facultades mentales perturbadas. El informe de los psiquiatras que lo examinaron, Carlos Fernández Junquito, José Antonio García Andrade y Miguel Rodríguez, fue concluyente: "Conserva inalterado su sentido de la realidad y es capaz de gobernar sus actos, siendo resistente a los tratamientos, lo que ensombrece su pronóstico: su peligrosidad es muy alta". ¿Cómo puede la sociedad protegerse de un individuo como este?
 
José Antonio Rodríguez Vega fue asesinado en la prisión de Topas (Salamanca) por otros dos reclusos en 2002. Tenía como rasgo distintivo su rostro de buena persona. En su cara se componía el gesto beatífico del que no ha roto un plato. Algunas de sus víctimas lo consideraban una "bellísima persona".
 
En su juventud, Rodríguez Vegas se convirtió en un agresor sexual; cometió un número no determinado de violaciones, hasta que fue detenido e identificado como el célebre "violador de la moto". Durante el tormentoso proceso que se siguió contra él fue condenado a 27 años de prisión. Sólo cumplió ocho. Con un innegable poder de persuasión, y aprovechándose de su expresión beatífica, obtuvo el perdón de todas las mujeres que había violado menos el de una, a la que no pudo engañar. No logró librarse de la cárcel, aunque estuvo a punto, pero consiguió reducir su condena.
 
De nuevo en libertad, se dedicó a ganarse la confianza de ancianas solitarias. Primero las observaba y estudiaba sus costumbres. Hacía un seguimiento completo y minucioso de sus víctimas. Una vez que tenía suficientes datos sobre su forma de vida las abordaba. Para que las elegidas no dudaran en franquearle la puerta de su hogar se hacía pasar, por ejemplo, por el reparador de la televisión. El otro recurso más empleado para penetrar en los hogares era su condición de albañil. Se ofrecía a hacerles reformas o reparaciones; una vez dentro las asaltaba sexualmente y las daba muerte, tapándoles las vías respiratorias.
 
El tipo de muerte que infligía a sus víctimas consiguió despistar a los médicos, que durante los primeros asesinatos, dictaminaron como fallecimientos naturales lo que no eran otra cosa que los crímenes del llamado "Landrú cántabro". En algunas ocasiones el despiste, la ligereza o el error de los que extendieron los partes de defunción fue tal que llegaron a certificar muerte natural en cadáveres con la ropa interior bajada o los órganos sexuales sangrando por haber sido violentados. A una de sus víctimas se la encontró con la dentadura postiza clavada dentro de la garganta. Pese a las evidencias en contra, el dictamen médico era siempre el mismo: "Muerte por fallo cardiaco". Era exacto, pero se pasaba por alto que había sido provocado.
 
El asesino de ancianas tenía un modus operandi que repetía siempre: primero se ganaba la confianza de las mujeres, una vez dentro de la vivienda las asaltaba y les tapaba las vías respiratorias mientras abusaba de ellas, hasta que sufrían un síncope. Finalmente se llevaba alguna pertenencia de la víctima, a modo de recordatorio. Cuando la policía le descubrió encontró un cuarto decorado en rojo en el que tenía expuesta su colección de fetiches: joyas, televisores, alianzas, porcelanas, incluso un florero con flores de plástico. No lo guardaba por el valor de lo robado, sino por morbo.
 
Los asaltos sexuales variaban en intensidad y procedimiento. Con frecuencia se ayudaba de palos y otros objetos. Aunque fue acusado de al menos cuatro delitos de hurto, el móvil era en todos los casos de tipo sexual.
 
Los crímenes de las ancianas, aunque no se descarta algún otro no denunciado o contabilizado, fueron 16; en un año, de abril de 1987 a abril de 1988. La edad de las víctimas oscilaba entre los 61 y los 93 años. He aquí la macabra lista: Victoria Rodríguez (61 años, asesinada el 15 de abril de 1987), Simona Salas (84;13-VII-1987); Margarita González (82; 6-VIII-1987), Josefina López (86; 17-IX-1987), Manuela González (80; 30-IX-1987), Josefina Martínez (84; 7-X-1987), Natividad Robledo (66; 31-X-1987), Catalina Fernández (93; 17-XII-1987), María Isabel Fernández (82; 29-XII-1987), María Landazábal (72; 6-I-1988), Carmen Martínez (65; 20-I-1988), Engracia González (65; 20-I-1988), Josefina Quirós (82; 23-II-1988), Florinda Fernández (84; 16-III-1988), Serena Ángeles Soto (85; 2-IV-1988), Julia Paz (71; 18-IV-1988).
 
Rodríguez Vega estuvo casado. Su esposa, Socorro Marcial, le abandonó cuando fue condenado como "el violador de la moto". Se llevó al único hijo de la pareja. Entonces él se buscó como compañera a una disminuida mental. Su difícil relación con las mujeres empieza con la dependencia de la madre, a la que ama y teme, y sigue con una vida conyugal claramente poco satisfactoria, durante la que lleva a cabo una doble vida: se esfuerza en ser un marido modelo mientras es un violador al acecho.
 
De todas formas, su explosión asesina fue algo que, aunque iba fraguándose poco a poco, se reveló de forma repentina. Su primera víctima fue una prostituta que, pese a su avanzada edad, según admitió la hija durante el juicio, todavía ejercía. Ese detalle facilitó las cosas. El asesino no tuvo mayor problema en acercarse a ella. El final de su trato carnal fue inesperado. Probablemente, el resultado de su frustración. Pero la muerte de la anciana debió de enseñarle un camino de perversión, un modo en que alcanzaba niveles de excitación inexplorados.
 
Esta primera muerte marcó todas las demás. Una vez convencido de que su mayor placer lo obtenía con mujeres que no podían defenderse emprendió un camino sin retorno. Los crímenes se sucedieron. Rodríguez Vega era cuidadoso en los detalles. No dejaba huellas. Tal era su pulcritud en la comisión de los asesinatos que la hija de la primera víctima, por mucho que lo intentó, no consiguió convencer a los policías de que la muerte de su madre había sido un crimen.
 
En la cadena de asesinatos hubo casos en que la familia tardó varios días en descubrir que la anciana había muerto. Eran mujeres que vivían solas. Sus muertes eran un trámite para los médicos y, en alguna ocasión, una liberación para las familias. El asesino podría haber seguido gozando de su impunidad. Pero algunos familiares lo denunciaron. La intriga fue creciendo y poniendo en apuros a los investigadores.
 
La policía, cuando se encontraba más perdida, encontró un coincidencia: en varios de los domicilios en los que se habían producido muertes sospechosas de ancianas se habían llevado a cabo reformas de albañilería. En una de las casas fue hallada una tarjeta con el nombre y dirección del presunto culpable. Poco después se produjo su detención. Un segundo examen de los cadáveres descubrió señales de violencia.
 
Durante el juicio, celebrado en Santander a finales de noviembre de 1991, Rodríguez Vega se descubrió como un ególatra con afán de protagonismo que miraba fijo a las cámaras, sin huir ni taparse, deseoso de que se conociera su cara. El rostro de un asesino imperturbable, sonriente y cínico ante los insultos de los familiares de las víctimas, que alardeaba del perdón que le concedieron las mujeres que violó y de ser recibido después en las casa de esas mujeres "como un señor", haciendo una burla terrible de aquel perdón.
 
También alardeó de no tener problemas sexuales, y afirmó que hacía el amor todos los días. Eso sí, se le heló la sonrisa en la boca cuando escuchó la sentencia que le condenaba a 400 años de prisión, donde acabó sus días.
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