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LA ECONOMÍA NO MIENTE

El fin de la pobreza masiva

Sala i Martín pasó de Cataluña a Estados Unidos sin dificultades; los ojeadores de las universidades estadounidenses recorren el mundo para descubrir a los mejores estudiantes y hacerles ofertas irresistibles. ¿Por qué seguir siendo un universitario pobre en España cuando es posible alcanzar prosperidad y notoriedad en Estados Unidos?, se pregunta Sala i Martín.

Guy Sorman - El fin de la pobreza masiva
Prácticamente la totalidad de los premios Nobel de economía y de otras disciplinas científicas recae en estadounidenses o en extranjeros instalados en Estados Unidos. Según Sala i Martín, en Estados Unidos las universidades impulsan a cada uno a llegar a ser el mejor; la perfección intelectual y la investigación obedecen a los mismos incentivos que cualquier otra actividad humana. En su opinión, si las universidades europeas están en decadencia es porque rechazan la selección y la competitividad.
 
Teoría de la convergencia
 
El renombre de Xavier Sala i Martín cobra impulso en 2005, con la publicación de un estudio sobre la reducción de la pobreza en el mundo. A partir del análisis de las estadísticas de ingreso nacional de 136 países (...), Sala i Martín demostró que la pobreza absoluta se hallaba en vías de regresión desde 1970 y denominó a ese fenómeno "convergencia general de los países". Adoptando el criterio de pobreza del Banco Mundial, es decir un dólar por día y persona (o el equivalente en poder de compra local de un dólar por día), se dividió por tres el número de pobres a lo largo de esos últimos 30 años: 428 millones de individuos salieron de la miseria. Ese bienestar económico es consecuencia de la mundialización mediante el comercio y la generalización de la economía de mercado; una y otra han metamorfoseado civilizaciones que nunca conocieron otra cosa que no fuera la indigencia. De ello Sala i Martín deduce que los países convergen y que todos se suman al modelo dominante, el de los países ricos de la OCDE.
 
¿Los pobres terminarán por alcanzar a los ricos? Es concebible, porque la imitación es más barata que la innovación; ese menor costo explica cómo los países pobres progresan más rápidamente que los ricos y se acercan a ellos. Pero, a medida que copiar se hace menos rentable, el crecimiento de los países pobres se desacelera y se ajusta al de los ricos. A largo plazo, es posible concluir que todas las economías en desarrollo progresarán al mismo ritmo que aquellos países que encabezan la innovación; los países menos desarrollados seguirán situándose detrás de los más desarrollados, excepto si consiguen convertirse a su vez en pioneros de la innovación.
 
Esas conclusiones de Sala i Martín contradicen las ideas aceptadas sobre el tema; no, los países pobres no se vuelven cada vez más pobres ni los ricos, cada vez más ricos. Los ricos siguen enriqueciéndose, pero los pobres son menos pobres y convergen hacia la posición de los ricos. A pesar de basarse en datos verificables, esta convergencia no es aceptada unánimemente por los economistas. Otros (en particular Lant Pritchett, en Harvard) se aferran a la divergencia.
 
¿Cómo se llega a conclusiones opuestas a partir de una misma realidad observable? La respuesta es la siguiente: modificando los criterios. En lugar de tomar en cuenta el ingreso nacional, como hizo Sala i Martín, Pritchett, quien por otra parte es hostil a la mundialización porque trivializa a las civilizaciones, denuncia la divergencia basándose en los ingresos declarados por las familias; las encuestas de opinión suelen revelar ingresos inferiores a los que registran las estadísticas contables. ¿Pero no es que en todos los regímenes la gente tiene interés en subvalorar sus ingresos declarados?
 
Otro asunto contencioso separa a los partidarios de la convergencia de quienes se decantan por la divergencia: ¿conviene o no incluir en el ingreso nacional los gastos públicos? Sala i Martín los incluye, considerando que la enseñanza o la sanidad pública son elementos de ingreso que mitigan la pobreza. Sus adversarios replican que los gastos públicos incluyen los gastos militares o suntuarios que no benefician en nada a los pobres. Según Sala i Martín, ése es un mal procedimiento, pues toda comparación en el tiempo y el espacio sólo es válida a partir de criterios constantes y comparables: desde 1960, no existe otro criterio que el producto interior bruto de los países. Antes no eran más que conjeturas; nadie sabía si el nivel de vida de los chinos en 1600 era superior o no al de los europeos. Pero, puesto que los datos contemporáneos son irrefutables, la convergencia es cierta.
 
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Divergencia de África
 
La convergencia es general, pero no uniforme; es gracias a China y recientemente a la India que el número total de pobres disminuye masivamente. Pero en ambos casos se trata de una revolución; hace 30 años la pobreza era fundamentalmente un fenómeno asiático. En 1970, el 27% de los pobres vivía en el este y sur de Asia, mientras que en la actualidad la pobreza se ha convertido en un problema africano; el 68% de los pobres vive en África, frente al 19% de Asia. África se mantiene fuera de la convergencia, pero la convergencia fuera de África demuestra que es posible salir de la pobreza, siempre que se siga una política económica que funcione en lugar de una que no lo haga. Ya no hay interrogantes teóricos sobre el desarrollo, puesto que la vía correcta en lo sucesivo está señalada y es seguida por los pueblos más diversos. En opinión de Sala i Martín, la cuestión del desarrollo tampoco ha llegado a ser la del desarrollo en general, sino la de África en particular.
 
También es necesario admitir otro matiz en relación con la teoría de la convergencia: la convergencia verdadera entre los países no siempre se verifica en el interior de los mismos. En China, en Rusia y también en Estados Unidos (pero no en Brasil ni en Tailandia), la desigualdad entre ricos y pobres, en diversos grados, se acentúa; pero esas divergencias locales sobre un fondo de crecimiento generalizado no impiden la convergencia global. En otros términos, todos los individuos se enriquecen, pero más o menos rápidamente. En los países en los que la desigualdad se ahonda a pesar del crecimiento general, Sala i Martín no acusa a la mundialización, que es justa, sino a las políticas internas más o menos democráticas, al acceso desigual a la enseñanza o al saqueo de los recursos por los burócratas, como en Rusia o China. Cree que sería lamentable que imperfecciones locales hiciesen dudar de un modelo global que sigue siendo esencialmente progresista.
 
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Del crecimiento a la felicidad
 
Sala i Martín sostiene que son pocos los destinos personales que no están dictados en mayor o menor medida por la prosperidad económica. No se sabe medir la felicidad, lo cual no impide que los elementos que contribuyen a la misma estén condicionados por el ingreso disponible.
 
¿Esto es verificable? En la Universidad Erasmus de Rotterdam, en Holanda, Ruut Veenhoven creó una base de datos que clasifica la "felicidad nacional bruta" de 95 países. Contrariamente al Producto Interior Bruto, esta noción no es objetiva, sino que se basa en encuestas de opinión. Los resultados no constituyen ninguna sorpresa: los países que en promedio se declaran más felices son los más ricos, aquellos donde la economía es competitiva y la sociedad es democrática y bien gobernada. Organismos internacionales en los que el afecto por la economía de mercado está poco extendido –la ONU en particular– han inventado otros criterios no económicos para medir el progreso de los países; el más aceptado es el índice del desarrollo humano del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). Este índice toma en cuenta la educación y la esperanza de vida. Nueva ausencia de sorpresa: la clasificación obtenida no difiere de la que se logra mediante el PIB. Éste condiciona la esperanza de vida y la educación; si la economía no hace la felicidad, contribuye a ella.
 
Sala i Martín considera que la mayoría de los problemas llamados sociales terminan por desaparecer con el desarrollo. Analicemos dos ejemplos clásicos: el medio ambiente y la democracia. Se ha comprobado que, en la fase inicial del desarrollo, se maltrata a la naturaleza. Pero, a partir de 5.000 dólares por habitante (el nivel actual de Tailandia o de Malasia), la productividad toma el relevo y el crecimiento intensivo destruye menos recursos naturales. Del mismo modo, los países ricos tienden a volverse democráticos y a seguir siéndolo, mientras que los países pobres raras veces lo son o siguen siéndolo. ¿Existe una correlación entre democracia e ingreso? Se está de acuerdo en pensar que la economía de mercado suscita a la vez crecimiento, desarrollo de una sociedad civil e instauración de instituciones; la democracia logra que todo esto suceda casi naturalmente. Sala i Martín no lo explica, sino que lo constata; es un hecho y eso le basta. También constata que mundialización y crecimiento avanzan a la par; allí donde no hay mundialización, intercambios y capitales, como en el África subsahariana, no hay crecimiento. Es otro hecho probado. Según Sala i Martín, que dedica mucho tiempo a esta cuestión, no vale la pena interrogarse sobre la relación entre la mundialización y el desarrollo cuando la constatación es evidente.
 
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África, víctima de la caridad
 
¿África es responsable de sus propios males? ¿O los africanos son víctimas de los demás? Sala i Martín se plantea estos dos interrogantes. Es innegable que en el origen de la pobreza existen responsabilidades locales: las guerras, el tribalismo y el saqueo de los recursos naturales son obra de los dirigentes africanos. Analicemos el caso de Nigeria, un buen ejemplo de país con abundancia de recursos, saqueado por sus dirigentes. Desde 1965 hasta 2000 el ingreso por habitante en Nigeria no ha crecido, mientras que el país ha acumulado 350.000 millones de dólares de ingresos petroleros. Esos ingresos fueron acaparados por el 2% de la población, que no tiene ningún interés en que se instaure un modelo económico más equitativo. Desde hace 30 años, los Estados africanos, con la única excepción de Botswana, han declarado la guerra a sus vecinos o a sus propios pueblos.
 
¿África víctima? África es también víctima, aunque no se trata sólo de eso. Sala i Martín culpa al proteccionismo europeo. Califica de "obscenas" las subvenciones agrícolas en Europa, Japón y Estados Unidos; esas subvenciones no sólo bloquean el comercio, sino que disuaden a los africanos de ser emprendedores. Pero, entre todos los errores cometidos por los africanos o los occidentales, el más desastroso sería el rechazo a percibir a los africanos como emprendedores potenciales.
 
Según Sala i Martín, los occidentales, en su afán por producir todo ellos mismos, no dejan ningún espacio a las empresas africanas. Con la ayuda lavamos nuestros pecados históricos, pero confinamos a los africanos a depender de ella. Y añade que la ayuda es necesariamente ineficaz porque obedece a una lógica inversa a la de la economía de mercado; en el mercado, el productor procura satisfacer a un consumidor, mientras que con la ayuda se trata de satisfacer al donante. ¿El objetivo inconfesable de la ayuda no sería hacer felices a la ONU, al Banco Mundial y a los mecenas?
 
En África las mejores intenciones conducen a los peores resultados. Analicemos el comercio justo, que en Europa goza de una excelente reputación; en nombre de la cooperación, ciertas organizaciones humanitarias o empresas occidentales adquieren productos africanos a cotizaciones superiores a las del mercado. ¿Cuál es el resultado constatado? Los productores africanos descubren la ganga y se precipitan hacia lo que el Norte busca; las consecuencias son sobreproducción, acumulación de stocks y hundimiento de los precios. Al final, el productor se arruina. Sala i Martín sostiene que la única ayuda legítima consiste en aportar soluciones médicas para erradicar la tuberculosis, la malaria y el SIDA, algo que los africanos no pueden lograr por su cuenta.
 
Sala i Martín lamenta que en África no se escuche a los economistas. O que no se escuche a los buenos economistas. Le irrita la repercusión que tiene en el público su colega de Columbia, Jeffrey Sachs, en campaña permanente para recaudar fondos destinados a África con el apoyo del cantante Bono. El argumento popularizado por Sachs en su libro El fin de la pobreza es que si la ayuda no contribuye al desarrollo es porque resulta insuficiente; si Estados Unidos aceptase cuadruplicar su ayuda y Europa duplicar la suya, África despegaría. Para dar prueba de ello, Sachs y sus seguidores financian pueblos modelo en África, que según denuncia Sala i Martín no son más que pueblos Potemkin, pero con sol. Sachs es recibido como una celebridad por los jefes de Estado africanos y los directivos de las grandes instituciones de ayuda occidental.
 
¿Buscaría la popularidad más que la verdad? Sala i Martín no se atreve a considerar esa posibilidad. Ingenuidad fingida: Columbia reclutó a Jeffrey Sachs tanto por su carisma como por la calidad de sus investigaciones. En la competencia a la que se entregan para atraer profesores, estudiantes y financiación, las universidades saben dosificar sus fichajes; además de investigadores rigurosos, fichan a otros que mantienen la atención de los medios de comunicación.
 
A la larga, Sala i Martín deposita sus esperanzas en los chinos. ¿En los chinos? Desde que las empresas chinas desembarcaron en África, los occidentales piensan que van a saquear las materias primas del continente. En lo inmediato, las cotizaciones aumentan, pero ese suplemento de recursos pocas veces beneficia a los pueblos. Sin embargo, la intervención china presenta otras características que podrían desencadenar un desarrollo más auténtico; los chinos se instalan como emprendedores, reclutan mano de obra local y producen en el lugar, a costos más bajos que en China. ¿Será el esbozo de una industrialización de África?
 
En los países pobres es frecuente que el espíritu de empresa proceda de minorías sin vinculación con las tradiciones y presiones locales. ¿Los chinos en África llegarán a ser el equivalente de lo que fueron los protestantes en Europa, los griegos en Turquía y los libaneses en Brasil? Mientras tanto, Sala i Martín reconoce una gran virtud a los chinos: sin mala conciencia, dirigen a África una mirada objetiva, identifican el mercado y los trabajadores, y razonan en términos de empresa y no de ayuda. Y eso es lo que necesitan los africanos; África convergerá si sigue el camino del crecimiento mediante la industrialización.
 
(...)
 
¿No es la hipocresía lo que impide la convergencia de África? Todos admiten que en las culturas africanas nada se opone al desarrollo; todos saben que la ayuda nunca podrá convertirse en el sustituto del desarrollo. Pero la cuestión de la industrialización de África no es prioritaria en los debates internacionales, aunque nada puede reemplazar a esa industrialización como motor del crecimiento. Junto con Sala i Martín, ¿habrá que contar con los chinos para la industrialización de África? El proyecto parece teórico, pero recordemos que hace 50 años nadie consideraba que los dragones de Asia, con Corea a la cabeza, llegarían a ser sociedades industriales.
 
 
NOTA: Este texto es un extracto del capítulo 9 de LA ECONOMÍA NO MIENTE, el más reciente libro de GUY SORMAN, que acaba de publicar la editorial Gota a Gota.
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