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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Los progres, a punto de exiliarse por culpa de Garzón

Los intelectuales de izquierdas son algo más caprichosos que los niños de teta, así que toleran bastante mal que alguien les lleve la contraria. Si la fiscalía de la Audiencia Nacional y la familia de García Lorca les prohíben exhumar su cadáver, reaccionan como un bebé tragón cuando su mamá le retira el pezón de la boca, sólo que en lugar de berrear proponen irse al exilio, no sin antes declararse partidarios de la violación de monjas o de la quema de los libros de quienes no son de su cuerda.

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La autora que peor ha escrito, escribe y escribirá en lengua castellana (según la crítica más solvente) se ha pedido Méjico como futura residencia. Las autoridades del Distrito Federal aún no han decretado el estado de alarma, pero la gente de la zona anda bastante preocupada con este posible desembarco de luchadores por la libertad y la democracia metidos a desenterradores, no sea que les dé por investigar la suerte de los más de cuatrocientos estudiantes asesinados en la Plaza de las Tres Culturas. Porque resulta, aunque nuestros progres a la violeta lo ignoren (están muy flojos en Historia… también), que la matanza fue ordenada por un gobierno, ay, de los progresistas, y no es cuestión de desenterrar viejos asuntos que ya habían quedado zanjados con el expediente habitual con que la izquierda latinoamericana encubre sus asesinatos: todo fue obra de la CIA.
 
Precisamente la rolliza intelectual que se levanta por las mañanas con ganas de fusilar a un buen puñado de comunicadores y a media tarde hace apología de la violación de monjas es una firme defensora de la libertad de expresión y, por supuesto, está en contra de la violencia de género, que para eso es muy progresista. Siempre y cuando, claro, los que se expresen libremente o sufran violencia de género sean ciudadanos progresistas, de lo contrario el drama sólo sirve para hacer un par de chistes grasientos, que ya no hacen gracia ni a los compañeros de ideas que aún preservan cierto grado de decencia.
 
Cuando una intelectuala progre especula zafiamente con los sentimientos de una monjita mientras es violada por un grupo de camaradas, precisamente la víspera del día mundial en contra de la violencia de género, no está ofendiendo a la memoria de una religiosa asesinada ni manchando de porquería el mensaje machacón del ministerio del ramo en torno a este asunto. Está simplemente ironizando sobre la docilidad y obediencia cristiana de las monjas en los años treinta del siglo pasado. Por cierto, sin haber entendido ni una puñetera palabra del texto de Sor Maravillas al cual hace referencia.
 
Pero la culpa de todo este furor revolucionario la tiene Garzón, por no haber seguido adelante con su revisión del franquismo, que tan satisfecha tenía a la parroquia progresista, cuyos representantes más eximios, casualmente, proceden de las más rancias familias identificadas con el régimen, gracias a lo cual pudieron hacer sus vástagos una buena carrera. Una vez confirmado que Franco, Yagüe, Carrero y Vicente Cebrián han fallecido, el famoso juez de la Audiencia Nacional dio el carpetazo, o sea la espantá, para sofoco de quienes desde la prensa y el arte estaban dispuestos a representar una Damnatio Memoriae a la romana, con desenterramiento de cadáveres y exposición pública de los esqueletos de los encausados y todo. Mala suerte. Otro siglo será.
 
Así pues, la mamá de Lulú y Malena –y suponemos que un nutrido grupo de representantes del progresismo en sus distintas versiones (cordón sanitario incluido)–, está especulando seriamente con la posibilidad de abandonar "este país" que tan poco agradece sus esfuerzos en la lucha por la libertad, la democracia y la dictadura de los Castro Brothers. Como son tan caprichosos, no les basta con tener un gobierno radical en las estupideces metapolíticas que sólo valoran los millonarios como ellos, ni que haya realizado una legislación absurda que sobrepasa por la siniestra los sueños más lisérgicos de la izquierda mundial. Lo quieren todo. Y si no, se marchan a otra parte.
 
Como se disponía a hacer el genial escritor Tom Wolfe con sus amigos de Hollywood cuando Bush renovó su mandato, sólo nos queda ir a despedirlos al aeropuerto el día señalado, el día en que varios centenares de intelectuales de izquierdas surquen los cielos del estado español con destino al exilio voluntario para no volver jamás, salvo a cobrar la subvención cinematográfica o recibir premios literarios. Les echaremos mucho de menos, aunque, para ser sinceros, estoy casi seguro de que los que nos quedemos aquí podremos superarlo.
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