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PEDRO BADANELLI, LA SOTANA ESPAÑOLA DE PERÓN

El largo contencioso del General con la Iglesia argentina

Hay libros que uno hubiera deseado leer mucho antes del momento en que el destino los pone en sus manos. Es el caso para mí de Pedro Badanelli, la sotana española de Perón, de José Carlos García Rodríguez. Y ello es así por razones tanto intelectuales como personales, si es que las unas son separables de las otras.

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La primera de esas razones tiene que ver con el hecho de haber conocido a Monseñor Badanelli, como le llamaban los amigos comunes por los que contacté con él, tuviese o no validez el tratamiento en la jerarquía católica. Fue uno de esos amigos quien me advirtió a tiempo de la necesidad de que yo abandonara la Argentina con la mayor premura; le hice caso y me planté en España al cabo de tres días. Una semana más tarde, la partida sombría de los esbirros de López Rega fueron a buscarme a una casa en la que yo no vivía desde hacía tiempo. López Rega, el hombre más poderoso del peronismo de esa época, tenía muy buenas relaciones con Monseñor Badanelli, cosa de la que me he enterado ahora, gracias a la obra minuciosa y erudita de García Rodríguez, donde se vinculan dos cosas que yo no había relacionado: la secta Anael, a la que pertenecían López Rega (probablemente en su dirección, con el nombre de "hermano Daniel") y María Estela Martínez de Perón –Isabelita, el peor legado que el General podía haber dejado a la nación–, y la Iglesia Católica Apostólica Argentina, que encabezaba Badanelli.
 
No obstante lo cual, cuando nació mi ahijado en la provincia de Buenos Aires y fue bautizado por Monseñor Badanelli, una personalidad de la prensa argentina asumió mi representación en la ceremonia, con todos los plácemes eclesiásticos de rigor, y todo se llevó a cabo con normalidad. Lo que expresa las paradojas a que dan lugar las relaciones personales cuando se vinculan con la política –o se desvinculan de ella–: yo, perseguido por López Rega, era padrino de un niño por interpósita persona y con el agrado del sacerdote, amigo a su vez de mi fatídico enemigo.
 
Portada de PERÓN, TAL VEZ LA HISTORIA, de Horacio Vázquez-Rial.La segunda razón por la que siento que he llegado demasiado tarde a la lectura de esta obra excelente de García Rodríguez es que el tiempo, la experiencia y una honda necesidad emocional me convirtieron en uno de los pocos biógrafos serios del General Perón: no lo digo así porque no sea hombre modesto, sino porque sobre Perón se ha hablado demasiado y se ha escrito aún más, y generalmente desde la voluntad hagiográfica o desde la inquina, sin mínimos de rigor exigibles. Publiqué Perón, tal vez la historia, en 2005, con la voluntad de componer una historia de vida documentada y objetiva. En la misma época, mi querido y admirado amigo Juan Gasparini escribió su extraordinario libro sobre López Rega, La fuga del Brujo, que García Rodríguez cita en estas páginas, aparecido también en 2005, de modo que esa parte de la historia se la dejé a él, sin entrometerme en su tarea y proporcionándole la poca información que yo tenía al respecto. Como figura aciaga que fue en mi vida, no me apetecía ir más allá con López Rega. Leí la obra de Marcelo Larraquy, López Rega: La biografía, aparecida en 2004, con un cierto desgano y lamentando constantemente las divergencias generacionales que separaban su versión de la mía: es lo normal cuando cualquiera lee una historia que ha vivido escrita por alguien mucho más joven, que no la ha vivido.
 
Pero ser biógrafo de Perón ignorando muchas de las cosas que el lector avisado descubrirá en estas páginas de la biografía de Badanelli –la primera, por cierto– me da una cierta vergüenza. Y no digamos ya el rubor que me asalta cuando pienso que no ha sido un argentino, con todos los elementos documentales y todos los testigos a su alcance, sino un ilustre gaditano, periodista y escritor con múltiples intereses, quien me las revela. Si hubiese conocido antes esta obra, me digo casi a diario, al menos uno de los capítulos de mi Perón, el relativo a los enfrentamientos del General con la Iglesia católica, hubiese sido distinto.
 
Uno de mis mayores interrogantes, aún sin respuesta pero con más elementos ahora para elaborarla, ha sido siempre el fenómeno de la influencia de López Rega sobre Perón, es decir, la influencia de un hombre ligado a cultos esotéricos, como era el Brujo, sobre un consecuente católico como había sido el General, alérgico a las rarezas ideológicas y místicas, y hombre de campo, convencido de que debemos volver al polvo del que procedemos.
 
De haber sido por él, Evita jamás hubiera sido embalsamada. Ni él tampoco. Ya pensaba Perón en un entierro tradicional católico, con gran afluencia popular, pero sin aspiraciones faraónicas, cuando Eva Duarte enfermó. Fueron los dirigentes de la CGT, la Confederación General de Trabajo, quienes decidieron la momificación de su Santa Evita y, cuando Perón dijo que él prefería otra cosa, más sencilla, le respondieron: "General, Evita ya no es suya, es del pueblo", y tuvo que transigir y aceptar un proceso que el embalsamador doctor Pedro Ara inició días antes de la muerte. Sin embargo, más tarde luchó por la devolución de su cuerpo y, cuando lo consiguió, lo tuvo en su propia casa de Madrid y permitió a López Rega ejecutar rituales siniestros destinados a pasar el alma de Evita a Isabelita –con el rotundo fracaso por todos conocido–.
 
Juan Domingo Perón.Por otro lado, estuvo la larga batalla del General por su reincorporación a la Iglesia Católica, después de una excomunión que jamás llegó a hacerse firme, decidida en los días de su enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica argentina, supuestamente por temas como el divorcio y la separación de la Iglesia y el Estado, que no eran poca cosa por sí mismos. Finalmente, Perón obtuvo un documento vaticano en el que se decía que nunca había sido excomulgado. Pero el libro de García Rodríguez echa una nueva luz sobre el asunto: ¿eran el divorcio, la educación religiosa en las escuelas o la separación de la Iglesia y el Estado, en una época en que la Democracia Cristiana y la Iglesia habían negociado ya con bastante éxito todos esos asuntos, por ejemplo, en el país más refractario a los cambios en ese ámbito, Italia, razón suficiente para que la Iglesia argentina diese su pláceme a un golpe de estado militar? ¿Es verdad que el enfrentamiento con la Iglesia le costó a Perón el poder? Podría ser. Pero también podría ser que la Iglesia, habitualmente bien informada, estuviese al tanto de un proyecto de magna envergadura, como hubiese sido la separación de Roma y la instauración de una Iglesia Católica Apostólica Argentina. Ya se había logrado en Brasil, como detalladamente explica García Rodríguez en esta obra.
 
Perón reivindicó siempre la relación entre la Doctrina Social de la Iglesia y el justicialismo, y citaba a León XIII muy a menudo: sostenía que su política era la realización de los postulados papales que habían cambiado el rumbo del catolicismo. Badanelli, como otros dos sacerdotes de enorme importancia, el Padre Hernán Benítez, confesor y albacea espiritual de Evita, y el Padre Leonardo Castellani, el más talentoso y el más reaccionario de los tres (excelente polemista y novelista, miembro del sector más nacionalista de los católicos argentinos), pensaban que Perón estaba realizando en la práctica la doctrina social de León XIII, y que en cambio los obispos argentinos se habían apartado por completo de los Evangelios –cosa en la que no dejaban de tener razón–.
 
¿Y acaso hubiese sido de sorprender que un hombre obsesionado con la independencia nacional, como lo era Perón, pretendiera, además de una divisa fuerte, una Iglesia nacional? Claro que tan nacional es la Iglesia cismática anglicana como la Iglesia francesa a partir de Francisco I y, sobre todo, del Bonaparte que no se dejó coronar por el Papa.
 
Para comprender todo esto, las relaciones de Perón con Badanelli, Benítez, Castellani, López Rega e Isabelita, hija adoptiva del máximo dirigente de las espiritistas Escuelas Científicas Basilio, Pedro Badanelli, la sotana española de Perón, de José Carlos García Rodríguez, es una obra imprescindible que, de ahora en más, deberá figurar por peso propio en todas las bibliografías relativas al peronismo y al catolicismo argentino.


NOTA: Este texto es el prólogo de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL al libro de JOSÉ CARLOS GARCÍA RODRÍGUEZ LA SOTANA ESPAÑOLA DE PERÓN, que acaba de publicar la editorial Akrón.

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