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RECUERDOS SUELTOS

I Margarita i Margaró

Lola y yo solíamos ir, como dije, a la Alcarria de Cuenca, para sus prospecciones arqueológicas. También nos acercábamos a menudo a los sugestivos paisajes y ruinas de Recópolis, la ciudad visigoda. Allí fuimos también el año pasado con Stanley Payne, que no conocía el lugar.

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Ante los restos de las murallas –bastante imponentes, a juzgar por lo que queda– y las bases del palacio y la basílica, Payne observó que los reinos bárbaros más al norte de España carecían por entonces de una capacidad técnica semejante; en general se limitaban a construcciones bastante reducidas y rústicas, de madera. De hecho, Recópolis y Vitoria no sólo son las únicas ciudades construidas de nueva planta por los visigodos en España, también las únicas en Europa por aquellos siglos.
 
Antaño el acceso al Cerro de la Oliva, donde se asientan las ruinas, podía hacerse desde Zorita de los Canes por una senda a orillas del Tajo, a cuya vera abundante en juncales casi siempre se encontraba algún pescador; o por otro camino más pintoresco y elevado, partiendo del castillo. Dejábamos el coche en la explanada entre el pueblo y el río, pasábamos por la puerta de la muralla que da a una plazuela con una pequeña iglesia y volvíamos sobre nuestros pasos fijándonos en la placa, en la citada puerta, que recuerda la visita de Cela en 1946, relatada en su Viaje a la Alcarria, un libro espléndido, uno de los mejores suyos, aun no siendo del todo veraz. Luego tomábamos café en una curiosa taberna construida sobre un gran pilar de un antiguo puente hace mucho desaparecido, si alguna vez llegó a completarse.
 
Sobre el Cerro de la Oliva, a cosa de dos kilómetros, destacaban los restos, en forma de un par de cuernos, de una ermita medieval construida ya en la Reconquista. A continuación caminábamos hacia el lugar siguiendo la senda, junto al agua, a nuestra derecha, hasta el punto en que había que subir, con algún esfuerzo, a la entrada de Recópolis. Llegábamos, recorríamos el lugar y también los campos vecinos, sobre todo si había llovido, en busca nunca muy exitosa de fondos de cabaña o de instrumentos prehistóricos de sílex. Al atardecer, cuando el sol recorría su último tramo, volvíamos por la senda superior mirando la cinta verde del Tajo, al fondo del barranco, y escuchando el cuá-cuá con que los grupos de patos sobre la mansa corriente despedían a su vez la jornada; contemplando la oscura sierra de Altomira a lo lejos, los olivares cercanos, de donde llegaba el chasquido o el breve canto de algún pajarillo, las profundas rodadas del suelo, por donde seguramente pasaron las carretas durante siglos, desde luego las que se llevaron las piedras trabajadas de la ciudad goda para edificar otras casas y el vasto castillo de Zorita.
 
Ahora se llega a las ruinas por una carretera, lo que estropea un tanto la vieja impresión de marchar hacia un mundo perdido. Cerca de la entrada han construido un "centro de interpretación", como les llaman, con un pequeño museo, vídeos y carteles explicativos. Da bastantes datos de interés, pero enfocados, ¡qué le vamos a hacer!, a la lisenka, es decir, con ese marxismo de chicha y nabo que aún prevalece, ya casi inconscientemente, en nuestra degradada universidad. Se trata, advierte un cartel, de hacer una historia "del pueblo" o de "la gente", no recuerdo bien. Pobre gente, mucho tiempo ha enterrada e impotente ya para protestar. En cierto modo la ciudad, construida por Leovigildo en honor de Recaredo, simboliza la aparición de España como nación, con un Estado y leyes unitarias y un sentimiento patriótico... Pero qué importará España a nuestros lisenkos, bien enterados de que nuestra nación, si acaso ha llegado a existir alguna vez, se remonta a muy poco tiempo atrás, dicen algunos botarates que a la guerra napoleónica, sin haber llegado nunca a cuajar del todo.
 
Pero el centro interpretativo no estaba cuando íbamos Lola y yo por aquellos andurriales –entonces podía llamárseles así–. Ya anocheciendo volvíamos hacia Madrid, unas veces por Yebra y Fuentenovilla, otras por Almoguera y Mondéjar, hasta Nuevo Baztán, y de allí, por Villar del Olmo y Campo Real, llegábamos a la carretera general cerca de Arganda. Por las carreterillas anteriores apenas había tráfico, y los faros daban una imagen fantasmal del entorno, cambiante a cada paso por las frecuentes curvas: rocas, arbolillos, matojos, una pequeña elevación yesosa, blanquecina… Dentro del coche poníamos casi siempre una cinta de canciones griegas –sólo la música, de buzuki–, en su mayoría de Theodorakis o Zeodorakis, una herencia de Violeta.
 
Me gustaba especialmente I Margarita i Margaró. Es una canción alegre, con esa expresión griega de la alegría, bien diferente del estilo español. Hacía mucho que no la escuchaba, y el otro día, recordando el título, la busqué en You Tube. Encontré varias versiones, todas cantadas, la mejor para mi gusto por Mitsias, un cantante griego famoso, no para mí hasta ahora: "I Margarita i Margaró, peristeraki ston uranó…" ("Palomita en el cielo", me traduce mi hija, que está empezando a estudiar griego moderno).
 
Un recuerdo trae otro, arbitrarios o cogidos por los pelos. Bien pensado, no sólo asocio la canción a aquellos retornos nocturnos de Recópolis. Es que estas ruinas llevan un nombre griego, extraño en plena meseta y creo que único topónimo en España con la terminación -polis: Ciudad de Recaredo. ¿Por qué a aquellos germanos o escandinavos, originarios según Jordanes de la lejana Suecia, les dio por elegir tal nombre? Porque Leovigildo, descendiente de los debeladores y saqueadores de Roma, decidió fundar en España un Estado imitando en todos los rasgos posibles al romano. Y lo que quedaba entonces de éste era la parte oriental, el Imperio Bizantino… al cual el propio Leovigildo había expulsado de la Península. Paradojas. Lo que hizo el rey godo, en realidad, fue culminar políticamente la obra cultural realizada por Roma en Hispania a lo largo de seis siglos.
 
Bien, en fin…¡Pues un brindis o algo así por Theodorakis y su bella canción!


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